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La contradicción mueve y enloquece…

¿Cuál es la diferencia? Afuera llueve y al parecer hay una grieta allá arriba.

De cualquier forma no soy, no estoy… no existo.

Sobrevivo cada hora porque mi cobardía es demasiada como para arrebatarme el aliento. Así que de eso se trata: solo seguir.

Podría recordar, por ejemplo, pero el pasado no es mi fuerte. De hecho en esta barca no hay anclas. Ni me detengo a pensar ni me atrevo a remar. El oleaje me lleva, me trae, me vuelve el rostro al norte de este viento para regresar al mismo sitio del que pensaba haber partido para encontrar otra vez olas y tormentas y noches y nieblas alguna vez irrepetibles y constantes como ahora… como ayer.

Esto es un infinito de profundas raíces cuyo origen está en todas las llagas invisibles del cuerpo y vacías del alma. Justo en el mismo sitio donde mueren cada vez.

No importa.

Las siento aquí mientras escucho la gotera nacer desde lo alto de esa techumbre y ver su vida en un recorrido de apenas segundos, justo cuando allá, bajo la sombra de las estrellas, se escapan los gatos y desde un callejón de hierbas chillan mientras clavan sus garras al amparo de la noche en otros como ellos.

La piel es demasiado vieja y cuelga siniestra entre tantos olvidos, como los huesos cuya fuerza ha empezado a desmoronarse y todos los otros órganos en condiciones nada mejores gracias a todo el tabaco y los hielos y los vasos siempre presentes desde hace tanto “porque así se puede dormir sin verles o escucharles”.

A veces se despide uno de los encuentros y da la bienvenida a los regresos, pero en sueños suenan igual y se sienten igual y este hedor molesta tanto o más, quizá mucho más cada vez.

No importan las condiciones exteriores, ellas están alrededor de mi cabeza y juegan con las luces y pronuncian palabras incomprensibles de evidente significado cuando hay tanta sangre aquí y allá sin poder hacer nada, sin decidir hacer algo. Solo escuchar.

No hay diferencias en realidad. Una y otra vez vuelve la historia. Se repite el horror y la llama juguetea con todos nuestros miedos y estos provocan el salto para hundirte y recuperarte y evitar el salto siempre.

Entonces caigo en la cuenta: la contradicción mueve y enloquece al navegar sin certezas en un mar de recuerdos desconocidos.

Pienso en todas esas mentiras y dirijo el timón al sur para llegar a algún sitio en el que puedan nacer nuevas heridas al amparo de viejos cielos y músculos fortalecidos mientras les escucho porque siempre hablan y a veces no puedo silenciarlas.

Lo cierto es que no soporto más ese maldito ruido.

Detesto no saber lo que me dicen.

Ploc… ploc… ploc…

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