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Soy buga… la columna de GustavoT

… esa barba que raspaba como lija…

Me gusta la ¿música? de Alejandra Guzmán. Evidentemente, en su inicio y alguna que otra rolita. Quienes son de mi edad la cantábamos, aunque a algunos les daba más vergüenza que a otros, reconocer esos gustos tan finos. Al igual que otras cosas, no me apena reconocer si algo me gusta. Total, lo máximo que puede pasar es saber que soy un nacazo,  y continuar en el destroce de la rola y los oídos de quienes están a mi alrededor.

Como ocurre con cualquier espécimen humano, hay canciones que marcan momentos. Cuando tuve un tórrido romance con una mujer que considero muy guapa. El estilo que me gusta: Cabello largo, oscuro, piel morena “apiñonada”, piernas torneadas, cintura marcada, nalgas anchas y paradas, hombros delgados, senos de tamaño mediano…

Cenábamos y en el camino cantábamos. O bebíamos y en el camino a un hotel o a mi casa, la entonábamos como borrachos de cantina. No. Como personas contentas, luego de ingerir alguna bebida. Diferente, ¿no?:

… Mi manera de quererte no tiene explicación, hoy quisiera devorarte a besos, y no sé cómo decírtelo, que me estoy volviendo loca, loca con tus besos, loca con tu amor, loca tú me tienes, loca de pasión, loca con tus labios, loca con tu cuerpo, loca del corazón… Buena rolita.

Usaba minifalda que sí le quedaba, lucía pues. Inevitablemente, en la calle volteaban a vernos… Falso. Volteaban a verla. Hubo incluso cabrones que, literalmente, me ignoraban y querían acercarse a ella. Momentos.

En ese período, C apenas y existía en el entorno laboral. Lo encontraba ocasionalmente en escaleras, el elevador o en alguna oficina ajena, pero no pasaba de un saludo. Escuchaba los comentarios a su espalda, cuando se iba: “… el putito…”. Molestos comentarios que apagabas al dirigirle una mirada desagradable a quien lo hacía. La gente que habla mal de las personas rehúye miradas.

La vida une. Y paulatinamente, los encuentros se tornaron cotidianos, hasta que hubo de trabajar juntos. Al principio, no le agradaba. Luego, confesó que le desagradaba… aunque no del todo. No quise indagar al respecto.

Poco a poco fuimos acercándonos. Por la mañana, iba con algunas compañeras a comprar su desayuno. Los encontraba de camino. Después, el trabajo e ir a comer juntas, porque teníamos la misma actividad. Tenía sus reservas al principio y no se acercaba más de lo laboral.

Un compañero mutuo, pues generalmente íbamos los tres a los actos oficiales, hizo el acercamiento sin querer, porque él también es Buga: al menos, eso mostraba, porque después me enteré por él que hubo algún acercamiento mayor de labios y abrazos, rozamientos, toqueteos en nalgas o el cierre del pantalón, encumbrada la zona. Arrimones. Asunto de ellos.

Un día se pelearon. Normal. Fuimos C y yo a comprar comida; serían las 19:00 o 20:00 horas. Fue el inicio. Posteriormente, íbamos diario a comer. Igual, las miradas. Nos veían como si fuésemos pareja. “Par de putos”, decían algunos a nuestro paso. Lo extraño es que no lo aparentábamos… según yo.

Un viernes le dije: -Invítame una chela, ¿no? –Va. Vamos a mi casa. Respondió de manera súbita. Acepté sin ningún problema y no pasó por mi cabeza que quisiera propasarse.

A través del cristal del auto se veía el cielo con alguna nube y la luna llena. Decía: -Cuando está la luna así, de ese tamaño, platico con ella. Me recuerda muchos momentos: cuando iba a la escuela y llegaba a mi casa. Mi abuelo en el patio. Veía a mi papá. Lo abrazaba. Me gustaba abrazarlo. Me abrasaba, aunque, a veces, me rechazaba.

-¿Sabía de tu preferencia?

-Sí.

Pausa incómoda que me hacía imaginar una lágrima que escurría por la comisura del ojo, que jamás constaté por la oscuridad de la noche ni por un suspiro, gemido o respiración abultada con mucosidad. Nada. Silencio.

