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Reencuentro

Gloria del Rincón

Ay! despacito! – me quejé

No puedo, me excitas- dijiste

—Y así, justificaste la rapidez de tus movimientos e inmediato desahogo.

Mientras caminábamos por las calles de una colonia centenaria, recordamos aquellos encuentros de juventud, de adolescencia; cuando cualquier momento, fuera de miradas familiares, y lugar apropiado, y uno que otro arriesgado, se convertía en un breve desfogue seminal, causando un débito al goce.

—¿Estás insinuando que era un… eyaculador precoz?

—Más bien, un chico guapo y egoísta…

—Es verdad, me excitas. Ahora y hace 20 años.

Además, he aprendido, y mejorado.

—Pero, no somos esos chamacos vitales. Esas llamaradas andantes, de mirada fogoza.

—¿Importa? Somos mejores: rescoldos vouyeristas modulados

—jajaja. Qué dices? A mí, lo cachonda no se me ha quitado. Lo que digo es que no nos domina la pasión.

—¡Me gusta esa aclaración! Pongamos en práctica mi vouyerismo con tu cachondez, si?

—¡Me llevas ventaja! todo el paseo no has dejado de ver mi lordosis.

El reencuentro fue acordado. Hola! saludó después de tanto tiempo. Fulanito me dio tu número. Nos tomamos un café?… Ok. Una cerveza.

—Éste callejón, se ve tranquilo. ¿Va?

—¡Je! Un besito primero, diría mi sobrina…

—Bueno, te lo pierdes…

Siempre nos gustó pasear juntos, bromear, reír. Mirarnos a los labios antes de besarnos.

—Tu cabello sigue siendo de un negro provocador.

—¿Quieres oler? Uso el shampoo de siempre…

Esa manera de señalar una posibilidad, de entre abrir una puerta, me excita; él lo disfruta.

Llegamos a la cafetería de nuestro primer encuentro, donde la mesera hacía de celestina de dos chamacos calenturientos. Ahora, lucía un poco deteriorada, faltaba pintura en las paredes, y algún foco estaba descompuesto.

La penumbra a nuestro favor—pensé—.

El reencuentro nos llevó al sillón en el rincón; no sabíamos como reiniciar, nos miramos a los labios y sus manos iniciaron un recorrido en  mi espalda. Las mías agarraron su cara, delgada como antaño, pasaron al cabello que mantenía la suavidad y ondulación que recordaba. Nos observamos, reconociendo cuánto nos gustaba aquel juego sin tiempo. Sonnreímos jugando a esperar; pero el deseo despertó y la tarde transcurrió con su mano debajo de mi blusa, concentrado en sentir el pezón izquierdo en punta, a ratos, mientras se alejaba el servicio y aprovechábamos para que sus dientes lo atraparan con suavidad pasando a sus labios succionadores.

Empezó a llover, se habían ido los demás comensales. Acordamos con la mesera un servicio de dos cervezas, unas papas y su complicidad.

Con el sillón asegurado, pude subir las piernas como quién está en su casa, y poner la chalina cubriendolas, más que del frío, de las miradas que no debían notar su mano derecha acariciando el muslo que ofrecí sin recato y, más bien, con desenfado. Me sentí deseada con su total atención, sus besos cada vez más agitados y su mano indecisa en avanzar más allá. Puse la mía directo en la evidente erección, con destreza compartí un poco de tela, provocando la pérdida de recato alguno. Después de bajar con precaución el cierre de su pantalón, brincó lo que andaba buscando. Así lo recordaba, firme, suave, húmedo y…. grande. Un apretoncito apenas y ya tenia el avance de sus dedos por entre mi ropa interior, el primer roce en mi pubis me electrizo. Mi mano continuó con el recorrido ascendente y descendente, manteniendo el dedo pulgar en el principio. Su dedo corazón se refugió entre mis labios, con suavidad, con destreza, como haciendo trazos. Se notaba que había aprendido, que bien que era yo el pizarrón en el que escribía.

Su firmeza no era todo, recordé lo que me gustaba acariciar todos sus  vellos y acurrucarlo todo.

Estábamos «a punto de turrón» cuando un carraspeo funcionó como indicio de la realidad.

Suspiramos ante la interrupción; dejamos la propina apropiada y salimos a lo que era ya una llovizna.

Las miradas se cruzaron y se entendieron; caminamos hacia un lugar en donde continuar lo que se detuvo.

La mirada del encargado en turno fue condescendiente y cómplice. 208, a la que le entra sol, dijo.

Apenas entramos los besos retomaron su avidez. La camisa de cuadritos que tan bien se le ve, quedó sobre mi bolsa; su pecho firme y estrecho fue objeto del recorrido húmedo de mi lengua, mientras recorría su espalda baja, acariciando aquellas nalgas redondas, mordisqueables…

Antes de caer mi falda cayó mi tanga, él arrodillado jaló con suavidad la prenda, despacio, mientras su olfato aspiraba el «olor dulce» que mi cuerpo regalaba.

Encima de sus caderas besando sus orejas, nos acoplamos, descubriendo un ritmo mutuo: como el oleaje, llegando y retirando.

—Me sientes? Dije

—Me arrobas… contestó

Y en un disfrute mutuo se escuchó un largo gemido.

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Hermoso…