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SOY BUGA… UNA VISIÓN MÁS AMPLIA

Gloria del Rincón

Sin mucho qué hacer, excepto la escuela, biblioteca (a estudiar, claro) y trabajo, caminé rumbo al centro de la CdMx, solo para ver aparadores y perder un poco de tiempo, antes de llegar a casa. Me gusta estar en casa, con mis papás y hermanos, pero hoy, no. Distraje mi atención en una pequeña concentración de personas.

Era la presentación de un libro, en una librería de colores amarillo con negro e ingeniosos mensajes. El autor se expresó con elocuencia, transmitía pasión por sus letras. Yo, un florero sin flores… Dudas e inseguridades en mi existir.

Más de tres veces cruzamos miradas. No sé si fue para darme a notar, pero me ganó el instinto. Levanté la mano y una tímida sonrisa selló una tímida pregunta de una tímida aprendiz. Volteó y su mirada me hizo sentir la confluencia de sentimientos y sensaciones. Sonrió, antes de escuchar la expresión nerviosa que salía de mí.

Sería que él coleccionaba sonrisas ingenuas. Lo supe al final del capítulo vivido.

-Un café y te explico, dijo, como quién ofrece ofertas. -Pues si el café sale de las ventas, sí. Me defendí.

Las matemáticas estaban a su favor. La acumulación de ofertas había madurado su entonación, movimientos y sonrisas iluminadas.

Antes de sentir la sedosidad del arácnido tejido, construí la flor que necesitaba. Un puente a la realidad. -…las estrellas serán los únicos testigos, sentenció con un acento de premura y conocedor de lo que hacía.

Por un momento pensé en la rugosidad y aspereza del pasto y lo poco romántico que eso sería.

Todo coleccionista es un obsesivo; antes de subir al auto hizo un ademán de limpieza. Aunque los jeans son resistentes a las manchas, ese gesto fue halagador. Después supe lo mucho que cuidaba su vehículo. -Rumbo al sur?, preguntó.

Mi mente pensó que yo no tenía tanta información para contestar esa pregunta. En su  mirada apareció una brizna de ternura. No, se contestó, tu belleza combina con un lugar menos pedestre.

La nube en la que me movía contrastaba con la rapidez de su mano derecha. Si tan solo trajera falda, escuché su pensamiento. Sonreí.

La fachada era barroca, una puerta de madera con manija para estrechar y ningún letrero que anunciará su pretendido objeto social.

En esa tarde tardía, la luz que iluminaba el patio interior era lo suficiente para deleitar el aroma del jazmín. Cualquiera con 19 y sólo una flor hubiera quedado boquiabierta. Cual cliente frecuente y con las mínimas palabras, quien ahí atendía indicó un segundo piso a la izquierda.

Cuando uno no quiere escuchar se queda ciego.

Las palabras suaves, provocadoras y susurrantes, fueron el relajante para mi moral en resistencia.

Tampoco es que estuviera neófita de lo que la humanidad había hecho para sobrevivir, pero la nube protectora que me acompañaba, indicaba que aquello de «a las primeras» no, debía ser la referencia para esa ocasión. Decidí probar un mullido sillón individual con su gemelo enfrente.

Disimuló bien su premura; tomó un vaso corto, abrió el servibar, escogió un ron añejo, un refresco de cola y un par de hielos. Agitó los hielos  con la intención de enfriar el vaso, vertió el ron con precisión. Era un gesto pausado, repetido, estudiado, aunque no por ello, menos provocador.

Encogí las piernas para adoptar una posición más cómoda, observando aquel preámbulo. Noté entonces su pantalón de lino, la marca precisa y las arrugas a nivel de los muslos. Justo en el momento que sacó de la bolsa un llavero con destapador. El refresco en botella mini, el refrigerador pequeño y el vaso justo, me llevó a pensar que aquello que se adivinaba entre sus muslos fuera a tono.

-Pruébalo, dijo. Ya sabía yo de aquel sabor.

-Convídame de tu sillón, ordenó. Volví a acomodarme para dar el espacio a su cadera. Cuando nuestras piernas se tocaron, la mía se apartó. Entonces él estiró las suyas y las señaló como el lugar en el que podían estar las mías. Giré y acomodé mi cabeza, le sonreí atenuando mi rebeldía. Así que mi cuello tocó algo más que el cierre. Apuró el trago, puso el vaso en el piso y me besó. Envolvió mi torso con sus brazos. Brazos ejercitados, delgados, sugestivos.

Aspiré el aroma a loción cítrica con madera, iba bien con su mandíbula recta y sus labios delgados. La mano izquierda resultó más avezada que su compañera:  Llegó a mis muslos con suavidad. Mi pensamiento fue a mis senos, que habían adquirido la virtud de los girasoles frente al sol; como si hubiera entrado a mi deseo, bajó su cara a mi pecho y desenrolló una lengua con estudios de sabueso. La punta apenas, dos vueltas, una lamida y un minuto de succión. Mi nube se ruborizó ante el gemido largo y grave que salió y se repitió.

Agarró mi cadera con firmeza; desatando la sucesión de roces, de besos y manos exploradoras que encontraron la firmeza de su apremio.

El sillón resultó muy cómodo, me senté en el filo recibiendo una exploración lingual suave, pausada; con las piernas apenas abiertas… hasta que el calor se extendió a los muslos y se formó un arco de 180 grados. Las piernas abiertas, bien abiertas, la lengua con un ritmo circular que pasó a una serie de lamidas involucrando su rasposa barbilla. –Mmmmm, me escuché.

Un resorte lo puso en el lugar correcto: entre mis piernas. La suavidad y firmeza de su pecho bajo mi mano derecha, fue un distractor para apretar su nalga, un gesto que causó sorpresa. La caricia terminó en la parte alta de su hueso iliaco, atrayendo su cadera y acoplando nuestros cuerpos en un largo y vibrante dúo de gemidos.

Nos besamos con apuro, mientras sus manos indicaban el ritmo de mis caderas. Acuclillada como estaba, estiré la espalda ofreciendo las tetas a su lengua geográfica.

La luz del atardecer entró por el vitral a mis espaldas, dando a su tez un tono cobrizo que encendió mis sentidos.

Algo despertó también en él. Su movimiento pélvico arrebatado aumentó, manteniendo su atención en mi pecho. El ritmo impreso y acoplado describía una única llama que alcanzó el clímax, al tiempo que nuestros cuerpos se curvaban exudando el deseo mutuo.

Descubrí una nueva flor en mí. El cómo la marchitó, es otra historia…

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