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Soy buga… la columna de GustavoT

“Ése no me engaña con sus historias bugas; pa’ mí que es requetejoto…”.

Hace unos días, una fémina guapa, de muy buen ver –y mejor tocar… supongo–  en su agradable presencia y conversación, me hacía referencia a lo que habló con una amiga con preferencia sexual distinta a la suya:

-¿Por qué nos dicen bugas? Suena feo.

-Míralo así, respondió: A nosotros nos dicen tortilleras o tortillas, manfloras, marimachas…

-Es despectivo, ¿no?

-Sí, lo es. Se trata de eso…

En mi soledad nocturna, recordé la plática y la relacioné con lo que me decía C, cuando le pregunté lo mismo; no obstante su ignorancia respecto a ese término, me dijo que de esa forma se les dice a los “hetero”. Me conformé con la respuesta. Para mí, era una palabra nueva en mi diccionario mental. Extraña, pero no me pareció ofensiva, presumo que por ser open mind (ja), o más bien, por no encontrarle un significado claro.

Sin embargo, acudí a mi mejor amigo: el tumbaburros, según lo nombraba mi señora madre.

También abrí páginas de internet para conocer. Me sorprendí por tantas absurdeces, y las ganas que mucha gente le echa a escribir en las redes. También recordé a esa señora cuando me decía, en relación a quienes desconocen, pero les gusta hablar: “no’más porque tienen boca”. En este caso, no’más porque tienen teclado su compu.

El asunto es que invocan a literatos, novelistas, raíces etimológicas y palabras en distintos idiomas por la consideración de “torcido”. Me llamó la atención, porque alguna vez escuché, que a los genitales de las mujeres les dicen “pancito”, lo cual vinculan con las tortillas, cuyo significado podría venir de amasar y el ruido que hace el contacto de vulvas humedecidas y su monte de Venus. Existen muchas más que tampoco “viene al caso”, como decía C.

Respecto a los Buga, encontré un lugar en Colombia, o sinónimos de comecoños, heterosexual, que podría provenir de la palabra popular italiana en el medioevo Bogomilo, designada a quienes tenían prácticas homosexuales. También, por un lugar que existió en el período de Porfirio Díaz, La Bugambilia, donde los homosexuales tenían prohibido el acceso. Igual, sin convencer.

Cuando iba con C a algún bar gay, y me presentaba con sus amistades y conocidos, les decía, al señalarme con un dedo: “Mi amigo Gustavo… Es Buga”. Me respondían el saludo; algunos, de manera despectiva me decían “hola”, sin darme la mano y se retiraban; otros, me saludaban normal e iniciaban la conversación por lo extraño que anduviera en estos lugares y conviviera con C.

De entrada el señalamiento es discriminatorio. No había necesidad que me etiquetaran, lo cual no significa que quisiera ser parte de su grupo. Solo iba con C, porque me agradaba estar con él, quería conocer el entorno de la comunidad gay, por lo que me llevaba con “la banda”, donde eran aceptados y podían hablar como quisieran, sin ser señalados.

Me dejaba de pie en la barra. Daba pequeños tragos a mi cerveza. Veía a lo lejos cómo saludaba y la forma en que se abrazaba con algunos, abrazos normales y hasta lo nalgueaban, sin que encontrara diferencia entre lo que hacen los bugas, en bares y cualquier otro espacio, aunque con la diferencia de vestuarios y ausencia de mujeres con hombres, al haber pocas parejas de féminas.

-Hola. ¿Y C? ¿Te dejó solo?, me dijo uno de sus amigos.

-Hola. Fue al baño y a saludar a sus cuates. ¿Por?, pregunté mientras le ofrecía mi cerveza para brindar, y continuar la conversación que resultaba muy cercana, al grado que le olía su aliento –cuyo resoplido me aventaba la información de que llevaba más de cinco chelas–, lo cual no me pareció extraño, pues estaba lleno el lugar.

-Porque aquí hay muchas perras que le pueden ganar el mandado, decía en el lóbulo de mi oreja.

