domingo , agosto 19 2018
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Yo tengo a mi Chava

Me refiero a mi Salvador, de apellidos Flores Rivera .

Según contó, vivió en todos los barrios de la Ciudad de México, desde su infancia hasta la adolescencia, y que si el Castillo de Chapultepec hubiera tenido dos cuartos y una cocina, seguro su papá hubiera querido rentarlo, aunque solo estuviera permitido para los ricos. Pareciera que tenía esa cualidad de ser protagonista para lograr la ida de menos a más en una época en la que quienes menos poseían, sabían hacer de todo para ganarse la vida. Quizá por ello le resultaba tan fácil retratar con humor, doble sentido, ingenuidad y lenguaje simple situaciones y personas del México rural y luego de su desarrollo, al menos de la transformación de la capital del país.

Probablemente la cercanía de la casa de mis padres (oriundos de Puebla) con el Distrito Federal y Pachuca, hizo que en mi infancia me identificara con canciones y dichos populares, los mismos que en las tardes aburridas de domingo veía en películas de Pedro Infante, Cantinflas o Piporro (algunas musicalizadas por el propio Chava); probablemente también de ahí desarrollé un interés por entender el lenguaje, festivo ágil y colorado. Era lo que había.

Pues bien, los usos y costumbres que plasma Chava en sus canciones me parecen de lo más rico para describir una época que se fue y que tanto dejó; a su decir, la música era una forma de memoria histórica en la que se podía jugar poniéndoles ritmo. Construía a la vez una parodia del chilango promedio con críticas fuertes que también lo hacían entrañable.

En un ejercicio muy básico, es como si él pusiera el libro de dibujos y nosotros pusiéramos los colores de acuerdo con nuestra imaginación. Hay que escuchar, claro.

El primer ejemplo. En “El bautizo de Cheto” relata cómo es que nació, de quién era hijo, la gente que lo rodeó, su físico, el rito y la celebración; todo en apenas tres minutos de canción. Cheto armó un alboroto aquella noche en que nació, fue la noche del terremoto cuando el Ángel se cayó. Tápate algo y salte pa’ juera que le tiembla la moyera y si le tiembla es que hay temblor. Ay nanita se está cuarteando ¡con razón se está mojando! ¿será el niño seré yo? Mi parte favorita.

“Marthita la piadosa” cuenta la suerte de dos hermanas. La protagonista sufre toda clase de infortunios en su forma de vivir y solventarse (con puestos de tamales y tacos) hasta quedar enferma y desahuciada; mientras que Matilde, la hermana suertuda, termina “gordota y colorada” gracias a sus negocios grises y para gente “muy moderna”.

Quizá en la misma dinámica y al ser testigo de los cambios en su ciudad, publicó “No es justu”, en donde se burla del gobernante de aquel entonces, Ernesto P. Uruchurtu, quien en su afán de construir una nueva imagen citadina, llenó de gladiolas el Paseo de la Reforma. En ésta, captó además la manera de pronunciar las palabras terminadas en “to”, por “tu”, situación que combinó a la perfección el nombre de la canción y hacia quien iba dirigida. “Vino la Reforma” parodiaba también la unión vecinal que la céntrica avenida haría con Peralvillo y Las Lomas “para que los ricos sepan ya sobre los tacos de cachete y bofe, para que haya roce, para que los de de la ‘alta’ sepan ya vivir. Aquí no hay gladiolas, coronas ni rosas, solo tripa gorda que nos manda el PRI”

Tencha lució su vestido chillante que, de charmés, le mercó a don Abraham; mas con zapatos se me iba pa’ adelante, pero iba re elegante del brazo de su apá. La boda de vecindad es como ver escenas de Lagunilla mi Barrio o de El mil usos. Habla de padrinos, del menú, del lugar para la el festejo; algo similar con “Los 15 años de Espergencia”…una celebración 15 años después de lo que debería hacerse. Sea por Dios, que vengan chambelanes y damas de honor. Sofanor se trajo los galanes de allá de Escandón; y Leonor que trae 15 muchachas. Dios mío ¿qué pasó? Nadie quiso ensayar vals, puro ‘arrímese pa acá’, de cachete y vamos ahí.

Por la parafernalia que conlleva un funeral, “Cerró sus ojitos Cleto”, me recuerda a cuando, con cinco años, presencié el velorio de un amigo de la familia: Juan Pérez, esposo de “la Mago”; ambos vecinos de la tía Georgina, quien vivía en una dúplex junto con doña Bárbara, la de la tienda; y don Fermín, el carpintero. La tradición de tomar café “con piquete”, para aguantar despierto toda la noche acompañando al cuerpo no pudo faltar esa noche; tampoco los cuentos y chistes para aminorar el duelo; mucho menos las bromas sobre si Juan iría al Cielo o al Infierno. Se pusieron a  jugar a la baraja y la viuda, en un albur, perdió la caja. Y después por reponer, hasta el muerto fue a perder y el velorio se acabó ¡Hombre, no hay que ser! Un plus: el juego de palabras al principio de la canción es imperdible.

En mi playlist tampoco pueden faltar “Dos horas de balazos”, “Ingrata pérjida”, “La tertulia”, “Apolonia la bonita”, “La interesada”, “¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?”, “Los gorrones”, “El gato viudo”, “El retrato de Manuela” y “Los pulques de Apan”.

En la actualidad, a Chava lo interpretan, entre otros, Eugenia León, Regina Orozco, Óscar Chávez… y yo.

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