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Soy buga… la columna de GustavoT

Osos y chelas

 

-¿Qué? ¿Una chela?, me dijo C al oído, horas antes de salir del trabajo, a manera de complicidad. Como cuando vas a ir a portarte mal, y tienes ganas de una noche de bebidas etílicas y sexo.

-Va. ¿Dónde?

Mientras concluía de redactar y entregar mi trabajo, me percaté que hizo una llamada. –Sí. Nena. Nos vemos ahí en el lugar de los éxitosss… Sí, con los osos.

La semana había sido complicada y con mucha actividad. Ése era el pretexto, porque él sabía que me gustaba más ir a una cantina y conversar. Incluso, solo él y yo, en lugares lejos de la oficina, para no encontrar a nadie, y platicar hasta sentirnos medio tomados.

-Vamos con mi amigo V, dijo como si buscara mi aprobación. Respondí que sí, que no tenía problema, pues lo había conocido anteriormente de manera breve. Igual, respetuoso y “ponía una línea” para evitar un mayor acercamiento con él.

Días antes, le había comentado que desconocía los bares gay, ya que escuché muchas historias de distintos compañeros, mundo que habían descrito como sórdido y fuera de lugar. Nunca lo entendí, pero la imaginación y los table que había conocido, me hacían presumir de qué se trataba.

Se despedía de los compañeros y compañeras a la hora de irnos. Le preguntaban si se iba a ir “de fiesta”; a unos respondía que no, a otras que sí, que me iba a emborrachar. Evidentemente, no escuchaba la conversación, pues me encontraba a distancia, pero las miradas de sus compañeras las interpreté como “tan hombrecito que te veías”.

O los comentarios de los compañeros tenían una carga de sorna, cuando veían que nos íbamos juntos. Sentíamos sus miradas en nuestras espaldas y él me abrazaba: -Vámonos, cariño. Decía a manera que escucharan quienes se encontraban cerca.

Honestamente no me interesaba. Nunca me interesó si mi “hombría” u homosexualidad social era puesta en duda. Jamás me provocó problema. Yo sé quién soy y qué me gusta.

De manera extraña, toda mi vida ha estado ligada con integrantes de la comunidad gay. Aunque eso será tema de otro espacio, desde chaval de primaria o secundaria fui cercano a ello; tanto, que en los inicios de mi actividad laboral, Jesús me invitaba a su casa a tomar. Gente muy respetuosa.

Pasamos a comprar unos cigarros –me gusta fumar–  y dejamos el coche cerca del local. Caminábamos y me tomó de la mano. “Para que digan que nos queremos”, decía las incontables veces que lo hizo en la calle cuando íbamos juntos.

Al principio me incomodaba, pues no soy mucho del contacto físico de esa forma, aunque nunca me provocó problema, porque en el mundo de la “normalidad Buga”, muchos amigos se burlaban de la forma en que andaban “los putos” por la calle y, ocasionalmente, te tomaban de la mano.

Más de una ocasión pensé que era un pretexto para dejar salir su homosexualidad latente o ver cómo reaccionaba en una situación así, para saber si tenía esa inclinación.

En la caja del Oxxo, al pagar mis cigarros, seguramente esperaba a que fuera mi turno y me acercara a la caja, pues de pronto llegaba y ponía un chocolate o pastillas y decía en voz alta: -Para el aliento, cariño.  En el momento en que tenía la atención de la cajera, volteaba a verla y le decía:

-¿Se nota que somos pareja?

Esperaba la respuesta de la persona, cuya expresión en el rostro exponía una crítica social, un reproche de por qué lo divulgábamos. Había quienes decían que se notaba; otros más decían que no, pues muchos otros “hombres” llegaban de esa misma forma.

La cajera me miraba como si pidiera una explicación, una negativa, deslindarme de las afirmaciones de mi amigo. Cruzamos miradas, le sonreí y, a la vez, le coqueteaba. Nunca lo desmentí.

