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… Su boca me extasiaba con su recorrido por mi cuerpo…

Soy Buga, la columna de GustavoT

Hace unos años, conocí por motivos laborales a una fémina dedicada a la representación popular. Desde que la vi me gustó, pues se trata de una mujer, cuyas características físicas son las que me agradan. Coqueteamos, pero no lo suficiente como para iniciar algún vínculo, más que encuentros por trabajo.

Hace unos días, acudí a comer a un restaurante tradicional en la zona centro de la Ciudad de México. Sería cerca de las 17:00 horas. Entre los mensajes de mi teléfono, la lectura de la información cotidiana mediática y la comida, contrario a mis costumbres no me percaté quién pasaba cerca de mí, aunque sí me llegaban aromas de distintos tipos, que no fueron lo suficientemente llamativos como para desviar mi atención hacia su origen.

Ocurrieron cosas distintas esa ocasión, pues se me antojó al término, un café y un postre, lo cual, tampoco acostumbro. Me decidí, porque en ese lugar tienen buen café, hecho que motivó a continuar un poco más de tiempo en la mesa. Cerca de la ventana, disfruté el ver pasar transeúntes y el contraste (acompañamiento) de sabores dulces con la fuerza seca y amarga de un café de grano, cuya combinación me resulta agradable.

El olor de la infusión a su paso llamó la atención de la persona de la mesa contigua, quien preguntó sobre mi gusto por el café. No reconocí la voz, aunque una pequeña risa esbozada en un tono rasposo de voz (la cual disfruté en charlas pasadas), que quise reconocer y no logré. Voltee para agradecer y saber de quién provenía el encomio.

No oculté mi gusto de la circunstancial coyuntura. Me incorporé y en dos pasos (es un decir), estaba junto a ella, estreché su mano derecha y besé su mejilla izquierda, lo cual le sorprendía cada vez que ocurría, porque argumentaba que no era común, además que alguna ocasión habíamos rosado los labios y sentido el aliento.

De estatura mediana, vestía falda oscura centímetros arriba de la rodilla, medias negras, zapatillas del tono de su traje sastre que la hacía ver poco más delgada, aunque su complexión fuera robusta, de las llamadas gordibuenas, de gruesas y torneadas piernas, con cintura aceptable y un poco de pronunciamiento lateral, sin tener vientre pronunciado, que le concedía usar ropa ceñida, blusa blanca con escote discreto, pero que mostraba la tersura de su piel morena en sus más que medianos atributos.

Parte importante de una mujer son sus cejas. Llamó mi atención desde que la conocí sus cejas alargadas y pobladas, delineadas en arco marcado y acentuado con el apenas perceptible maquillaje que usa. En alguna ocasión se percató que las recorrí con la mirada en cada zona:

-¿Tengo algo en mis ojos?, dijo en esa ocasión. –Te ofrezco una disculpa por mi insistencia, pero son muy bonitos; seguramente te lo han dicho en múltiples y repetidas ocasiones. Eres una mujer guapa con ojos de forma que aún no sé distinguir si me remiten a un felino o a un ave; aunque, esta vez mi atención la tenía centrada en tus cejas. Me fascinan tus cejas, expliqué en ese momento.

-¿Esperas a alguien?, pregunté. Ante su negativa, la invité a mi mesa y le consulté, con la mirada, si querría lo mismo, a manera de postre, pues distinguí que en su lugar aún permanecía un plato con residuos de un guiso con salsa verde. Aceptó con una sonrisa de traicionaré mi dieta y un movimiento de cabeza; recorrí una silla para que se sentara. El disfrute del momento se incrementó con su presencia.

La conversación se prolongó y al ser casi las 20:00 horas, determinamos salir. Caminamos un rato por la avenida más importante del país y considerada una de las más bonitas del mundo. Luego, recordé una cafetería, pero sería mejor un drink, propuesta de fue aceptada con agrado. Fuimos a un pequeño bar. Apetecí un mezcal, pero ella tomaba tequila; tenía algún problema con el mezcal, por lo que accedí; brindamos con un tequila blanco. Me gusta el Hornitos.

