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Todos somos César

Sentires de un principiante.

Fue como una sacudida a los sentidos: entró por el oído, emocionó en el corazón y se reflejó en un par de lágrimas. Así fue escuchar por primera vez con atención y hasta el final My Way, interpretada por Frank Sinatra (la discusión de ser una adaptación que nada tiene que ver con un clásico francés es otro tema).

Iniciar un himno con la resignación sobre el final de un ciclo no es cliché, es más bien la celebración de una vida que pareciera utópica y aspiracional, y que genera un cúmulo de emociones. Emana orgullo de algo que fuimos/somos; de algo que asumimos como nuestro, que nos identifica y queremos reafirmar como nuestro.

Era apenas universitario cuando me envolví en sonidos viejos, esos a los que los wanna be les llama “la vieja escuela”; no obstante, apenas era la entrada a un montón de voces, fraseos e historias. Mi bienvenida a ese mundo no pudo ser mejor porque ya no solo era la canción más recordada de Frank, era todo un disco con la recopilación de los temas más emblemáticos de Harold Arlen, de los hermanos Gershwin y Cole Porter, acompañados de orquestas cadenciosas y la mejor voz que haya escuchado (lo siento, soy fan).

Años atrás había oído hablar a los hermanos Castro sobre su admiración por Sinatra (me siento tonto y un poco altanero por decirle “Sinatra” ¡como si fuéramos amigos!) y el legado que había dejado en los cantantes de su generación y de las próximas cinco; incluso habían montado un espectáculo en su honor con el que recorrieron salas de hoteles por una temporada. Era tal la emoción que percibí, que busqué entre los acetatos de mi madre si había alguno de él o de Sammy Davis Jr., a quien también recordaron y hasta presumieron por ser un admirador de ellos…pero no. Si acaso encontré de Abba, Enrique Guzmán y algunos de música para niños.

Así pasó el tiempo y entendí que efectivamente, como los Castro dijeron, la interpretación y el estilo de Frank Sinatra y sus contemporáneos mucho tuvo que ver con la música que vendría después porque, sin gustar del rock emergente, lo ejemplificaba perfecto en la concepción de éste como un género de chicos rudos, rebeldes y que se ufanaban de serlo. Frank lo fue. Romántico y meloso, -casi rogón-, también fue el mejor. Lo mismo se adaptó a los nuevos ritmos que al final se adaptaron a él; un ejemplo fue los discos de Bossa Nova, con Antonio Carlos Jobim, icono de la cultura popular en Brasil.

De sus relaciones con capos de la mafia italiana que dominaban algunos sectores en Estados Unidos en las décadas de los 50 y 60; del impulso que le dio a la carrera de cantantes afroamericanos; de sus amistades con políticos de época (coordinó la gala de inauguración presidencial de J.F Kennedy) y de sus desencuentros con la prensa, merecen un vistazo.

Vale la pena también recapitular y relacionar hechos históricos con la cultura pop, tal como su aparición en televisión nacional junto a Elvis Presley cuando el llamado “Rey del Rock” regresaba de su servicio militar en Alemania y se presentó en directo en el programa de Sinatra, a manera de bienvenida de vuelta a su país. No fue menor el relevo generacional que representaban los dos temas que interpretaron casi abrazados; tampoco fue menor que ambos, a su modo y con cierta tensión, defendieron su propuesta, una consolidada y la otra dominante. Witchcraft, en la voz de Elvis y Love Me Tender para Frank. Un intercambio de ritmos y de intenciones. A mi parecer fue un sutil y recíproco “esto es mío, pero lúcete”.

 

No hay nada más humano que lo diverso ni más honesto que los sentires. Este espacio promete ser (prometo mantenerlo así) un vaivén de colores.

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