sábado , septiembre 25 2021
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…en este respirar sobran las promesas…

Adriana… por favor… regresa

Hay un vaso vacío. Hielos en el congelador y una botella de vodka esperando.

Esta es una de esas noches en que el arrepentimiento toca la puerta y ninguno de nosotros -todos los que somos-, está dispuesto a dejarle entrar. Mejor seguimos solos.

Este fue uno de esos días. Llegaron palabras indeseables y noticias desesperanzadoras. Me frustré entonces y ahora me revuelvo y reniego de mi esencia mortal por no poder hacer nada.

Mi mejor amiga trata de respirar tendida en una cama de hospital mientras quien dice ser su mejor amiga presume que está ahí gracias a ella y lo hace público porque alguien debe reconocer su esfuerzo, su valor, su entereza para estar con ella en esos, los momentos más difíciles… sería políticamente incorrecto de mi parte expresar lo que estoy pensando, pero importa: ¡Qué poca madre!

Su nombre queda aquí, al igual que el sabor de sus labios aquella fiesta, cuando tuvo que ir a recibir consejos de sus amigas y yo bailaba en la oscuridad de algunas ocasionales luces y nos decíamos cuánto éramos uno del otro porque así somos: impetuosos, necios, irreverentes, dispuestos e infinitos. Siempre juntos.

Uno y otro distantes, pero juntos.

Ella armó su camino de alguna forma. Yo recorrí los míos.

Luego nos encontramos y después otra vez la distancia y ella allá y yo aquí.

Lo sabe pero siempre pregunta, “¿cuál es el primer recuerdo que tienes de mí?”.

  • Las escaleras. Cuando regresabas de la dirección en tu minifalda negra y la blusa blanca, en la escuela. Yo platicaba con Pepe y tú volvías a clases en toda tu magnificencia. Siempre has sido hermosa… la mejor.

Te lo he dicho y nunca me has creído.

Sobrio, ebrio, saliendo de juntas y regresando al bosque. Siempre.

La escena está aquí por tu culpa y mis anhelos, por tus desenfrenos y mis necesidades. ¡Porque eres tú!

Y ahora, allá, recostada en la camilla seguramente olvidas preguntar si ya compré tu casa, si ya puedo estar contigo y darte la vida monárquica que no anhelas pero desearías. Y yo desde aquí desentumiendo mis dedos y aclarando pensamientos porque en este pantalón ya no caben dudas y en este respirar sobran las promesas.

Soy la miseria que creamos. Soy el mejor enemigo de lo que pudimos ser. Y a pesar de saberlo y decirlo, sigo acá y tú allá.

Y nadie nunca sabrá todo el amor que compartimos por una sencilla razón, era, es, nuestro.

Así que recupérate, levántate, surge… te espero.

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