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Cuando vuelva espero jazmines…

Isabel llegó con su eterna sonrisa enfundada en el uniforme médico de emergencias. Cuando la vi me sentí feliz, orgulloso y afortunado de ser su amigo.

Nos conocimos en la prepa y desde entonces forjamos una amistad que ha trascendido fronteras y tiempos. Ocasionalmente nos visitamos.

Con uno de sus hermanos fuimos compañeros. En ese entonces podíamos fumar en el salón de clases, a menos claro que el o la docente en turno lo hubiesen prohibido desde el principio.

Joel era (o es, hace tiempo no lo veo) del tipo que se imponía al sitio donde llegaba: era el de más edad, el sujeto dispuesto a rifarse por sus compas en “un buen tiro” y siempre llevaba una cajetilla de cigarros. Yo solo compraba “sueltos” porque el bolsillo no daba para más. Un día tuve la estúpida ocurrencia de pedirle sus guantes prestados, eran piel genuina con gamuza interna, no recuerdo para qué o por qué, lo que sí tengo bien presente es que ese fin de semana hubo partido de americano y le ganamos a uno de nuestros odiadísimos rivales.

La ropa y las prendas de todos salieron volando por medio campo al término del encuentro. Jamás encontré el guante izquierdo. Una semana después debí enfrentar mis demonios y le confesé el involuntario extravío. No dijo nada. Solo dio la media vuelta y murmuró algo que no alcancé a escuchar. Días después nos encontramos en una fiesta y lo recordó. Se acercó, me saludó jovialmente y me soltó un “a ver qué día nos ponemos los guantes”. Él practicaba boxeo y, por lo que sabía, tenía un derechazo de diospadremeagarreconfesado.

Afortunadamente el encuentro pugilístico nunca se dio y tomamos caminos diferentes en lo profesional. De repente nos encontrábamos en las escaleras de su facultad, parte inevitable del recorrido hacia la mía, y nos saludábamos con un seco “qué onda”. No éramos amigos, pero Isabel nos acercó. Sé que él es abogado.

Lo mismo sucedió con mi hoy querido y extrañadísimo compadre Óscar, su hermano un año menor. Él, lo confirmé con el tiempo, literalmente me odiaba por el cariño que nos teníamos.

En fin.

Isabel llegó a casa hace dos noches acompañada de otro doctor, quizá de la misma edad, y ambos se veían felices. Se la pasaron bromeando y compartiendo miradas y sonrisas, especialmente cuando pregunté por qué habían llegado en una ambulancia de emergencias y no en un auto particular o transporte público. Su respuesta fue en todo momento una ridícula complicidad. No indagué más. Y ahora trato de recordar el nombre de su acompañante y no puedo. Es extraño.

  • ¿Recuerdas cuando te llamaba “cara de perro”?

Cómo olvidar. Quizá por eso el sobrenombre con el que ahora me identifican quienes conocen mi andar en este vasto entramado de la comunicación social. Acabo de descubrir que inconscientemente lo asumí por mis amigas. Ella y Ángeles. Creo no lo saben, pero hasta una de mis columnas se llama así a la fecha: “El perro negro”.

Bromeamos, nos pusimos al día en cuestión de minutos, como si nunca nos hubiésemos separado y luego el encuentro se tornó un poco más formal.

  • Oye, sé que pretendes vender tu auto y hacer un viaje. Estoy aquí para decirte que es una excelente decisión, pero no debes hacerlo antes de julio. Y no arregles el asiento del conductor hasta entonces.

¿Cómo carambas lo sabía? En respuesta recibí un siempre estaremos juntos. Su acompañante se despidió y salió. La esperaría afuera. Sigo sin recordar su nombre.

Isabel sonrió un segundo. Me obligó a prometerlo y dijo que nos encontraríamos nuevamente en cuestión de meses si cumplía con mi palabra. Nos abrazamos y le dije lo orgulloso que estaba de ella por haber cumplido su sueño de estudiar medicina para ayudar a otros y también –como siempre- le repetí cuánto la quería.

  • Lo sé y sabes perfecto que no estaría aquí si no hubiese correspondencia. Solo cuídate, por favor. Deja de beber. Cuando vuelva espero jazmines y también conocerla. No lo olvides, no toques los asientos de la camioneta…

Caminó hacia la puerta y se fue. Así. Sin más. Se fue. ¿Conocer a quién?

Óscar, comentaba líneas arriba, me odiaba.

Cuando regresé de ese viaje me dieron la noticia y me derrumbé. Estaba en el patio de la facultad y él en una jardinera. Quería estar solo. Ya lo estaba. Estábamos solos.

Me acerqué. Hablé. Escuchó. Habló.

  • Mañana te llevo al sitio donde ahora descansa, si quieres.

A las 10 de la mañana del día siguiente estaba recorriendo pasillos con él. No llevé flores, no recé y me resistí a dejarla. No lloré. Estuve hincado no sé cuánto tiempo leyendo y releyendo su nombre en la lápida. Era, es imposible.

Óscar se convirtió en mi mejor amigo.

Ella no se fue.

Sé que seguimos juntos. Lo siento aquí dentro desde siempre y entonces.

Puedes o no creerlo.

Isabel ha estado conmigo en buenas, malas y peores. No tengo para ella lágrimas, sino agradecimiento, por eso espero su vuelta para hacer preguntas –otra vez- y quedarme sin respuestas otra vez, pero le agradezco las visitas.

Sigo sin recordar el nombre de su acompañante.

Lo cierto es que tomé la decisión y en próximos días compraré semillas de jazmín y las sembraré en esta casa que no es mi hogar.

Mientras siga aquí tendrán agua y abono y cuidado. Ella las merece.

Sé que regresará y otra vez le diré cuánto me hace falta… cuánto la extraño…  

 

About Alejandro Evaristo

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Artículo publicado originalmente en: https://www.forbes.com/ escrito por Ashlee Fowlkes

2 comments

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