jueves , noviembre 15 2018
Home / Soy buga / … su panza suave, pero dura…

… su panza suave, pero dura…

SOY BUGA… la columna de GustavoT

Desconozco por qué a C, le gustaba tanto la chela. Sería seguramente, porque podía aguantar al ingerir ese tipo de bebidas; aunque, según recuerdo, alguna ocasión con solo caldo de oso, nos pusimos una pedita considerable. Sin embargo, la cerveza me cansa, necesito un poco más de grados etílicos: -No trajimos ni un tequilita. Necesito tomar un fuerte, porque me siento panzón. –Espérame tantito, dijo al tiempo de casi juntar índice y pulgar de su mano derecha, mientras dejaba su vaso de cerveza que hilaba gotas de agua en las paredes exteriores. –No te fumes mi cigarro, amenazó con mirada de niño, al tiempo que se levantaba.

Igual, como escuincle que disfrutaba joder, lo tomé apenas había caminado dos pasos: -Tú ni fumas, le grité en voz casi baja, por la hora, para no despertar a los vecinos. Aspiré por el filtro el humo del tabaco y saqué una bocanada firme de nicotina y todos los químicos que hacen daño. Di un sorbo a mi vaso que tenía la espuma en su borde cristalino. Otra fumada, una más y la que le siguió, cada una, acompañada de su respectivo trago.

-Mta… Hasta que llegas. Mi rostro cambió, según me dijo, cuando vi en su mano derecha una botella semitransparente de vidrio labrado y en la izquierda un caballito de vidrio. -¿Quién te quiere más que yo?  -Mi esposa, le dije.  -¿Seguro?, reviró con sorna.  Quedé en silencio mientras servía en mi caballo de plástico y que a lo lejos adiviné como de cristal. Poco más de un cuarto de vaso. Brindamos por… nada, por nosotros, nuestra amistad, el trabajo, mi familia… el amortz, agregó cuando ya sorbía la etílica bebida de los dioses mexicanos.

Sonreí, al tiempo que tragaba el destilado con Denominación de Origen Tequila (DOT). Volví a estrellar el vaso con el suyo, para confirmar su brindis. Quedamos en silencio en una nube de humo. No hubo ruido en ese espacio de tiempo. Pensé en que la reacción en su cuerpo había tenido el efecto buscado, pues quedó pensativo con expresión en su rostro de esperanza o ilusión.

De pronto, me sentí solo; con él, pero solo. Sólo con mi imaginación. Sentí que esos segundos pasaron a  ser minutos. Suspiró dos o tres veces, con intervalos. Persistía la sensación que andaba en otro mundo. Luego, aterrizaba, me miraba, volvía a estirar su brazo para chocar el plástico con el vidrio. Y otra más, vidrio con vidrio, pues también brindaba con mi cerveza. Continuaba el silencio.

Sin más, confesó: “Quiero tener un hijo”.

Pude haberme reído, como lo hacían sus cuates, conocidos, cuando expresaba algún deseo reprimido; incluso, sus hermanos lo hacían. Su amigo le dijo: “estás loca. Ja, ni si quiera se te va a parar. Asquito, eh”. Sin embargo, la certeza de una decisión tomada me la mostraba en su mirada, con sus silencios y el movimiento de su pie derecho que colgaba de su pierna cruzada; su brazo izquierdo recargado en la mesa de vidrio y metal, la que, por cierto, le gustaba, pero quería regalármela.

-¿Por qué?, pregunté sin sorpresa, pues eran muchas las ocasiones que me preguntaba por mis hijos, mi esposa… “tienes una bonita familia… ¿Sabes que hasta eso envidia la gente?”, decía cuando abordábamos el tema.

