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… un Negrón jijo de su…

SOY BUGA… la columna de GustavoT

Debo reconocer que esta historia no es de mi autoría. Una persona que conocí en una conversación casual, sentados en los sillones metálicos del aeropuerto, me mostró una conversación en su teléfono. Me sorprendió, por la confianza que le inspiré o, seguramente, era su necesidad-urgencia de platicar, desahogar algo que traía en su interior.

Inicio por el principio. Llegué con mis tres maletas a esperar a que abrieran el vuelo de regreso de un estado del norte del país. Había sido un viaje cansado con jornadas extenuantes y los horarios combinados en mi reloj biológico de esa zona y de la Ciudad de México.

Vestía normal, según yo: Tenis grises con agujetas amarillas, pantalón de mezclilla blanco y una sudadera negra con las letras del logo amarillas. A la entrada de la terminal aérea de esa ciudad vi a una mujer de mediana edad de muy buen ver: jeans y blusa ajustados que ofrecían ver una atractiva figura.

Inútil resistirse a la tentación de recorrer con la mirada las líneas de mezclilla que cubrían como una piel alterna sus piernas, muslos y caderas, la cintura pronunciada que permitía adivinar el inicio de una espalda concluida en la pronunciada lordosis (padecimiento que sufría A; claro, que yo disfrutaba), y que sostenía una espalda delgada, ampliada en los hombros, cubiertos de abundante cabello casi negro y que, en el frente, caía también sobre sus discretas curvaturas.

Se sentó a mi lado un individuo de alrededor de 1.80 metros de estatura, moreno, cabello quebrado y complexión mediana. Podría decirse que galán, pero le faltaba algo en su personalidad.

-Guapa, ¿no?, mencionó. Voltee a verlo. Con su mirada me señaló a la fémina que momentos antes había recorrido con el pensamiento. Se colocaba los lentes oscuros en su cabeza.

Me sorprendió su comentario que pudo llegar a ser obsceno, si no es por el silencio que hubo en ese lapso de tiempo. Intenté no volver a buscar el disfrute visual del ejemplar femenino.

-Sí, muy guapa, respondí seco. Y continuó: -Los seres humanos vivimos entre fijaciones y regresiones. Todos tenemos algo que nos hace sucumbir antes sus encantos. Sea del género que sea.

Intuí que insistiría en obtener una conversación y como no tenía ánimo de ver los muchísimos mensajes que tenía en los chats, principalmente del trabajo, determiné corresponder. Con la mirada, le dije que coincidía con su comentario.

Al ver que guardaba mi teléfono, sacó el suyo. Pensé que había concluido el intercambio verbal, cuando me señaló su celular. Prosiguió en lo que siempre inicia casi cualquier conversación sobre el estado civil y laboral, hacia dónde se dirige y de dónde viene el interlocutor. Su apariencia, vocabulario y forma de vestir me hacían pensar su nivel socioeconómico… que no sus gustos, perversiones (en términos del psicoanálisis) y preferencias sexuales.

-También vivo en el estado de México. Van a ir por mí al aeropuerto mis tres hijos casi jóvenes y mi esposa. Vamos a ir a comer y a la casa. Tal vez nos dé tiempo de ir al cine, explicó con detalles que interpreté como preámbulo de una plática insulsa, pero que llamó mi atención por lo que no decía o que intentaba decir, sin decir.

Llamaron para dejar las maletas para tres diferentes vuelos. Nos incorporamos y se interrumpió el unilateral intercambio de ideas. Me quedé con una sola maleta y al tener mi pase de abordar, voltee y lo perdí de vista. Circunstancialmente, apareció ante mí la llamativa espécimen. Intercambiamos miradas y una leve sonrisa. Confirmé: Guapa.

Llegué sin ver a mi alrededor más que formas humanas que se encontraban en situación igual a la mía: esperábamos a que pudiéramos abordar. Me senté en otro sillón de metal. Hice el movimiento para sacar mi celular, cuando apareció A, que era su nombre. Ya con más confianza y sin traicionar la promesa infantil a mi madre, continué la conversación de quien, ahora, ya no era un extraño. Era mi vecino, recién conocido, de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México.

Esta vez fue más directo. Retomó las fijaciones y regresiones que apuntaló con los deseos reprimidos que Freud escribió en sus libros para explicar enfermedades mentales, entre éstas el homosexualismo, como se conocía en ese tiempo a la preferencia sexual diversa. Dio vueltas al asunto central, pero al percatarse que mi mirada se fijaba en la pantalla de aviso de salida de los vuelos, retomó el rumbo.

No podía ser más directo. Me invitó un café (le pedí agua) y me dejó el encargo de su vida, de su intimidad: sus maletas y su celular: -Lea. Se fijará que tengo razón, me comentó al dejar su confianza en la palma de mi mano, al invitarme a pasar a su interior y abrir su presente y futuro en un desconocido. Vecino (de colonias distantes), pero de reciente adquisición.

