martes , noviembre 13 2018
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SOY BUGA… la columna de GustavoT

… en el último vagón del metro

-¿Qué crees que me pasó?

-Pu’s, no sé. Soy guapo, inteligente, pero no adivino…

Así, de pronto, sin decir “buenos días”, llegó a mi espacio de la oficina, cuando mi jefe me había pedido información. Estaba presionado y apenas eran las 10:00 horas, porque en unos minutos debíamos salir a una actividad laboral.

Olía bien. Teníamos gustos distintos, pero no dispares. Alguna ocasión me preguntó por la loción que usaba, pues desconocía cuál. Respondí que era de acuerdo a mi estado de ánimo. –Ah, por eso no sé cuál, dijo.

Nos saludábamos de mano. Había veces que se me acercaba para que fuera beso en la mejilla. No respondía cuando lo hacía, aunque tampoco me retiraba. Evidentemente, sólo con féminas me saludaba de beso. Sí, seguramente es un asunto machista, así fui educado, como todos, pues somos parte de una cultura de ese tipo. No obstante, a mis papás y tíos los saludaba con un beso en la mejilla.

Insistió. Pregunté: ¿Qué hiciste, cabroncita? Seguramente, te fuiste a revolcar con alguien… hasta que lo haces… je, me has aprendido, bien. Me burlé, porque era una persona muy reprimida. Había ocasiones que pasaban hasta 4 o 5 meses sin que tuviera sexo o, al menos, un calentón.

-No sé cómo puedes vivir así. No podría… Deberías aventarte un free, sacarte a alguien de un bar, hablarle a una amiga… amigo, puej… O algo que se le parezca, dije. Su rostro se iluminó. Adiviné, por su silencio y mirada, que revivió lo ocurrido el sábado en la tarde-noche, “…cuando iba a ver a V en la Zona Rosa, donde habíamos acordado vernos para cenar… Desde estudiante que no me pasaba algo así… Cuando tenía ganas, me iba allí y salía sin problema… tranquilo, ya”.

-Me iba –explicó– al último vagón cuando salía de la escuela. Y ves con quién. Generalmente, no encuentras o no te gusta alguien. Y ya. El sábado, iba a ver a V y ni siquiera me fijé que me había metido al último vagón. Me mensajeaba con un oso y seguí caminando. Me metí al metro y no me fijé más nada.

Su rostro de alemancito, con su barba de tres días, la cual recortaba con una afeitadora eléctrica, a diario, con el número dos o tres, transmitía la emoción de ser querido y, particularmente, ser deseado.

-Es que no me gusta. Sí, es gordo peludo, pero no me nace. Está rico tocarlo y… lo demás, pero nooo… Respondí esa vez la coincidencia del pensar: “A veces, aunque físicamente sean agradables, no compartes pensamientos, deseos, gustos… La canción ésa de que hasta te cuesta respirar su mismo aire es cierto. Al final, después de la pasión, volteas y dices: ¿Qué hago aquí? Te entiendo. Se necesita otra cosa. Me dijo: Por eso no ando con nadie… aún. Además, ¿imagina si me infecta?

Cuatro palabras me hicieron reaccionar. El pensamiento me llevó años atrás. Tendría unos 18 años de edad. Iba en la escuela. En ese período de la historia, tenía algunos años el asunto de la inmunodeficiencia. Enfermé del estómago y la garganta, tenía los ganglios inflamados; mis defensas se habían disminuido considerablemente y parecía que mi historia tendría apenas unas semanas para continuar. Si a la fecha se dice que no hay forma de curarla, en esa coyuntura de vida no había ninguna posibilidad. Días difíciles. Hasta me despedí de algunas personas, pues no se sabía con precisión la forma de contagio. Antes, había sido un período de promiscuidad… divertido con aprendizaje.

Regresé de mi letargo. ¿De qué me hablas? Primero, vienes muy contento, pero resulta que no te gustó. ¿O interpreté mal? No –dijo–  lo que pasa es que estaba en el metro y le enviaba mensajes a un gordo con quien quiero. De pronto, me acordé de ti.

-¡¡¡¿¿¿???!!! A ver, sé que quieres conmigo –bromee. Su rostro de “no me chingues, hablo en serio”, me regresó a la conversación que le interesaba: -Usaba la misma loción que tú. O se parecía. Por eso voltee… Él sí estaba guapo… Ante la agresión, mirada amenazadora… -Inició la plática, porque vio el libro que llevaba conmigo. No sé qué me dijo, pero no era importante… estaba divino: un gordo con piel de seda. Entre blanco y moreno, cabello negro, alto… ¡un oso!

-¿Y? ¿Qué hiciste? ¿Y la gente? –No se fijan. O no me fijé. Hablamos y nos seguimos y regresamos hasta la última estación. Me dieron ganas y no me dejé. Nos dimos los teléfonos. Se bajó y se fue. Luego, se me acercó un güey. Conversamos y ya era tarde, ya no iba a ir a V, porque ya era tarde. Y ya me seguí en el metro. De pronto, solo había una persona más.

-… pero…, intenté decir. No insistí, porque vi su emoción en el brillo de sus ojos. Realmente lo que ocurría era la emoción en su interior: -De pronto, me besó el cabrón. -¿Por qué te dejaste? No sabías nada de él… ¿Y qué tal si..?, dije. –No sé. No pensé en nada… No sabes lo que es estar a dieta, no tener nada de nada…

No supe qué responder. Imaginé el momento. Entendí. Pregunté: ¿Y qué pasó?, entonces…

-Respondí el beso…

 

GustavoT@igualdades.com

 

 

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