-Sabes que me gustan los hombres. Los gordos peludos. –Los osos, interrumpí, pero ni me peló. Acariciar sus brazos, sus hombros, sus mejillas, cejas, …mmm, el cuello, la espalda llena de pelos y sentirlos en mis mejillas y labios, sus pechos… -Pectorales, volví a interrumpir sin que hiciera caso de mis palabras. -Los pelos en sus pechos, jugar con ellos, pegar mi cuerpo con su piel llena de pelos, sentirlos en mi pecho… -Sí, porque apenas y tienes, bromee, sin que se inmutara; seguía en ese otro espacio de tiempo y placer.

-Tocar su panza, suave muy suave en la piel, pero dura, y abrazarla de lado a lado, recostarme en ella y tenerla toda para mí, mientras acaricias sus piernas y… -¿Y?, pregunté. -¿Y?, respondió. –Sí, ¿y qué más?, insistí. –Pues ya no sé, perdí la inspiración… -Pu’s, lo que pasa es que me describes el preámbulo sexual, sin el inicio; sólo me platicas lo que haces previo al acto sexual, pero falta la primera parte, algo emocional o, de menos, un besito, pa’ que haya algo más que solo carne, ¿no? Me ignoró.

-Quiero tener un hijo, repitió. – Me gusta la idea, para acompañar la conversación, aunque me parecía un poco extraño, pero no quise contrariarlo. -¿Cómo ves?, me inquirió con ojos escrutadores que quieren meterse al pensamiento, al alma, para constatar que la respuesta es real, que el dicho no es solo eso, palabrería sin sustento y más, sin un sentimiento genuino.

-¿A qué obedece? Primero, me decías que no te gustan las mujeres. Luego, que tuviste novia y te gustaba. Después, los osos peludos… -¿Recuerdas al que vimos hoy en las quesadillas? Mmmm… Ricooo. Sí me lo echaba, interrumpió. -¿Serio te lo echabas? Guácala. No tenía nada!!! Ni personalidad ni presencia ni bonita piel, ni nalgas ni nada; bueno, una panzota cabrona, me burlé. –Claro que sí. Estaba deliciosooo. Me lo llevaba a mi departamento sin pensarlo, contrarió.

-Decía: ¿Por qué el querer un hijo? ¿Eso no es para quienes les gustan las mujeres? ¿Los gays quieren tener hijos, formar familia?

-Pues no sé, pero yo sí quiero. Hay quienes no quieren y no tienen. Yo sí. Los homosexuales, en su mayoría, andan solos, se quedan solos, no forman familias. –Muchos lo hacen. O tal vez, son bisexuales, expuse. –Sí, hay bicolores, pero los señores que formaron sus familias, en parte porque son obligados por la familia de sus padres o por sus sociedades religiosas. -No manches. No, dudé.

-Claro que sí. Por ejemplo, JL, quien también es un gordo delicioso, es gaysísimo, putísimo. Tiene un alto cargo en la política y es un respetable profesor de universidad. A ése, ya me lo eché. Y tiene muchos hijos, pero en la realidad es homosexual. Lo obligaron a casarse en la religión a la que pertenece. Lo veo en su despacho que tiene en su casa y cerramos la puerta y me abraza y me regaña por no haber ido, y me muestra sus cosas, sus libros, su escritorio con sus cosas personales y me sienta en sus piernas…

Interrumpió de pronto su relato. Recordó que yo sabía de quién se trataba, pero también conocía de mi discreción. Ese tema lo habíamos evitado, porque incluía a muchas personas del lugar donde trabajamos, así como que era el motivo por el cual muchos habían cambiado de trabajo, apoyados por el poder y el tráfico de la influencia que se ejerce con otras personas con la misma actividad y preferencia. Gustos compartidos. Detuvo su relato, porque debía ser discreto. Calló no por la desconfianza, sino por reflexionar lo que hacía. Desde el inicio de esa relación, tenía duda si hacía lo correcto.

Imperó el silencio.

About GustavoT

Check Also

Mujer fuerte: se puede llorar, gritar… tirar la toalla de vez en cuando

En la intimidad con Lotta

Deja un comentario