lunes , diciembre 10 2018
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Personalísimos cuestionamientos

Era un día cualquiera en mi jornada Godín cuando me propuse a regalarme un break y despejarme de la revisión de expedientes para luego iniciar con otro tanto. Dentro de ese relax puse atención a lo que sonaba en la bocinas de mis compañeros de jornada; era Zoé y algo que decía “vía láctea y la tímida aurora de tus células”. Si esa misma línea la hubiera interpretado algún grupo de pop, estoy seguro, la burla o la descalificación no tardarían en llegar.

Me preguntó por qué hay cánones rebeldones que la gente admira aunque no sea algo innovador o, en su caso (por ser una canción), que mueva emociones. No me refiero a Zoé en específico, a mí me gusta la voz de León Larregui, pero es innegable que solo por vestir de pantalón deslavadito, cabello largo y chamarra de piel el colectivo te muestre respeto; en cambio, si eso mismo lo hubiera interpretado alguien como…digamos…Jeans, la cosa cambiaría por ser un grupo considerado plástico, de niñas guapas, con atuendos de brillos y tules. Nada más injusto.

Lo mismo sucede con los géneros tropicales.

Hasta hace no mucho la cumbia era la kriptonita para las fiestas alternativas por considerarse nacas, así: na-cas, con todo lo que ello implica. Sin embargo, bastó con que algún productor se le ocurriera combinar ese sonido guapachoso con la voz de esta oleada de cantantes como Natalia Lafourcade (quien con overol de colores y colitas cantó alguna vez “late, late, late mi corazón”) o Carla Morrison…o Ximena Sariñana, para que ese ritmo naco se volviera un hit y se bailara en raves y antros existencialistas con movimientos lentos en un vaivén de manos mientras se bebe un mezcal de Oaxaca porque es lo inn.

Qué decir de los tributos a cantantes como José José o José Alfredo Jiménez (¡Cuántos José juntos en una misma idea!). Ahí enlistados siempre -siempre- a la orden están Ely Guerra, Molotov, Julieta Venegas o la Maldita Vecindad. En otros tiempos la música de ambos intérpretes hubiera sido considerada como “de viejitos”, en el caso de José José; y “de rancheros y borrachos”, por el guanajuatense. Una vez más los lentes de pasta gruesa, las voces sin vibrato y las ocurrencias se apoderan de los temas y los vuelven ampliamente comerciales, curiosamente de lo que más de uno de estos participantes se han quejado una vez y otra también.

Vente en mi boca, de las Ultrasónicas, hubiera sido un pecado más del reggaetón, porque aún no es bien visto que los deseos sexuales de toda persona se expresen libremente acompañado de una melodía pero, ¿por qué bajo la ejecución de un grupo dizque transgresor se vio tan bien aceptado?, ¿por qué las niñas malas están autorizadas para decir lo que quieren, pero una intérprete como Becky G que manifiesta su gusto por los mayores no porque es un género urbano?

Vista como una figura freak por contemporáneos y millenials, Laura León, en alguna que otra presentación se hizo acompañar por las soprano Susana Zabaleta y Regina Orozco, para cantar Suavecito “suavecito, suavecito-o-o-o”. El resultado, más que apantallador, rayó en lo desastroso porque la nostalgia de la Tesorito no acabó de acoplarse con ambas mujeres con una disciplina vocal mayor. Tal vez, partiendo de esa escena, decidieron invitarla al Vive Latino, festival por excelencia de todos esos muchachillos que todo critican hasta que está dentro de su zona de confort.

 

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