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… sus dedos entre la piel de la espalda…

Soy Buga, la columna de GustavoT

La conocí al incorporarse a la oficina en un cambio de administración. Por las mañanas, cuando llegaba, coincidíamos en el estacionamiento, el elevador o en el pasillo. Una mujer de unos 32 años, estatura mediana, cabello largo a media cintura, castaño oscuro, y una figura normal. Podría decir que es guapa, porque para muchos lo es.

El concepto de belleza, al igual que el tiempo, es ambiguo; resulta de la apreciación de las personas.

V es su nombre. Nuestro vínculo fue cordial de inicio. Conversábamos, pero noté que estaba interesada en saber de mí, y no fue porque quisiera conmigo; al menos, no lo consideré así.

Posteriormente, de un día a otro, su actitud cambió hacia mí. Como lo he comentado aquí, aprendí desde pequeño a saludar a donde llegara. No respondió a mis saludos. No le di importancia y continué con el saludo matutino a todos mis compañeros.

En las reuniones de la oficina, trataba de no estar cerca de ella para evitar una grosería por su parte o un mal momento; me percaté, circunstancialmente, que me veía de manera furtiva a lo lejos. Simulé que no me percataba.

Una ocasión, conducía y durante la conversación con C, me preguntó si había tenido un problema con ella, porque su expresión respecto a mí, no era la mejor. Le respondí que no. Fue todo; ni por su parte ni de mí continuó el tema.

Era muy cercana al jefe; incluso, llegó con él a la oficina, como parte de su equipo. Con el pasar de los meses, él tuvo un romance con una compañera, guapa. Ella, V, se vinculó al grupo de allegados al poder. C, me lo dijo en alguna conversación y lo constaté, alguna ocasión que estuvimos en esos espacios.

Lo interesante es que la vi, en diferentes ocasiones, con dos de ellos; se decían amigos, y parecía que compartían muchas cosas. Pensé que era injusta mi apreciación, pues seguramente, había imaginado cosas.

Sin embargo, en un centro comercial del sur de la ciudad encontré a uno de ellos con ella. Habían casi concluido de comer y se tomaban las manos; C y yo llegábamos al restaurante, y al vernos, se soltaron. Saludé con un abrazo al funcionario, mientras ella y C habían dicho algo que me hizo escuchar su sonrisa burlona. Nos fuimos a otra mesa.

-Soy una perra, me dijo C. -¿Por qué? ¿De qué hablas?, respondí con expresión en mi rostro de que sí sabía a qué se refería, para continuar el juego. -¿Sabes que hacen aquí?, decía, a la vez que juntaba sus dedos índice y pulgar frente a su pecho, como si mostrara una prenda íntima. Mi respuesta fue una expresión en el rostro de me da igual.

Comimos sin retomar el tema y fuimos a comprar sus zapatos; ocurrió lo que me pasa seguido en estacionamientos grandes: no recordaba en qué parte había estacionado la camioneta. Seguido me pasa en el aeropuerto. La ventaja es que, generalmente, lo dejo en sitios apartados de la entrada. Nos dividimos de piso. Él se quedó en ese piso.

Descendí al siguiente nivel y busqué a lo lejos. No lo vi, por lo que continué la búsqueda en la soledad casi absoluta del lugar. Me detuve en una esquina y al pasar la mirada por entre los autos, encontré por fin, el mío. Encaminé mis pasos y vi una pareja en una situación envidiable, pues yo no era él y ni modo que ella fuera C. Quiero mucho a mi C, pero mi preferencia sexual es diferente a la de mi amigo.

Traté de no mirar, pero fue inevitable, pues para abrir la portezuela y sentado frente al volante, mi horizonte era el de su vehículo:  Ella, semidesnuda, con el abandono que obliga, por momentos, el intenso sentir, dejaba sus pequeños senos semidescubiertos por tan solo su cabello, al recargar su espalda en el volante. Luego, entre sus brazos se perdía el rostro de su acompañante, cuyas manos hendían sus dedos entre la piel de la espalda de ella.

Esos pocos segundos de placer voyeurista y el acto clandestino que presencié me hizo reflexionar en torno a mi imprudencia por permanecer ahí, fundamentalmente, por testificar la conclusión de su encuentro sicalíptico. Encendí la camioneta, la cual, al ser un espacio techado y semioscuro, encendió los faros. Inevitable fue retornar mi visión hacia ese espacio de placer subterráneo.

Al ver la luz, de inmediato ella volteó su mirada; él no podía, porque continuaba entretenido entre la voluptuosidad del momento.

Desconozco si me reconoció, pues las luces necesariamente le impedían verme; y no voltee para saber si me había visto.

Pasé por C y me preguntó si había pasado algo, porque estaba en silencio. Le comenté que había visto a una pareja en pleno acto sexual en la parte delantera de un automóvil. –Regrésate, regrésate, me pidió con morbosa emoción. Le dije que seguramente ya no estarían, porque ya habían terminado. -¿Serían ellos? Ambos son casados, indicó. –No, no creo que hayan sido ellos. Ni me fijé, respondí con una entonación como si subrayara las palabras. C, me conocía muy bien. Al regreso a la oficina, V y yo nos cruzamos en el pasillo. No logré interpretar su mirada, pero nuestra relación no mejoró.

 

 

 

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