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Siempre pierde…

Alejandro apura el vaso a su boca.

Desesperación y angustia empiezan a permear su rostro porque la botella está vacía… porque todas las botellas ya están vacías.

Le quedan en la bolsa 157 pesos. El licor más barato le cuesta alrededor de 35 pesos y es un aguardiente tan malo como su presentación: una botella de plástico con etiqueta amarilla mal pegada al frente en la que el fabricante no advierte riesgos, aunque todos sabemos que los hay.

Son las 2 de la mañana. Si quiere seguir bebiendo sabe que debe salir y caminar al menos 30 minutos hasta el único lugar en el que con suerte a esa hora todavía podrían venderle algo. En su silla giratoria voltea hacia la puerta y observa el largo andar que le espera para autocomplacerse. Trata de incorporarse al tiempo que intenta tomar la cartera, pero el resultado es doloroso y no acierta más que a reír estúpidamente con la marca del reposabrazos a lo largo del rostro.

Las colas de los perros se agitan violentamente mientras brincotean alrededor y los pequeños mestizos le lamen los brazos mientras el hermoso labrador negro se acerca, se echa y le observa detenidamente para saber cuál es el siguiente paso.

En su deplorable estado cae en la cuenta: es innecesario tomar riesgos a esta hora en esas condiciones y opta por la cama, su fría, solitaria y desgastada cama.

El labrador sale al patio y, como buen líder, guía a los dos pequeños y adorables bastardos. Los tres ofrecen una última mirada y al comprobar que todo está en orden se retiran y no tardan en ladrar a los gatos, a los callejeros, a alguna de esas almas perdidas que todavía recorren nuestras calles y todos sus recuerdos.

Los adora. Con todo y su desmadre, los adora.

Hace apenas un segundo que lo hizo y no recuerda cómo llegó hasta ella. Apenas pudo quitarse los zapatos y jugar a su idiota aventura etílica entre la rapidez de la luz y su cuerpo en horizontal.

Siempre pierde.

Cierra los ojos y entra en la oscuridad. Se deja llevar. Empieza a pensar algo y ese algo le atrapa sin mayor problema.

Lejos de ahí está a punto de amanecer…

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Por Salvador Montoya González (salvador.montg@gmail.com)

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