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… tengo muchas ganas de verlo, sentirlo, tocarlo… cogérmelo…

Soy Buga, la columna de GustavoT

Lamentable o afortunadamente, pero esta vez no me ocurrió. Es una historia ajena. La de una fémina que me agradó desde que la conocí: persona de trato amable, profesional en su actividad, dedicada a su casa y familia. Lejos de mi alcance, por asuntos geográficos, aunque cerca por los espacios oníricos personalísimos. Me gustó su cuerpo, pero más ella:

Desde que lo vi me llamó la atención, pero como cualquier otro que ves en la calle. No es del tipo de hombre que me gusta, pero tiene algo, ¿vulgar?, ¿macho?, ¿controlador? Incluso, te diría que educado no es y no es el mejor trato que he tenido de un pretenso:

Otros más guapos y con mejores condiciones no me han conquistado. La verdad es que no sé qué fue, pero me interesó su forma, desde lo que me escribía por el whats: ¡Me conquistó por mensajes!, y su redacción no es la mejor. Primero, con lo de guapa, bonita, y me halagó, lo que me gusta y estoy acostumbrada, pero las formas llegaban a ser ordinario… pedestre, pues, hasta escribió que estaba muy buena.

Me gustó el juego. Me lo sé y comencé a responderlo. Primero, me molestó alguno de sus escritos, pero comencé a jugar con esa intención… jugar. Respondía durante algunas semanas casi todos sus mensajes; luego, lo que ya esperaba, y accedí a la primera invitación para salir a tomar una copa, porque mi hija había salido con sus amigas y mi esposo había salido a otro estado del país a atender sus negocios.

Saldría con una amiga, pero le cancelé, porque no quería verla ni escuchar sus quejas de siempre ni sus bromas; me agrada estar con ella, pero ese día no lo haría. Tampoco tenía el ánimo de ver a otras amigas que me llamaron para vernos esa noche.

Y no tenía ningún plan. Pensaba en desmaquillarme, vestir mi ropa de dormir y en ver una película en casa o leer, con mi perro al lado; entre mis planes estaba concluir un libro que me atrapó desde que lo abrí. Estar conmigo un rato, que ya hace mucho que no ocurría por las responsabilidades de las clases que doy en la Universidad, el trabajo y mi familia.

No es que tenga mucho qué hacer, pues afortunadamente tenemos personas que nos ayudan para todo, desde la limpieza de los autos y mi camioneta, hasta los jardines y el resto de la casa, pero asumo mis responsabilidades como madre y deberes en casa.

Sola no estoy ni mal atendida. Estoy acostumbrada a recibir invitaciones a salir de compañeros de trabajo, del mío y el de otras empresas. Me dan güeva los güeyes que te envían mensajes de conquista y hasta de amor, piensan que ando en busca de un descanso para pasar sus tiempos libres, de sus casas o de su soltería.

Esa noche escuché mi teléfono móvil que recibía mensajes. No hice caso hasta que pensé la posibilidad de que fuera mi hija, mi esposo o el trabajo; los dos primeros, no podían ser, porque hacía poco tiempo que habíamos hablado; recordé del último, ya que ha ocurrido problemas en los cuerpos de agua que hay y los animales que viven ahí. Asunto político derivado en reclamo social.

Abordé mi coche y continuaban los mensajes. Saqué el aparato de mi bolso, abrí la aplicación y encontré muchos mensajes; ninguno de los que generara interés por importancia o trascendencia. De los demás, verifiqué y alcancé a ver nombres de amigas, de algunos insistentes que no entienden formas educadas ni directas de un no. Nada que despertara, al menos, curiosidad.

Escuché otro aviso al encender el vehículo. Regresé la palanca de velocidades a su sitio inicial y, como si supiera de la urgencia, de inmediato chequé el teléfono. En la semioscuridad del estacionamiento, mi rostro se iluminó con la luz artificial y sentí el calor color carmesí en mi cara.

No lo esperaba. Ni lo había pensado. Retomó: -Quiero verte. Olerte. Tocarte. Estar contigo…

De pronto, pasó por mi pensamiento la necesidad de portarme mal cuando leía lo que le gustaría hacerme. No lo pensé ni en ese momento ni antes. Accedí. Acordamos vernos en un bar.