Se trató de la conversación escrita con una mujer en que se adivinaba un reclamo, un desengaño.

Empero, pesó la pregunta: -¿Y ya se va a divorciar? Tuve que releer todo el texto, pues apenas le había dado una ojeada. Inició así:

-Es que no le entiendo, ¿por qué no puede llegar a su casa?: ¿O se está divorciando y no me quiere platicar? -No… Bueno, le adelanto… Conocí a alguien… Conocí a un negrón, jijo de su… Y pu’s, uno es débil… Era mucho tiempo sin nada de nada… -Me está cotorreando, ¿verdad? – Y como no encontré a nadie por acá, pu’s ya hubo con quién… La llevamos bien… sin bronca… Lo que sí es que como está grandote, pu’s nos vemos raros…

-No pensé que fuera de ese bando… -Y le dije que no’más no se vaya a voltear en los momentos precisos, porque pu’s es demasiado pa’ mí… Yo tampoco lo pensé… Y como es pasivo, pu’s… Nos hicimos buenos cuates… -Así, pu’s es difícil regresar… Se lo presentaría, pero… tiene las mismas preferencias que usted…

A lo lejos, desde la cafetería, veía que volteaba ocasionalmente; o para saber si aún existían sus cosas o para ver si leía lo que me había pedido. Otra vez, la distracción de mezclilla azul. Sólo una mirada. Seguí en el estupor de la lectura.

-¿En serio? -Vive en Miami… Seguramente, me iré a vivir para allá… Estoy en la arreglada de papeles… -¿Y su esposa?, ¿sus hijos? -Les enviaré dinero…
Ni modo que se queden así, sin nada de pronto… -¿O sea, dinero y ya? -Pu’s, eso necesitan, ¿no? -¿Cree que en la vida todo es dinero? -No… Aunque, cómo ayuda, ¿no? -No piensa en sus hijos… -Sí, pensaré en ellos diario… No voy a tener más hijos…

-Ojalá y no se arrepienta. -¿Por qué? -Me saca de onda… ¿Ya no ama a su esposa? -Es parte del amor… Luego de muchos años, el sentimiento cambia… “Es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor”… ¿O sea que ya se apagó esa llama? -No… Persiste… Lo que pasa es que la otra es mayor… Dicen que un par de… jala más que dos carretas… Aquí son un par de nal… No tiene nada de malo… O ¿sí? Incluso, la invitaré a que vaya p’allá… Porque, va a ir, ¿no? ¿Me visitará? -No creo…

-No entiendo el motivo… -¿Por qué mejor no se queda aquí? Que esté aquí su negro con usted… -Porque aquí no se respetan ese tipo de relaciones… Allá no hay tanto problema… Él vive allá… Y me voy a meter a trabajar en su negocio… -Ya les vale lo que la gente diga… -Pondremos una sucursal, pa’ que no haya problemas posteriores… Me refiero a los legales… -Y a todo esto, ¿ya platicó con su aún esposa? -Y si nos separamos (nunca se sabe), pu’s pa’ que sea mi modo de sustento y enviar dinero a mis chilpayates…

-No… Aunque lo sospecha… En estos días abordo el tema… A mis hijos les diré que voy a trabajar por allá… -¿Para cuándo se irá? -Depende de la documentación si me voy en este período decembrino o hasta el próximo año… -Y no quiero vivir por acá, pa’ que no les digan nada a mis hijos… Ya cuando estén más grandes, lo platicaremos… -¿Por qué dice que su esposa sospecha? ¿Qué le dice? -Es largo de conversar, pero hace muchas preguntas… Le respondí que mejor lo platicáramos en persona…

-Entonces ése es el motivo por el cual no ha llegado a su casa… -Sí… -¿Que le puedo decir? -Pu’s, ¿qué hacer, cuando el corazón anda por otro lado? -Piense bien las cosas… -No quiero pensar, porque no me atrevería… Mejor, me dejo llevar… -¿Tan rápido se enamoró? -Pu’s, tanto como enamorarme, no… -Si por eso le digo que piense bien las cosas… -Aunque, el sentimiento es confuso… Por eso es mejor dejarse llevar, no?

-Exactamente, no por un rato de placer pierda lo que ama… -No lo perderé… -Y lo que es más sagrado: sus pequeños… -Ellos van a  estar bien… Todos vamos a estar mejor… -No se pone a pensar que a ellos les hace falta la presencia de su padre… -No pasa nada… Van a estar bien… -Me va hacer llorar… Yo lo viví con mis hijos… -No llore… No hay motivo… -Y a mis hijos, cómo les hizo falta su padre… Por eso me pongo a pensar en sus hijos… Medítelo… -No, porque tal vez no lo haga… Mejor, me dejo ir…

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