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… Seguramente, vio la indignación que sentí…

Soy Buga, la columna de GustavoT

Insisto en la insistencia: El sexo a fuerza no sabe… Cuando ocurre, resultado de la coacción, es porque quien lo obtiene carece de la posibilidad (imaginación), para conquistar a alguien. Posible síntoma de enfermedad. Es solo uso y abuso de poder –así de vulgar– el que te da un cargo o la fuerza física aplicada hacia la vulnerabilidad de la otredad.

Hubo alguien con quien conversaba en estado etílico-vulnerable por eso no me defendí y permití, por error, que abusara de mí, que me hablara al oído. Era un individuo más alto y fuerte que yo, con quien sostenía una relación… laboral. (Je, pensaron que era de otro tipo). Eso no fue el motivo por el que lo hice, sino que sus conversaciones eran (hace mucho que no sé de él), agradables, pues, además, tenía una cultura respetable.

Había mucho ruido en el bar y hablábamos de política. Se acercó a mi oreja y comenzó, sin más ni más ni menos, a decir: -… una de mis fantasías es tener sexo con alguien menor que yo… Respondí que no compartía sus pensamientos, aunque los respetaba. Continuó:

-Alguien pequeño, quien esté a tu total e indefensa disposición. A quien puedas someter y hacer con él, con su vida, lo que te plazca… Lo interrumpí y le argumenté que eso ocurre con personas que carecen de fortaleza, y perviven en el ámbito de la dependencia física y mental. Lo que llaman en la psicología relación esclavo-amo.

Despegué mi oreja para verlo a los ojos. Su expresión fue de desaprobación. Como cuando el profesor te lanza una mirada de  “pendejo, ¿no entiendes?”. Devolví la del estudiante que no puede resolver una ecuación simple, luego de meses de repaso.

-Pu’s, no. No le encuentro caso a ese tipo de fijaciones. El poder que nos permiten las personas sobre sí, requiere de mucho cuidado y responsabilidad. Tomó un sorbo de su ron y fue más explícito. Describió la forma en que pretendía abusar de un menor que tenía a su cargo:

-Me llama papá, aunque no es mi hijo; es de mi pareja, con quienes vivo desde hace algunos años. Es muy tierno y cariñoso. Bonito el escuincle. Cuando lo veo me provoca excitación. A veces, cuando me abraza, lo acaricio todo, desde sus cabellos y pies hasta…

Interrumpí la conversación. Lo voltee a ver y percibí en su mirada que no mentía; la coloración de su piel y expresión corporal evidenciaban que su conversación era una remembranza de lo ocurrido durante no sé cuánto tiempo.

Mi rostro es muy expresivo. Seguramente, vio la indignación que sentí. Me molesté y reclamé la defensa de un menor que ni conocía, cuyo abuso merecía todos los adjetivos que le expresé. Sin gritos, pero con firmeza, y con la posibilidad de un enfrentamiento físico, no obstante la diferencia de dimensiones, le ofrecí la ayuda que requiere una persona con tal problemática, así como la denuncia para resguardo de la integridad del niño.

Se sorprendió –ya que me tenía la confianza suficiente, o fui su desahogo verbal– ante mi reacción. Presumo que se arrepintió, no de sus actos, sino de la confidencialidad errada. Pensó que guardaría su secreto o que me sumaría a sus actos, lo cual no entendí, porque en conversaciones anteriores le mencioné mi desprecio por situaciones similares.

Me puse de pie. No me despedí de nadie. Sólo acerté a decirle que era real mi palabra. Salí y caminé hacia mi auto. Olvidé que, previo, había acordado con la amiga de una compañera que conocí días antes, que iríamos a bailar solo ella y yo, para continuar lo iniciado en esa ocasión.

No tenía ganas de ir a casa. Abordé el vehículo y manejé sin rumbo. No era muy tarde, habría pasado apenas la media noche. No tenía que levantarme temprano, porque era mi primer día de vacaciones acumuladas por algunos años sin tomarlas. Pensé en ir a iniciar la denuncia, pero por el asunto alcohólico, habría sido un error el acudir.

Me fui a una cantina. Me tomé unos mezcales. Estaba absorto en mí, en él y, más, en el daño que había causado al menor.

Pensé en la afectación que podría hacerle a él. Pensé mucho en todas las posibilidades que se acumulaban en mi cabeza. Pensé en cómo quedaría ante los demás, al ¿traicionar? una confesión, y lo que dirían, respecto a que denuncié a un compañero del grupo.

Pensé mucho más en la vida que vive y vivirá una persona de apenas algunos años, cuyo cariño paterno ausente y que le hacía falta una figura paterna que se refugió en la persona equivocada.

Pensé en la madre que desconocía las agresiones sexuales de que era víctima su hijo. Incluso, llegué a creer que ella podría saber lo que ocurría, pero pretendía no saberlo, por la calidad de vida material que les ofrecía su protector. Me encabronaron mis pensamientos sin sustento.

Me sentí cansado y hastiado. Decepcionado. Pagué mi consumo y salí. Caminé algunas calles y llegué a casa. Un vecino metía su automóvil, por lo que no hubo necesidad de buscar las llaves hasta que me encontré frente a la puerta del departamento. Al pretender entrar, busqué en el bolsillo de mi saco y me percaté que eran las de mi auto.

Alterado como estaba, me regañé y me pendejee por un rato, porque tampoco podía salir del edificio para regresar por el coche.

De pronto, recordé que para esos casos, tenía un juego de llaves en una maceta. No quise ir a recoger el auto.

Dormí más por el cansancio y el cúmulo etílico. Apenas unas 3 horas, porque volvieron a mi cabeza los pensamientos que tuve. Ya había amanecido desde hacía un rato.

Me incorporé e hice un poco de ejercicio. Fui objeto del sudor de un baño Turco y la recuperación hidratada, con un almuerzo adecuado.

Ya sin dudas, fui ante el MP.

Posteriormente, al ser la parte acusadora, acudí algunas ocasiones para ratificar y otros elementos legales. Supe lo que ocurrió después, pero no merece explicación, pues considero que es insuficiente, ante los deseos (equivocados) de quien quiere un castigo. El menor quedó a resguardo. Parece que tuvo razón mi sospecha, sobre la madre.

Me sentí bien, no obstante las críticas de quienes confunden definiciones. Lo haría otra vez.

 

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