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 Algo está mal dentro de mí…

Espacio Mostroso, por Mostro Vacci

Hay algo dentro de mí que es malo, al menos, es lo que mucha gente me ha querido hacer creer toda mi vida. Siempre lo he escuchado, desde gente que no me conoce que le desagrado hasta la gente más cercana a mi corazón. No es una queja ni un lamento, simplemente es una realidad. Es lo que escucho en mi cabeza cuando estoy solo en mi depa mientras la oscuridad consume mi recámara. Es como una grabadora siniestra que está programada para llevarse mi cordura…

Lo chistoso es que siempre he tratado de ser una buena persona. Un buen ser humano. Siempre he creído que mis tus acciones son benévolas, que la recompensa será justa y que se me va a premiar de acuerdo a lo que hago cuando creo que nadie me ve. La verdad me ha metido en problemas y me ha creado enemigos, me ha causado golpes y miradas de desaprobación, incluso asco. Honestamente, es muy poco frecuente que el ser sincero me ha traído una buena experiencia.

Resulta que cuando a la gente le conviene, soy una persona maravillosa, generosa, hermosa. Es cuando dejan de necesitarme cuando mi podredumbre interna sale a relucir. Resulta que mi olor nauseabundo es más notable cuando no soy útil, y la gente no tarda en mencionarlo. Eso lo veo mucho en el ámbito laboral, donde a veces necesito convivir con gente que me detesta: cuando les sirvo de algo, les salen corazones por los poros y cuando no, se la pasan hablando mal de mí.

Soy humano. Lo siento, tengo que admitir esa verdad. Tengo defectos y cometo errores. Sé que soy mal hablado y que mi voz es muy fuerte, que soy irreverente y que los protocolos me aburren. Tengo creencias raras y hablo de forma excéntrica. Incluso sé que mi mirada es intensa y que intimida a mucha gente. No es mi intención ser así, ¿qué más quisiera ser “normal” para que la gente no me señale? Hubiera hecho cualquier cosa cuando era niño para ser como los demás, por poder jugar con los demás sin sentirme tan diferente, de poder dejar de pensar en las cosas que pasaban por mi mente en esos años y poder simplemente ser un niño equis. El ser raro me ha hecho blanco de burlas y ataques, tanto físicos como emocionales.

Curiosamente ahora, después de tantos años, me encanta ser como soy. No puedo imaginarme qué vida tendría si en realidad se me hubiera cumplido mi deseo de ser uno más del montón. Supongo que tendría una vida común y aburrida (para mí, claro). Estoy seguro que a mi manera fuera feliz, pero me cuesta mucho trabajo visualizar hacer algo diferente a estar escribiendo y compartiendo mis experiencias con el mundo. No me puedo ver siendo contador y llenando formularios en Excel, no porque sea tedioso, sino que no es lo mío. Lo que amo son las palabras, los libros, la psicología, la medicina y la educación. Son parte de mi identidad. Incluso amo mi nombre: Mostro.

Pero los vestigios de mi programación siguen presentes en una esquina oscura y tenebrosa de mi mente. Por más que he combatido contra esa grabación que me recuerda lo horrible que soy, siempre habrá algo dentro de mí que me diga lo poco que valgo. Incluso después de haber enfrentado esas situaciones y personas y haber sanado mis heridas utilizando el perdón como el arma más poderosa, aún queda algo. Siempre que hay negatividad en el alma, siempre va a quedar un eco. Afortunadamente no son más que eso, ecos que recuerdan que hubo algo ahí que hizo ruidos, y éstos no me pueden lastimar al menos que yo se los permita.

Perdonar no significa olvidar. Para fortuna o maldición mía, tengo una memoria impresionante que me hace recordad a veces hasta los detalles más irrelevantes, pero es como todo: cuando me conviene y le puedo sacar ventaja la amo, y cuando me arrastra hacia esos recovecos misteriosos y olvidados de mi mente y me hacen sentir triste, tiendo a odiarla. Por fortuna mi mente es algo que me sirve el noventa por ciento de las veces, porque esa ventaja me ha ayudado a sobrevivir.

Entonces esas voces que me atacan en la calma de la noche, aquéllas que me invitan a jugar en la oscuridad, esas que me dicen que me suele mejor, que la paz está en no ser más, aquéllas que me dicen que en realidad nadie me quiere y que solo están conmigo porque algo quieren de mí, esas que me dicen que soy feo, que soy tonto, que todo lo que hago será olvidado y que no hace nada para mejorar el mundo, a esas que me dicen que estoy podrido, que soy malo, que soy raro y que la gente me odia, a esas voces no las ignoro, les contesto con mi risa, con mi alegría por vivir, por el placer de ser raro, por la ventaja de ser único, por el gusto de sentirme amado y con el eco mucho más poderoso de mi carcajada. Una risa genuina. Una voz rara, inconfundible que resuena con palabras positivas y sobre todo, con la intención de hacer un mundo mejor, de mostrar mi entusiasmo por continuar y mi vista puesta hacia el futuro, hago que la oscuridad que trae ese suspiro negativo se disipe con la luz que emano.

Comprendo que la gente sienta desdeño hacia mí, ya no ni les doy explicaciones ni pido disculpas por ser quien soy. Si mi luz hace que sus demonios se asusten en realidad no es mi problema. Si mi risa les molesta quizá es porque ellos no conocen la propia. Y si mi rareza les intimida, quizá es porque no tienen el valor de mostrar sus propias excentricidades, su esencia, esas características que los hacen únicos, individuos, irrepetibles, y eso, queridos, es una lástima.

¿Por qué voy a negarme el placer de cantar, de bailar, de escribir? ¿Por lo que pensará la gente? Que piensen lo que quieran, como decía María Félix “los perros también me ladran cuando no me conocen”.

Si, tengo algo malo dentro de mí, algo Mostroso: se llama libertad, eso amenaza muchos esquemas porque que les recuerda a muchos lo encerrados que se sienten.

Yo vivo a mi manera, tú hazlo como quieras…

Compartan… si se atreven…

Saludos afectuosos.

Mostro.

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Artículo publicado originalmente en: https://www.history.com/ escrito por editores de History

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