Lo interrumpía alguna frase entrecortada: -Mis hermanos me decían: “Puto, C es puto”…

No me atreví a responder o emitir algún comentario. No quise alterar ese momento que nos acercó más. Algo muy íntimo que nadie podía compartir… más nadie… él y yo, cada uno con su gusto, diferente, pero igual.

Fue por las Caguamas mientras lo esperaba en el auto. –No quites la canción…, decía.

-No chingues, apúrate porque va a llegar la patrulla y me va a quitar… Chíngale, cabrón… Traes unos Marlboro rojos. Si no hay, no traigas ni madre, vamos a otro lado…

Se asomaba por entre la puerta, antes de cerrarla… guiñaba un ojo y me enviaba un beso: -Pinche T, no’más porque te gustan las viejas… Y se iba muy tranquilo, sin que se le notara nada. Le sonreía.

Él rentaba un cuarto en una casa grande en la zona sur de la ciudad. Coyoacán. Tenía una cama individual –junto, un pequeño altar en el que rezaba mañanas y noches, con una imagen y un rosario que un alto funcionario le regaló; presumo que eran muy unidos– un mueble, clóset, una TV, equipo de sonido y muuuchos discos. Buena música de rock, grupera, romántica… de todo. Aunque, principalmente, de El Chente y Javier Solís.

Habían dividido la propiedad en tres casas para rentarla. Todas compartían un porche que daba a un jardín pequeño, espacio suficiente para que afuera de su cuarto, que daba a la zona de árboles de Pino de unos ¿30? metros de alto, colocara una mesa y sillas. Guamas, cigarros y botanas.

Conversábamos de la vida, los recuerdos, las féminas y los gordos peludos, sexo, nuestros respectivos inicios sexuales:

Reía como si se desquitara en cada letra, en cada sílaba, en cada palabra, en cada frase… desde el pensamiento todo. Parecía como si en sus descripciones compartiera las imágenes. “… y me decían puto. Y tomábamos chelas y me estaban chingue y chingue, me albureaban… lo que hacen los bugas de barrio con los homosexuales a su alcance.

-Me cansaba y me iba a dormir. Cuando estaban pedos, y ya se habían ido casi todos, alguno de ellos se quedaba a dormir. Sentía cómo, de pronto, se metía a mi cama, pasaba por entre las cobijas. Me hacía el dormido, pero él me despertaba y me agarraba mi mano. Se bajaba el cierre del pantalón y…

Recordé. Imaginé. Me transporté a un espacio de mi vida cuando vi a un compañero de la Fac, en una borrachera en una cabaña que un político para quien trabajaba, prestó a otro compañero. Los baños estaban ocupados, por lo que fui al bosque a mirar las estrellas. A mi regreso, en la puerta, otro compañero me interceptó y al oído me dijo que me asomara por la ventana.

Vi a la conquista de otro compañero, compañera mía y a quien apreciaba, con su piel muy blanca, en sitios específicos rosa, en un espacio que comparte la parte más terrena de tu ser con otro, y que puede compararse con la divinidad del placer entero.

Otra vez la Alejandra, interrumpió mi letargo que pendía de las estrellas de las 2:00 horas del día siguiente:

… mírala, mírala, Diosa vestida de saliva y sal, sus ojos en blanco gimiendo en el sueño del salón. Míralo, míralo, ángel desnudo bañado en sudor, subiendo las montañas de su cuerpo… Mírala cómo se agita, cómo pide más… Eres bello, bello, bello, peligroso y bello, más que el firmamento… bello, bello, más de la cuenta, tan orgulloso, tan sentimental… Mírala, mírala…

Interrumpí al silencio:

– Me voy. Ya me siento pedón. ¿Va?

No respondió. Se levantó. Prendí un cigarro. Fuimos a orinar. El tronco del pino era tan amplio que podíamos estar en cada extremo sin vernos.

Sorbí la última parte de la cerveza. Succioné la colilla en sus últimos milímetros. La apagué en el cenicero.

Me abrazó fuerte. Más de lo normal. Puso el lado izquierdo de su rostro en el contrario del mío. Sentí cómo raía mi mejilla su barba cerrada, de unos dos días de crecida.

Otra vez la Ale…

… esa barba que raspaba como lija…

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