domingo , septiembre 15 2019
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… Inevitable fue ver cómo su corta falda se recorría con cada movimiento de piernas, sin medias…

GustavoT… Soy Buga

Los meses de ausencia ocurrieron por circunstancias fuera de mi alcance. Cambió mi vida y espacios laborales, cuya intensa actividad induce el pensamiento a obtener resultados. Hacia eso estaba mi ser, no obstante la confluencia de personas diversas, hasta que entre éstas apareció una larga y oscura cabellera que destacó por su sencillez, que no simpleza.

Llamó mi atención su forma de vestir:  Zapatos altos, abiertos, que obligan a ver sus pies estilizados y cuidadosamente arreglados, con discretos motivos en sus uñas. Piel morena, que se adivina tersa, cuyos tobillos dan paso a gruesas piernas entrecruzadas, cubiertas por una tela que sólo permite ver una pequeña parte del sistema tegumentario, cuyo brillo obliga a dirigir, de vez en vez y hasta reiterada, una fugaz mirada. Sin tocar, claro… lamentablemente.

De manera inevitable recordé a mi C (mi queridísimo amigo de preferencia sexual distinta a la mía), quien llegaba de manera inesperada con su sarcástica voz en un  Holaa, cariñoo, cuyo volumen era suficiente para espantarme cualquier posibilidad amorosa o sexual. Podría decirse que, también desde donde se encuentra, acudió para hacerme sentir su presencia.

Despertó la realidad un discurso interesante dirigido a quienes se encontraban alrededor suyo, sobre un asunto de políticas gubernamentales implementadas en relación a los migrantes, quienes abandonan sus países, y su vida toda; incluso, en riesgo su existencia y la de su familia, por una mejor oportunidad de vida.

Su voz pausada y casi grave, pero suave y hasta podría decirse sensual, obligaba más mi atención, además de que cada vez que cambiaba de posición sus piernas se veía la epidermis café de un muslo torneado, reluciente y firme que invitaba a tocarlo. Otra vez, la angustia de acariciar la tersura.

Continuó: -Lo que me parece interesante es que se hayan incrementado en sólo un mes, lo que vino durante el año pasado. No es normal y las casualidades no existen.

Más que por generar un intercambio de opiniones, entré en la conversación para llamar su atención y mirar sus ojos color café y pobladas cejas, cabellera que cubría parte del rostro y antojable cuello. Mi afirmación hizo que posara su mirada en mí. Primero, como un aparente reclamo por interrumpir, pero cambió y cerró sus carnosos labios para escucharme:

-De acuerdo. No es casual. Mover esa cantidad de personas requiere un importante respaldo económico. Existe una teoría en la Ciencia Política, relativa a la generación de un fenómeno sociopolítico que degenere en crisis, para abrir los espacios suficientes que permitan construir políticas públicas encaminadas hacia objetivos socioeconómicos.

Me disculpé por la interrupción y me senté en mi espacio, contiguo al lugar en que se encontraban reunidos.

Durante mi breve intervención percibí su expresión de agrado; continuaron la conversación. Ocasionalmente, volteaba para buscar su mirada. Coincidimos en varias. Inevitable fue ver cómo su corta falda se recorría con cada movimiento de piernas, sin medias, y su constante lucha por bajar el final de la tela para cubrir mayor cantidad de piel, lo cual no lograba. Se puso de pie y me percaté de la lordosis que sufría y la amplitud de caderas, hecho que incrementó mi interés hacia ella.

Continuaron las semanas tan sólo con el observar de su caminar y adivinar su aroma, aunque tuve la fortuna de asomarme al inicio de las líneas de unos senos aparentemente pequeños, pero que parecían escondidos para ser descubiertos por alguien que ella eligiera, por sí y para sí.

De manera discreta inicié mi acercamiento. Pasaron días y nada, no encontré algo que me permitiera conocer de algún interés hacia mí. De pronto, un mensaje suyo: -¿Comiste? ¿Se te antoja un postre?

Mi soez imaginación me llevó a una propuesta velada. Una insinuación. Sólo unos segundos impidieron continuar la erección: -¿Nos vemos en la paletería?

Llegué antes y la vi a lo lejos. Me gustó su porte: Alta, erecta, abundante cabello a media espalda, vestido arriba de la rodilla que permitía ver en cada uno de sus largos pasos los muslos, movimiento que, necesariamente, atraía las miradas de quienes caminaban alrededor suyo; incluso, automovilistas que detenían su andar para cederle el paso y, de paso, disfrutar el espectáculo visual.

Agradable conversación que ocurrió de manera circunstancial. Lamentablemente, por única ocasión.

Esperaba en una esquina para ver si pasaba e interceptarla… No. Nada. Y tampoco podía insistir en los mensajes que le enviaba. Continuaron los días y, otra vez, sin esperarlo, apareció un mensaje para vernos. Caminamos y conversamos, mientras ocurrían roces discretos.

Igual, de pronto, cuando caminábamos, se detuvo en la entrada de un estacionamiento. Me miró a los ojos, se acercó y me dijo al oído: -Me inquietas.

Al alejarse, lo único que había en mi mente era su olor. Me tomó de la mano y me llevó a ese lugar. Me dejé llevar con la confusión generada por la confluencia de sentimientos en mí de agrado, ilusión, antojo, prohibición, deseo de tocar su cuerpo que tanto me gusta, angustia.

Cerré la puerta. Me esperó en la esquina de la cama. Se veía guapa –lo es– con su cabello largo.  Me abrazó y besó de manera profusa. Correspondí con fruición, y sufrí el intenso placer de rosar sus labios, primero, recorrerlos para llegar al otro extremo las veces necesarias, seguir por sus mejillas y pómulos, sentir vibrar sus párpados para bajar por el lóbulo, hasta el cuello que mordisquee con mi lengua y labios hasta llegar a su nuca.

Sentí sus preciosas nalgas en mi pelvis, mientras subía su vestido y abría paso a mi lengua para probar su olor y sentir el sabor de la piel que iniciaba a emitir un apenas perceptible líquido de transpiración. Así sus senos con mis manos y disfruté del tacto divino de su piel que bajé despacio, muy despacio sobre los pliegues de su cintura y vientre. Mis cinco sentidos entregados entre sus nalgas y pubis hacia sus preciosas piernas y regresé hasta su cabello.

Sólo un botón quité de su vestido. Lo deslizamos hacia el cielo, hacia donde pretendíamos llegar.

 

 

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