En ocasiones, hubo la presencia de dos cajeras y éramos los únicos clientes. Conversábamos más de lo habitual para comprar cigarros. Insinuaban que si él era guapo, y yo también, por qué no mejor íbamos los cuatro.

Ya en el coche me carcajeaba de él y sus respuestas. -Parece que te pusieron un cuete en el trasero… No era necesario que respondieras así…

Mientras abría una lata –yo no tomaba hasta llegar al lugar en cuestión—decía

-Pinches viejas. A ti que te gustan tanto… Y no les mentí, soy de chocolate… Daba un trago y continuaba: -No se te quita lo fácil. Le voy a decir a L (mi esposa)… Si fuéramos hombres, me cae que nos las hubiéramos llevado, jejeje…

En la Zona Rosa, a donde yo acudía desde chaval por diversos motivos, conocí varios antros gay. -Te voy a llevar –decía–  con los osos. –¿Quiénes son los osos? Sabes que si no me gusta, me salgo, pinche C.

-No te preocupes. Solo debes estar siempre cerca de mí. Si vas al baño me avisas y vamos juntas.

Esa advertencia no me agradó. Siempre he ido al baño solo. Desde pequeño me sé cuidar y he andado en muchos sitios verdaderamente peligrosos. Y ahora resulta que tenía que actuar como si fuera una quinceañera.

El lugar tenía en la entrada una huella de oso. Y un oso negro vestido con peto de mezclilla y en la mano una cerveza.

Abrí las piernas y brazos. Me dieron una “revisada”. Pasé una cortina roja que parecía de terciopelo, lo cual me recordó los cabarets a los que fui desde la adolescencia. Cobraban 10 pesos la “ficha” –así se llamaba a bailar una pieza musical con las féminas del lugar–, pero nunca pagué. Y sí que bailaba. Alguna ocasión, no sé qué ocurrió, pero tuve la propuesta de una de ellas para que viviéramos juntos. No tendría necesidad de trabajar, según me ofreció.

Entramos y V ya estaba en una mesa alta viendo a los asistentes. Llegué primero, porque C se quedó a saludar a los del bar, a varios asistentes, de los cuales había susurros al oído y pequeñas risas, que en mi imaginario recordó cuando tuve alguna (tal vez, algunas) noche en que quedé atrapado en los brazos de alguna fémina casual.

Me volteaban a ver. C guiñaba el ojo, mientras que su interlocutor me auscultaba con su mirada. Sentí lo que sienten las mujeres cuando las escaneamos a su paso. No le di importancia.

Voltee la mirada y vi a un cabrón luchador, o al menos eso me pareció. Me cae que si me lo encuentro en la calle, no sé qué haría, porque me viola sin pex, pensé. Un sujeto como de 1.90 y unos 120 kilos de peso. Músculo que presumía mediante una playera de tiras al hombro y se repegaba a su pareja de baile. No hubo más.

En contraparte, un gordo pelón como de 1.80 metros de estatura, estaba recargado en la pared, mientras escuchaba lo que alguien más le decía, o se lo quería transmitir por ósmosis, porque era una conversación untada. Igual, playera amarilla de tirantes, por donde salían los millones de pelos que le cubrían su piel. Concluyó una canción de Cher, se dieron un beso en los labios, como si se conocieran de atrás tiempo.

El oso luchador se acercó al oso pelón. No perdí un instante. Pareció como película de amor. A lo lejos escuchaba la música, la gente, C y V junto a mí, que hablaban, pero estaban distantes. Tenía en la mano la cerveza que C me había traído y le iba a dar un trago, pero se quedó a centímetros de mi boca, cuando se acercaba el oso luchador al oso pelón.

Y parecía no importarle a nadie lo que ocurría: Un beso de lengua y saliva –más saliva que piel–  con manos por todas partes. Parecía que habían tardado más, o al menos así me pareció. Los dejaron solos.

Seguramente mi expresión le dijo a C lo extraño que me pareció, porque al oído me dijo que eran pareja. –El gordo quería plancharme mi traje, pero no ¿eh?, no… Se alejó por otras cervezas.

Un mundo ajeno al que me acercaba cada vez más.

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