sábado , noviembre 17 2018
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…ubicado en el punto medio de la línea entre su cuello y hombro, que sostenía la prenda…

Soy Buga, la columna de GustavoT

A punto de concluir una buguería, llegó una compañera –guapa, por cierto:  cabello y cejas zanahoria, piel blanca, delgada, demás para mi gusto–  y me platicó algo que me pareció digno de compartir. No lo sé de cierto, pero conozco parte de su vínculo laboral y no he escuchado cosas en contra, excepto lo normal, cuando no eres compatible con otro carácter. Me refiero a que es una persona como cualquier otra, sin profesar religión alguna, aunque con creencia en la energía y asuntos metafísicos.

Comento esto último, porque practica la meditación y tiene posibilidades distintas a otras personas, al haber desarrollado actitudes y aptitudes.

Como soy incrédulo, confieso que tuve alguna duda cuando conversamos, pero hubo elementos que me mostraron lo cierto en sus palabras; entre éstos, una sensación de energía que recorrió todo mi cuerpo cuando coincidimos en un pensamiento en días en que no hubo comunicación entre ambos. Apunté hora y fecha. Sin que le hiciera saber más nada, cuando nos vimos, me dijo exactamente lo que ocurrió… aunque de ella hacia mí.

Confluyeron sentimientos, ideas, desconfianzas y, de manera paulatina, fluyó la conversación casi cotidiana. Por mi formación y actividad laboral, acostumbro cruzar información. Ocurrieron cosas, coyunturas y circunstancias que contrariaban mi pasado histórico. Le hice caso: Dejé fluir.

Lo interesante de ese período fue que durante mañanas y noches la percibía; esto es, no sólo era pensar en ella (aparecía en mi pensamiento sin motivo aparente, cuando realizaba alguna actividad; y seguía ahí, conmigo), y en más de una ocasión la sentí (de la misma forma en las ocasiones que estaba a mi lado en el espacio que compartimos), parada junto a mí con su calor, sus formas y sus palideces naranjas; sólo que faltaba su materia física.

Una mañana tomé mi presencia y fui a desayunar una ensalada, café, fruta y huevos estrellados sobre una rebanada de jamón que descansaban en una tortilla freída. Veía la información periodística en mi celular, distraído por el ondular de un vestido blanco con líneas gruesas horizontales color rojo; o un vestido rojo, de líneas gruesas blancas que se distorsionaban por el espacio interior que lo portaba. Inevitable, no verla:

Zapatillas de los mismos colores que sostenían unas blancas piernas torneadas por manos universales, cuyos largos y gruesos muslos se presumían casi en su totalidad, con el andar que obligaba el movimiento de la tela bicolor, ceñida en la mediana cintura y reducida espalda totalmente cubierta, para dar paso a la curva zona de amplias caderas y redondas nalgas, a quien me atreví a observar unos instantes, mientras dirigía su andar por el camino común del espacio callejero.

A su regreso, de frente, noté que la belleza correspondía al resto de su humanidad, la cual, por cierto, dejé de admirar y solo acepté dejar ir la ilusión de cualquier adolescente con pensamientos eróticos, al escuchar el ruido de sus tacones pasar por la parte posterior de la silla que ocupaba mi ser, con el aroma apenas perceptible de perfume femenino, ad-hoc a esa apariencia única e irrepetible de mujer madura, de envidiable espacio compartido con alguien más.

El momento de película de Buñuel, en cámara semilenta y con la magia de un ser proveniente de la divinidad femenil, lo perdí cuando fue inevitable, por lo ruidoso, la llegada fortuita de un vecino, quien dice que tenemos una amistad y que abrumó mi pensamiento con la precisión de sus palabras, vulgares y obscenas: -Buenísima, ¿no? ¡Qué piernas!  ¡Qué nalgas! ¡Qué…!

Presumo que vio mi expresión, porque no dijo más, pero era fácil saber lo que seguía, ante la gesticulación y el dibujo en el aire que hacían sus manos, además de que sólo faltaba la descripción de algunas partes del vestido de franjas, fijado solo por un botón color café, ubicado en el punto medio de la línea dibujada entre su cuello y hombro derecho, que sostenía la prenda. Extraño, pero su abundante cabello, que dejó ver la sujeción, también emanaba tonalidad naranja; color que, por cierto, encanta mis sentidos.

La realidad real:

-Qué bueno que te encuentro. Debía platicarte lo que ocurrió y sabía que estarías aquí, dijo. –Es la segunda vez que vengo aquí, y fue porque quise caminar un poco, respondí. –Pu’s, no sé, pero pensé que te encontraría aquí, por eso vine, replicó y abundó:

-¿Recuerdas el negocito que te comenté?, explicó con cara de “entiendes lo que te digo”, mientras mi rostro era de “no sé de qué madre hablas”. Se trataba de un asunto corrupto: Parte de su trabajo era hacer las condicionantes a cumplir para la adquisición de equipo de cómputo en una institución gubernamental. Él revisaba que los contratos cumplieran con las necesidades del órgano autónomo.

Las empresas (proveedores) lo invitaban a comer, luego se emborrachaban y concluían en espacios con mujeres dedicadas al alquiler de caricias –evidentemente, sin que nadie supiera– además que les pedía un porcentaje para darles las claves que les permitiera ganar los concursos.

No era poco, porque estaba en riesgo su chamba, según decía, pero sus superiores laborales recibían parte de los dividendos de ese favor. Y digo que no era poco, porque pagó su departamento en poco tiempo, ha cambiado de vehículo (discreto, afortunadamente), y ha llevado a su familia a ciudades del extranjero. Y él es la parte más delgada del hilo.

Desahogó su emoción en apenas unos minutos, porque llevaba prisa, aunque debía comentármelo (¿presumirlo?), antes de llegar a su cita: tenía que cerrar el trato y entregar unos documentos y una memoria USB que llevaba en un fólder.

Consumí mis alimentos, mientras él compartía su embargo emocional, reflejado en el olor de su aliento, ya que había secretado mucha adrenalina; supongo, del tamaño de lo que haría. Me hizo caso y tomó un vaso con agua.

Leí la información periodística, relacionada con la disminución de salarios de altos funcionarios gubernamentales, cuyos emolumentos llegan a ser de casi medio millón de pesos mensuales; claro, sin contar los ingresos extra, similares al de mi amigo en la administración pública. La sumatoria, asentada en los mass media, utiliza  muchos espacios en el acomodamiento de números. La esperanza, aunque limitada por la difícil realidad, existe en el deseo de un mejor país, reflejo de un deseo contenido por muchos soñadores de querer un México mejor, con justicia y los demás adjetivos, verbos e instancias gramaticales que he leído en los discursos de un sinnúmero de políticos.

Su presencia, la naranja, me acompañó durante mi camino de regreso; incluso, llegué a hablar en voz alta, como si realmente viniera a mi lado.

Al entrar a casa, con mis actividades, la dejé de sentir.

 

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