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Hablemos de voces, mis voces…

Todas son extrañas. Cada una tiene su propio gusto, sabor y consistencia y todas viven aquí dentro, aunque rara vez pueden coincidir.

Cada una de ellas tiene su propio atardecer y, supongo, en cada uno de sus ojos hay una emoción diferente, un reto distinto, una complicación más.

Ellas componen una generalidad no compartida y son tan independientes como su decisión de estar juntas para hacerme saber de su existencia… incluso de su olvido.

Por ejemplo: esta es una tarde decidida a satisfacer el sueño de un adolescente, el capricho de un adulto y la necedad de un viejo amargado cuyo recuerdo inmediato es el alcalino de tu cuerpo, aunque las otras le rechazan porque lo importante tiene el rostro de un amanecer peninsular y el regodeo de una playa apenas descubierta.

Aquella huele a piel morena y esa otra usa un lápiz para reescribir las malas historias atrapadas entre todas. Algunas usan lenguajes desconocidos y por ello la interpretación de los sonidos se hace imposible, aunque gracias a los gestos entendemos sus necesidades y sentires. Otras atraparon el oro en la piel o el ocaso en las largas cabelleras siempre inalcanzables.

Las hay hilarantes, de colores, frías, abiertas, sencillas, moribundas, ansiosas, sucias, apremiantes, vestidas de rojo y de altos tacones en zapatillas negras, de labios gruesos y bocas semiabiertas, de alientos perfumados a carbón ardiente y pechos coronados.

Son demasiadas y muy extrañas. Nunca las he visto. En poco más de 40 años de convivencia ignoro su aspecto, solo se los doy.

A veces creo que es una misma la oculta, con capacidad para reproducirse en una variedad infinita y hacerme pensar en tumultos y no en individualidades. Quizá por eso no veo sus rostros, aunque sí les respiro y a veces hasta las siento, especialmente con la estridencia y parpadeo de luces rojas y azules y blancas, destruyendo la oscuridad y cada vez un poco más los rastros de cordura.

A veces las escucho.

Hablan con diferentes entonaciones, edades, sentires. Se agolpan a un momento y fingen ser una, infantil quizá, y saluda. Pregunta sobre mi estado de ánimo y también observa el reloj. ¿Qué podría decirle? Ella -ellas-, se la pasan tratando de componer todos los pedazos rotos aquí dentro y, por supuesto, nunca lo consiguen, pero yo continúo.

La nombré, por supuesto. No puedo escuchar a alguien cuyo apelativo desconozco y, al estar en mi cabeza, mayor razón otorga a la decisión. También es inmortal, aunque el origen del nombre en la novela se pierda a consecuencia de las pasiones y caiga en la cuenta de su fallida eternidad. No importa.

Es la más común. Los sonidos que escucho son los de una niña, quizá 13 o 14 años, pero con una sabiduría y experiencia torturantes. Siempre ha estado un paso más adelante y los esfuerzos resultan inútiles para tratar de igualarle. Afortunadamente convive con una masculina, cansada, harta, odiosa y misántropa. Una y otra se arrebatan la oportunidad y la mayor de las veces se convierten en susurros apenas percibidos pero siempre presentes.

Podría catalogarlas como una enfermedad, excepto cuando hacen de todo para reanimarme: escenas, diálogos, momentos y aromas.

Como dije, altos tacones en zapatillas negras juegan entre todas las neuronas funcionales y les permito para poder sentir.

Por todas ellas soy así, aunque siempre las ignoro al ver las sombras convertidas en insectos en busca de refugio bajo mis pies, en la almohada, la pared, los rostros de los otros que no saben…

Han sido ya varios lustros en su compañía y las he aceptado. Caminan, hablan se detienen y surgen nuevamente para vigilar mis pasos. Parlotean, murmuran e incluso gritan. A veces.

Les gusta ser escuchadas, por eso siempre están molestas cuando pienso… a veces…

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