martes , noviembre 20 2018
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Soy orgullosamente, generación Y

En consulta exprés sobre la generación milénica y entre tanta desinformación, los autores sabiondos al respecto no han podido delimitar con precisión los años que abarcamos los millennials para pertenecer a esta concepción que nos clasifica y define con ciertas características.

Por poco al menos, logro identificarme con este grupo de personas que tanta controversia hemos causado. Nos veo entre aquellos adultos maduros que nacieron en los años 50 o 60 que aman el rock and roll y los jóvenes mocosos que se ríen de todo y por todo pegados al teléfono.

Muchos creen que los milenarios pertenecemos a este segundo grupo, sin embargo, recordamos con nostalgia el VHS, los disquetes, los Walkman, las consolas antiquísimas, los celulares con batería interminable y las horas largas que pasamos todos los veranos de nuestra niñez sin Internet. Todavía nos tocó jugar “bote pateado” y “stop” en las calles todavía seguras, sin narcotráfico, (a menos no tan descarado).

Luego crecimos y aprendimos con gran orgullo la era digital. Fuimos los primeros en aprender a usar una computadora y a buscar nuestras tareas en la súper desarrollada enciclopedia Encarta. Descubrimos Facebook cuando solo se utilizaba para contestar cuestionarios ridículos tipo: “Descubre quién es el amor de tu vida”. No había reacciones y un like apenas era una manita arriba sin significado.

Deseábamos que el Internet estuviera delimitado y prohibido para las personas mayores de 30 porque temíamos que nuestras tías compartieran frases religiosas y motivacionales acompañadas por imágenes de piolines o vírgenes María.

Aprendimos a no ir al cine y a dejar de escuchar álbumes completos a menos que valieran la pena. Visitamos los lugares de nuestros sueños con apenas un clic. Inventamos los amores a distancia, porque, a pesar de las cartas que los enamorados enviaban en la época de las cavernas, nunca se sintieron tan cerca para dar match o platicar toda una larga noche sin gastar millonadas.

Pero sobre todo y lo más importante, descubrimos que muchos aspectos de nuestra vida debían cambiar. Cada que leo las frases: “lo políticamente correcto es lo de hoy”, “todos les ofende” o “a los jóvenes de ahora ya nada se les puede decir”, pienso en cómo esta generación Y cuestionó, debido a nuestro cambio social y cultural, algunos aspectos de nuestro diario andar que eran aceptados sin reproches.

Y nos dimos cuenta de que muchos aspectos están mal, son incorrectos o no son tan inofensivos como nuestros padres y abuelos nos lo hicieron creer. Ejemplos hay muchos, desde los más pequeños como el hecho de que una mujer pague la mitad de la cuenta en una cita y hasta los más densos como el bullying (a cuántos no nos han dicho: “eso en mis tiempos era normal”).

Otros más intensos como el descubrimiento de las redes de pederastia en miles de iglesias católicas o el poner sobre la mesa la legalización de la mariguana y del aborto o el significado de un tatuaje antes y ahora (dicho por mi madre: “si antes te tatuabas eras un delincuente y estabas en la cárcel, ahora cualquiera lo hace).

Y sí, parece que estamos acabando con los valores y nuestra dignidad en busca de un libertinaje que solo nos ahora o suicidarnos o volvernos adictos a las drogas por lo menos. Pero, prefiero creer que estamos rompiendo paradigmas, estamos cuestionando toda una cadena de pesadas reglas creadas para una sociedad ficticia.

Como dijo Darwin, o evolucionamos o morimos. Romper las cadenas significa sí, volverse políticamente correcto y empático con nuestros semejantes y nuestro planeta. Ese que otras generaciones se acabaron sin pensar en las consecuencias (y eso que antes lo más loco que hacían era fumar hierba y escuchar a los Rolling Stones).

Puede que las siguientes generaciones vean solo sus celulares porque el mundo en que se desenvuelven no les ofrece nada novedoso ni atractivo para mirar. Puede que todo nos ofenda porque su lenguaje, su vestimenta, su cultura, sus tradiciones, sus cosmovisiones están impregnadas de ofensas a minorías y grupos aislados que ahora, en este momento se vuelven más grandes.

Y sí, sobre todo disfruto ser millennial porque fuimos la generación que no solo realiza el sexo fuera del matrimonio (admitamos que eso siempre ha existido), pero fuimos los primeros en disfrutar y defender nuestros cuerpos y deseos, que también cuentan, que no necesitan de complicaciones como el matrimonio para vivir, solo vivir.

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