Continuamos en una charla sobre derechos sobre las preferencias sexuales de las personas y experiencias personales de distintos tipos en relación con el tema. Me invitó a bailar una canción que le provocaba sentimientos encontrados. Le indique mi gusto por tomarla entre mis brazos, aunque sólo fuera por la música, pero la canción no me inspiraba (para bailar): “Mi manera de quererte no tiene explicación, hoy quisiera devorarte a besos…”. –No me hagas rogarte, replicó. Accedí.

Acostumbro a ser yo quien lleve a la pareja durante la pieza musical, pero no tuve o no me dio tiempo (ella). Considero la canción cachonda, y me gusta –porque sí y porque me recuerda momentos con M–, pero no la atendí; sentí, de inicio, su cabello, su mejilla su barba y labios en mi cuello, sus senos, su vientre, sus piernas en un balanceo pausado. Todo junto, al mismo tiempo, sin esperarlo. Disfruté colocar mi boca en su cuello, mientras mi bigote se enredaba con su cabello. En los últimos acordes busqué sus labios, pero en su discreción no ocurrió.

Me escondí en ella y la acompañé hasta su silla; de inmediato busqué mi asiento, para evitar que pudiera notarse mi reacción al estímulo. Continuamos la conversación y un par de tequilas más; me pidió que nos retiráramos; pensé que la acompañaría a su vehículo, cuyo paradero desconocía. Me interrumpió: -¿A dónde me vas a llevar?, dijo. Sin decirlo, me pedía tomar la iniciativa. Esbocé una media sonrisa y le besé la mejilla, aunque el movimiento torpe hizo que mis labios se posaran en la comisura de su boca y parte de sus labios.

El abrazo y el beso –de altísima calidad, que ella continuó– me perdieron entre las luces de autos y la avenida que, aún, tenía transeúntes. Nos tomamos de la mano y llegamos a una edificación discreta, a un par de calles de ahí. Me pidió no encender las luces y nos guiamos con la penumbra alumbrada de la ventana de la calle, cuya tenue luz me permitió ver con claridad y sentir la divina piel que daba forma a su figura.

Sentí un sabor excitante de un sutil aroma. Su boca extasiaba mis sentidos que fueron multiplicados con su recorrido por mi cuerpo. Exultante fue su lengua, no solo en la palabra. Ansioso de continuar el juego al que me invitó, recorrí cada centímetro de su voluptuosidad con parsimonia, aunque debo confesar las prolongadas pausas en espacios específicos, lo cual agradeció, también, en su lenguaje corporal.

Casi en la ataraxia de mi ser (con el perdón de los filósofos), me abrazó y me besó en los labios. Luego de una pausa, se recostó a mi lado con piernas y brazos abiertos; con el ánimo de quien desea hablar de lo prohibido, de lo íntimo, de lo que solo se dice a tu psicoanalista o a un confidente de extrema discreción, habló en voz baja:

-¿Sabes que todo está arreglado?, dijo en voz baja. Toda mi atención en sus palabras. –Desde meses atrás habían llegado a un acuerdo. Sería todo el apoyo a A; incluso, en un auditorio había sido reservada una zona para vecinos de fuera, al norte, quienes habrían aceptado fuera él; luego, el desencuentro por él mismo, confirmó su forma traicionera de ser y accedió a la solicitud de C, para presionar a…

No iba a su ritmo. Mientras encontraba la respuesta a las claves, ella seguía en su soliloquio político: -… AM fue aceptado también por ellos, pero aún no había una definición; se esparció la respuesta en distintos voceros que lo publicaron y había que recogerlas para medio entender; aún no estaba definido, hasta que ocurrió: se la van a cobrar, porque está muy comprometido. Está decidido ya.

Entendí el motivo de su petición por la oscuridad en la habitación.

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