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SOY BUGA… la columna de GustavoT

… te voy a cambiar el nombre

No soy afecto a la música de Joan Sebastian. En cambio, a C le gustaban varias canciones de él; incluso, llegó a comprar un disco, por lo cual lo critiqué: -Sólo falta tu tatuaje… Cuando salimos del centro comercial, cuyo nombre no recuerdo, pero se encuentra al sur de la Ciudad de México, donde fue una fábrica de vidrio, nos subimos a mi camioneta y, como niño con la ansiedad de abrir su caja de zapatos recién comprados, abrió la bolsa que traía una combinación extrañísima de discos.

Vicente Fernández, el cual ya habíamos escuchado horas antes, pero lo compró otra vez, porque lo había regalado; aposté a que no lo pondría. También a Winston Phillips y a Rigo Tovar, este último, pues me gustaba y a la señora –J– quien nos hacía favor de darnos de comer en una fondita.

Compartía oficina él con una fémina muy guapa (al menos para mí lo era… y me gustaba), quien no estaba segura de que le agradara el máximo representante de la música popular en los 70’s. –Es para nacos, decía. Le respondí: -Sí… soy un nacazo…

No obstante, le llamaba por teléfono y le ponía Lamento de amor, El Sirenito, Perdóname mi Amor por Ser Tan guapo o Mi Matamoros Querido, la que escucháramos en el momento. Lo interesante es que no cortaba la llamada, sino escuchaba toooda la canción. Mujer muy agradable. Lástima. También será tema para otra ocasión.

Pensé que pondría a Madonna —la reina de los gay, según su dicho– creo que era del de Hard Candy, pues nos gustaba todo el disco, pero las principales era Candy Shop, Give it 2 me y 4 minutes. Traía la canción en la mente y estaba a punto de cantar…

Tuve una clase particular de cada cantante vinculado con la banda, como le decía a la comunidad gay, pues a C le gustaba mucho la música. Ahora que recuerdo, nuestra relación estaba enmarcada con la música. En la oficina, en los momentos de silencios, aparecía de pronto su voz: -¿Qué? ¿Con música es más caro?

Algunos respondíamos la propuesta musical de ese momento y, en ocasiones, la rebatinga para tornar en una lonchería el espacio laboral. Generalmente, ponía la que se le daba la gana, pero disfrutaba de ser el centro de atención y dar un respiro a la actividad.

A quienes nos desagradaba su elección, regresábamos de manera inmediata a lo que hacíamos, mientras que los demás cantaban desde su lugar o se paraban unos minutos para destrozar las notas musicales y presumir su cántico distorsionado, mediante una voz similar a las aves de playa.

-Permisooo… palabra que utilizaba para muchas actitudes, como para hacer lo que quisiera. Y así lo hizo:

“… eres secreto de amor, secreto… Te voy a cambiar el nombre, ahora te llamarás Gloria, lo tienes bien merecido… secreto amor te confieso… y puedo cambiarte el nombre, pero no cambio la historia: te llames como te llames, para mí tú eres la gloria…”.

Volteó a verme, a manera de reto, pues luego peleábamos y manoteábamos para sacar el disco, yo en el volante mientras él cubría el aparato en el tablero. –Por tu culpa, vamos a chocar, reclamé; me cerraba el ojo y movía sus labios a manera de un beso enviado hacia mí. Sabía que no iba a quitar la canción.

Alguna vez le conté la historia de un amor pasado. No recuerdo si la conoció. Seguramente, porque en alguna ocasión platicamos de ella:  -… ese cuerpecito fue mío. Respondió: – Seeriooo?

-Sí, dije con una respuesta cortante, a manera de finalizar la conversación. Sin embargo, su curiosidad fue más allá. -¿Por qué no me lo habías dicho? –Pues, porque no había ocurrido, le contesté.

Desconozco el motivo por el cual no podíamos tenernos secretos. Tal vez tardábamos en hablarlo, pero al final nos decíamos todo lo que sentíamos y pensábamos. Respetamos nuestra privacidad, pero existía la libertad de externar la opinión sobre cualquier tema.

– Am, una mujer muy guapa. Buenona. Muchos querían con ella y lo sé, porque cuando platicaba con algunos de ellos y la encontrábamos, me decían que querían con ella o que le habían tirado onda y que los bateaba. Y sí, alta, piernas bien torneadas y con bonito trasero. Guapa, con presencia… tiene estilo. Muy bien, la señora. O cuando llegaba a ir a la fonda, muchos la veían con miradas desnudadoras. Dijo.

-No tenías que describirla. La conozco. Nos llevamos muy bien. Me agrada conversar con ella. Le comenté sin abundar.

-¿Cómo fue?, inquirió con curiosidad. -Pu’s, normal –le expliqué–. La encontré una vez y conversamos; luego, cada vez que nos encontrábamos, platicábamos, hasta que acordamos salir. Fuimos a tomar un café o un drink, no recuerdo, y cuando la dejé afuera de su edificio, seguíamos conversando… nos besamos. Pasó una patrulla y bajaron los policías a checar qué hacíamos y nos dijeron que, por favor, nos retiráramos. Pasamos a su departamento.

-Por eso, en ocasiones, le llamaba y le pedía que escuchara: “… háblame de ti bella señora, háblame de ti, de tus secretos… Poco a poco me acerco y me estalla el cuerpo… yo te encuentro bella como una escultura… No tienes nombre ni apellido si dejas resbalar tu vestido… Llévame contigo a tu misterio… Llévame contigo a tu apartamento…

O la de Víctor Iturbe, El Pirulí: “… señora, no se piense retirar… es muy joven para amar… Como un fruto dulce de la primavera… la belleza si es madura es más bella… Señora, con el paso de los años es más bella…”.

Y otra vez, Emmanuel: “… no sé qué tiene su cuerpo que se deshoja… No sé por qué se desdobla la forma de mi persona… Venga y tómeme del brazo que la voy a alimentar, que la voy a deshebrar, señora hora por hora… que la voy a enamorar, que la voy a ilusionar… Permítame usted que anide mi juventud en su boca… Venga y tómeme del brazo que se le va a deshojar, que se le va a derramar el amor por la cintura, a sus 30 años señora…”.

-¿La quisiste mucho?, preguntó serio. –Sí. Fue una bonita relación. Muy intensa. Discreta, le dije de esa misma forma, con las manos en el volante y sin quitar la mirada del camino. C tomaba sus pausas para preguntar, parecía que pensaba y elegía sus cuestionamientos. Se notaba que quería conocer los detalles de besos, abrazos, momentos, sentimientos y sensaciones… intimidades… sexo. Concluí la conversación con mi silencio. Lo respetó.

Lamentablemente, esa inteligente y leída mujer –lo que la hacía mucho más atractiva y difícil de separarse de ella– me abandonó. Recibí en mi teléfono, procedente de su número de celular, un mensaje que, creí, era un “hola”, luego del temblor: “… no alcanzó a llegar al hospital… murió esta mañana”.

 

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