martes , febrero 25 2020
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El rostro que no queremos ver en ti…

A esta edad no había caído en la cuenta de la increíble cantidad de rostros que uno puede llegar a encontrar en apenas unas horas. Más en ciudades como las hay ahora, todas llenas de historias y todas vacías, excepto por sus habitantes y sus propias realidades y demonios.

Hace unos días, por ejemplo, caminé a casa por estas calles y sus incontables baches. Era inevitable entonces encontrar a centenares de personas de todas las edades, tamaños, formas y sentires.

No pretendo describir a todos esos seres humanos, solo mencionar a quienes provocaron esta imaginación incontrolable, disidente y, en ocasiones, predispuesta.

Con honestidad lo reconozco: el plan original no era andar, apenas caminar al sitio donde podría abordar el colectivo para regresar a casa y ahí sucedió el primer hallazgo: una pareja discutía acaloradamente bajo el yugo juzgador de otros seres humanos alrededor. Ella lloraba y exigía respuestas, él –por supuesto- negaba acusaciones, elevaba la voz y gesticulaba violentamente. En lo personal, su problema era SU tema, no mío. Sus rostros, por el contrario, eran otra cosa, decían algo más. Era evidente la mentira en ambos.

Ofensa y negación representan cualidades únicas de nosotros, los responsables de convertir nuestro hogar en un planeta moribundo y saturado de artificialidades y máscaras. Demasiadas máscaras.

  • Mira sus gestos, ella se burla del ridículo con sus lágrimas y él muestra lo increíblemente débil de su naturaleza. ¿Quién miente menos?, ¿quién muestra algo de verdad?, ¿quién?, cuestionó alguna.

amamantarLuego, al atravesar el parque y sus majestuosos e imponentes árboles, en una de las tantas bancas ubicadas en el sitio, una joven amamantaba a su pequeño. Esa es una de las situaciones más bellas jamás vistas en más del medio siglo a mis espaldas. Siempre me sorprende la sonrisa, la paz, el amor reflejado en el rostro de quienes ofrecen su pecho a seres tan frágiles e ignorantes del futuro aquí, entre quienes ahora somos “nosotros”. A ella no le importa si mañana el pequeñín en sus brazos se convierte en político mentiroso (perdone usted la redundancia), en astronauta escéptico o temible sociópata. Lo ama a lo indecible en esos segundos y está dispuesta a todo por ese pequeño pedazo de carne, huesos, piel y sangre.

  • Ese, pinche negro, es el rostro del amor.

Cierto.

Continúo sobre mis pasos hasta un pequeño, diminuto rincón de soledad y ahí, en medio de toda la vegetación y lejos de la algarabía en los corredores específicamente creados para no maltratar las jardineras, muy cerca del área de alimentos y la fuente muerta, una pareja de escolapios se descubre. Visten el informe de la secundaria oficial y las mochilas están en algún lugar que ahora no interesa porque las bocas experimentan unidas y las manos reconocen el cuerpo ajeno. Los de ella cerrados mientras los suyos abiertos escrutan la faz y replican en un plano imaginario la torpeza de los movimientos, la de la mano debutante, el peso de la falda y la luz.

  • Ya wey, tú estuviste igual o peor…

Pasó media hora de pasos y música de Presuntos Implicados.

Una manta, la burla en el rostro de la hoy senadora no puede ser más asqueroso. Miento. Sí lo es, SIEMPRE lo será. Se decidió solo por uno de sus nombres para escalar en el sucio asunto de la política por alguna extraña razón. Acá dicen que “Magdalena” no le gusta y por eso solo se hace llamar Nuvia. La detesto.

  • El asco tiene su rostro indudablemente.

Pasaron otras decenas de minutos hasta llegar a la calzada y luego el bulevar. Desde ahí son siete cuadras hasta mi “espacio de comodidad”, pero antes de ese último tramo tropiezo con una mujer de unos 30 o 35 años. Llora.

  • ¿Está usted bien?, ¿puedo ayudarle en algo?

Pide hacer una llamada. Me solidarizo de alguna forma y entonces dicta un número que marco y le confío el aparato. El tono de ocupado remueve su interior y exhala doliente la incapacidad de saber. Espero 10 minutos más y presiono la tecla con el ícono del teléfono verde para repetir la llamada y recibir la misma respuesta. Ella dicta otra serie de numerales y se desploma cuando a través del altavoz alguien le dice que no moleste, que bien se lo tiene ganado y no responderán. Solloza, suspira. Las lágrimas no han dejado de nacer y ella de morir. Pide 50 pesos para actuar. Tengo solo 20 en monedas, pero 9 es el pasaje del día siguiente. Los 11 resultan suficientes para la faz dolida, amargada y frustrada.

Ese es el rostro que no queremos ver en ti…

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Artículo publicado originalmente en https://everydayfeminism.com/

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