-Le soy fiel. Lo sabes, respondí, al tiempo que volteaba para cerrar mi ojo derecho, a manera de ofrecerle la posibilidad de que éramos pareja, aunque no lo reconocíamos. Volví a chocar el envase con su cerveza, lo que respondió y se fue bailoteando al ritmo de Strong Enough, de Cher.

Había perdido de vista a C, cuando volteó un individuo que se encontraba a mi izquierda con un vaso de ¿Vodka?, pues se veía transparente la bebida, que no podía ser agua, pues sus palabras evidenciaban que llevaba varias horas ahí.

-Me recuerdas? Nos presentó C, dijo.

-Me apena, pero no, dije, aunque sí me parecía conocido, porque no quería seguir la conversación, ya que mi atención estaba en un grupo de tres chavales, con una moral similar a la mía: no tenían problema en besarse entre ellos, mientras el tercero observaba simplemente, y esperaba su turno con alguno de sus acompañantes.

-También soy Buga. Sonrió. Respondí la sonrisa y me llamó la atención el comentario, porque “ni venía al caso”, como decía mi C. Además, puso su brazo en mi espalda y su mano en mi hombro, lo cual no me agradó y menos cuando al hacerlo, rosó mi nalga derecha, lo que me obligó a recorrerme y empujar con mi trasero a quien estaba a mi izquierda, hecho que me hizo quedar frente a él, con lo que pareció que me interesaba.

-Pasé a echarme unas chelas. Pasé a dejar a una compañera del trabajo. Paso casi siempre después de dejarla en su casa. Luego, me voy a casa…

-¿Compañera? ¿La dejas en su casa? –Sí, vamos a platicar, cenamos, nos tomamos unos drinks

Presumo que vio mi gesto de incredulidad, porque dijo:  -Bueno, es una nalguita de la oficina que me ando comiendo. La llevo a su casa y vengo aquí a echarme un par de chelas, y a ver qué hay…

Algo no me checó en su discurso, porque no echaba chela… Además, el tonito, la forma que imprimía a ciertas palabras durante su conversación, lo cual deseché, por la forma en su vestir, deBuga, lo cual no significa nada real. No sé qué más me dijo, porque volví mi atención al sitio donde estaba la pareja de tres.

No estaban. Pasé de a rapidín mi mirada por el lugar, pero había mucha gente y poca luz. Me desagradó.

Durante la búsqueda, vi a C que venía del ¿baño? A lo lejos, nuestras miradas se encontraban y me hizo señas de que se acomodaba el delgadísimo cabello y limpiaba con la muñeca de su mano derecha sus labios y con los dedos índice y pulgar, las comisuras de su boca. Sonrisa cómplice y andar liviano.

-¿Dónde andabas?, le dije sin reclamo.

-Fui por un guagüis, respondió de la misma forma que un niño expresa en su rostro una travesura. Pidió una cerveza.

-Mm… Me hacía falta. Dijo. -La chela, pregunté. –También, sonrió tras pasarse el trago.

Volteó y dijo: –¿Qué te decía esa perra? –Nada. Que venía de cogerse a una compañerita de su chamba. –Jajajajaja. -¿Qué te da risa?, pregunté al tiempo que veía cómo salía atrás de él otra persona.

-Ése no me engaña con sus historias bugas; pa’ mí que es requetejoto… ¿Viste el que iba atrás de él? Pu’s se van juntas. Las hemos visto muchas veces V y yo.

-Pu’s  me da igual, le dije al tomar otro trago.

-Lo que pasa es que empezó a acercarse. Te va a buscar después.

-Pu’s no le di mi teléfono. –Vas a ver. Luego te  lo vas a encontrar… casualmente aquí o en el de los osos o en otro bar. Tenía razón. Casualmente, lo encontré después en otro bar. No le di mi teléfono.

-¿Serio fuiste por un guagüis?, dije haciendo una expresión de asco en juego.

-No. Sabes que te soy fiel, sonrió mientras se acababa su chela y se volvía a limpiar la comisura de su boca.

Llegó V y salimos. En el estacionamiento, cuando esperaba mi coche en la banqueta, apenas ellos se fueron en el coche de V, vi pasar al también Buga… con quien se había ido atrás de él.

GustavoT@igualdades.com

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