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Soy buga…

Columna de GustavoT

De inicio, Soy Buga. Al menos eso me decía un queridísimo amigo, a quien lo referiré como “C”. Él me inició en el conocimiento de esa parte ¿oculta? de la cultura tradicional mundial, por y para mí desconocido hasta hace unos años, cuando me acercó a personas con preferencia sexual distinta a la mía y a lo que la convención social (y sexual), que inhibe ciertas prácticas –aún y cuando son personalísimas y expuestas en una cotidianidad marginal– por ser consideradas fuera de lo aceptable por nuestra queridísima sociedad polifacética, eufemismo que permite observar el aspecto que deriva de una falsa expresión mental y da paso a las formas varias que las personas practican ante la sociedad, su familia y en lo que ellos se sienten bien, a lo que pertenecen.

Le pregunté su significado, con la mezcolanza de pena, ante mi ignorancia suprema del tema, la confianza que me ofrecía su amistad y la virtud –de la cual carezco– de la paciencia de un profesor que enseña a un aprendiz.

Éramos muy cercanos. Duró varios años la amistad. Fue mutuo el aprendizaje, pues me permitió la oportunidad de mostrarle lo que sabía, y podía, de los asuntos laborales, relaciones interpersonales y cualquier otra cosa en la cual el compartir experiencia y conocimiento era mutuo.

Conocí a C de una manera particular. A primera vista era un chaval alegre y bromista. De alguna manera, todos tenemos ciertas formas que nos identifican: En algún tiempo, el autor de estas líneas vestía botas vaqueras, pantalón de mezclilla, cinturón del mismo color de las botas, camisa manga larga y chamarra. Bigote, bien recortado, barba rasurada y loción… me gusta la loción.

Un compañero de trabajo, de preferencia igual a la femenina, me dijo cuando me agarró confianza, que tenía el aspecto de aversión a las personas llamadas gay, claro, en palabras coloquiales suyas: “… parecías mataputos”.

Y las formas de C permitían conocer a primera vista que su preferencia sexual era distinta a la “normal” para un individuo con pene. Delgado casi flaco, blanco, de estatura ligeramente menor a la media, de frente amplia. Guapo. Mi amigo era guapo. Tenía el aspecto caucásico-mexicano o germano-mexicano o europeo-mexicano. Hubo quién le decía que era un “alemancito”. Tenía lo que se llama “pegue” con el sexo femenino; evidentemente, con el masculino con la misma preferencia.

“Si el modito es lo que te arruina”, le decía su mamá.

Se notaba por ciertos movimientos, gesticulaciones o ademanes, lo cual no me afectó, pero no era de mi agrado, porque considero que lo que te dio la naturaleza lo debes portar como lo que es. Y si no estás de acuerdo y lo cambias, pues adelante, pero por completo y de manera correcta. Con estilo y presencia. Sin perder tu esencia y sin mostrar a todo el mundo que encuentras a tu paso la preferencia que tienes. La discreción es lo mejor, pues no es ocultarlo, pero son cosas personalísimas; no interesa a nadie lo que haces con tu vida. Sólo a ti.

Respeto y apoyo a quienes lo hacen de otra forma. Es su individualidad y la forma en que se comunican con el exterior, con quienes les rodean.

Como ocurre en todos los ámbitos laborales, los señalamientos y comentarios de quienes son irrespetuosos con la otredad, con quienes son diferentes a ellos, se referían a él como “…sí, el putito”.

El día a día. La actividad laboral nos unía. Debíamos realizar nuestro trabajo de manera conjunta. Aprendió rápido y bien, aunque las agresiones físicas, verbales y psicológicas de que fue objeto desde niño, le impedían desarrollar su potencial. De inicio, tenía que forzarlo a hacer las obligaciones que imponía nuestra labor, pues su arraigada timidez lo amarró para tomar decisiones. Hasta que ocurrió.

De manera paulatina, adquirió la forma que le gustaba. Vestir formal, “oler a hombre –decía–  porque una cosa es que sea putito y otra que sea un pinche joto”.

Me agradaba conversar y estar con él, porque además de reivindicar la “cultura gay”, asumía su “rol de pasivo” (Je, broma que él hacía sobre sus aficiones sexuales), pero en su individualidad de respeto hacia sí mismo y para los demás.

Hacíamos un buen equipo. Nuestro trabajo era reconocido y “altos funcionarios” (ja) sabían de nuestra actividad y que andábamos juntos. Les parecía extraño. Hubo quien sugirió la posibilidad de una ¿amistad sexual?

“Te lo andas cogiendo, ¿verdad?”, decían. Sonreía. Sólo eso. Nunca aclaré nada. Consideré que no era necesario. Si era cierto o falso, se trataba de un asunto entre dos. Más, nadie.

GustavoT@igualdades.com

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