Aunque no me gustaban sus formas ni físicas ni de léxico, había algo en él que me atraía. Lo escuchaba y tuvimos una conversación agradable, por momentos me enternecía su forma procaz de niño sin límites, aunque hubo espacios en que no sabía qué me decía, ya fuera por su atropellado hablar o porque dejé ir mi imaginación sobre su cuerpo sobre el mío, tocándome.

Salimos del lugar y cuando me acompañaba a mi camioneta, esperaba que me abrazara y besara. Lo tuve que hacer yo. Dejé que mi instinto gobernara la situación.

Le permití que accediera a mí, a algo que sólo pensaba, pero sabía que no podría tener. Sentí su lengua en mi boca y sus manos sobre mi espalda que, al igual que él, de manera ordinaria pasó a mi espalda; de manera tímida a mis nalgas y llegó a mis senos que de manera torpe, más que acariciar, apretaba, al tiempo que me recargaba en el auto y frotaba el paquete contra mi pubis.

Subimos a su patrulla (sin rótulos ni sirena) y ya pensaba que tenía el control. Me besó otra vez y volví a sentir su mano izquierda pasar por mis senos en repetidas ocasiones de la misma forma, brusca, bajó a las piernas que abrí, y frotó. No me disgustó, pero tampoco fue la mejor caricia que he recibido.

Fuimos al departamento que alquilaba. Tuvo al menos la atención de invitarme otro drink. Conversamos en la sala unos momentos, pero vi en su rostro la ansiedad, por lo que traté de alargar la plática; se acercó y me levantó de los hombros con sus fuertes manos. Nos besamos… Recorrió mi cuerpo… Lo acaricié…

Pedí un taxi para ir por mi auto. Sólo llegué a casa a dormir unas horas. A la mañana siguiente, continué mi actividad normal. Aquí no pasó nada, pensé. 

Continuó mi cotidianidad sin nada extraordinario, excepto que leía sus mensajes con el interés creciente de satisfacer mi ego sobre la rica velada, mi exquisito cuerpo y el deseo de repetirlo. Lo extraño es que… lo entendí, de pronto: buscaba sus mensajes para vernos. Y, como lo escribió, repetirlo las veces que fueran.

Pasaron las semanas; era vernos para cenar y continuar en su espacio, aunque las más de las veces, lo segundo. Hasta que pasó… cuando pasó. Horror. A mi edad, como una quinceañera… Descuido. Tomé la decisión, para no afectar a terceros, y acudí al médico para evitar que pasara más tiempo de las cuatro semanas que ya habían transcurrido dentro de mí; fue en un fin de semana en que, sin buscarlo, se había repetido el estar sola en casa.

No obstante, comencé a extrañarlo. Y como ocurre cuando las personas quieren evitar que se note, tuve comentarios vinculados con mi mejora de estado de ánimo, las sonrisas en soledad, cantar, conversaciones de buen ánimo… hasta el caminar, como dijera la canción.

Alguien me dijo: -Hay tres cosas que no se pueden ocultar: Tener dinero, ser pendejo y estar enamorado. Según yo, nadie había notado nada.

Durante mis espacios de soledad, recordé conversaciones familiares. Mi abuela retiró el habla a una de sus hijas, porque se enamoró de un policía. No lo quería. Decía que no son personas decentes y no quería a uno en su familia. No la volvió a ver, porque se casó con él, hasta que la dejó.

Y en los lapsos en que tengo lucidez mental insisto en qué motivó le permitiera tocarme, que en sí ya es mucho, y más: que mi pensamiento esté encaminado hacia él, si no es el tipo de hombre en que me fijo, ni física ni mentalmente.

No estoy enamorada… Aunque debo reconocer algo: Extraño sus ausencias, tengo muchas ganas de verlo, sentirlo, tocarlo… cogérmelo.

Hace unos días, me dijo que iría a un curso en otro estado del país y que estaría encuartelado. En los primeros días me escribía, pero ya ha sido espaciado y van varios días que no recibo mensaje de él. No le he escrito, no quiero ni debo hacerlo. Quiero verlo. Seguramente, les quitaron el celular, lo perdió o se descompuso. Ya faltan solo dos días para que regrese y nos veamos.

Me hace falta mi descanso.

Ese mismo alguien, también me dijo, sin pedirle opinión: El descanso eres tú.

Desconoce de mí. No sabe lo que dice, porque ignora lo que soy. En poco, lo dejaré. Ya es tiempo.

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