jueves , noviembre 15 2018
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…pero, me acosa; ya le dije que soy de chocolate…

SOY BUGA… la columna de GustavoT

 

-Buen día, decía a quien se cruzaba en mi camino en el estacionamiento, por el elevador, pasillos del edificio, escritorios. Bromeaba con la señora de la limpieza sobre que parecía demacrada, por el desvelo de una noche anterior, “pero contenta”, sonreía al responder con malicia. Le devolví la sonrisa y el gesto de aprobación por haberse portado mal sin que fuera fin de semana. –Hay que usarlo, porque se echa a perder, remató la conversación, en tanto terminaba de limpiar el escritorio y caminaba hacia la puerta.

-Le dejé un pancito de los que le gustan. Llegó mi hermana del pueblo y me trajo cosas, me dijo a manera de justificar las veces que le convidaba de mi lunch, o le compraba algo para su desayuno. Fui a servirme un café para acompañar el obsequio, al tiempo que continuaba los saludos a mi paso. A pocas compañeras saludaba de beso, y como me desagradaba besarlas en la mejilla derecha, porque estaban babeadas, hubo ocasiones que rosábamos los labios al buscar la mejilla contraria. NO obstante, continuamos con esa forma de saludar.

Parecía un día normal, pero me faltaba algo que no ubicaba qué cosa era. Retorné a la oficina que tenía asignada y me senté frente al escritorio. Inicié la lectura de la información periodística, mientras tomaba mi café. Seguía sin concentrarme; no podía saber qué hacía diferente a esa mañana. De pronto, recordé que no había visto a C y tampoco me había ido a saludar. Pensé que habría salido a un acto, pero lo extraño es que no me habían informado. Me incorporé de inmediato y fui a su lugar.

Pasos antes de llegar escuché su risa. O, más bien, sus carcajadas. Tenía una forma característica de risa que contagiaba… medio burlona. Estaba embebido en una conversación animadísima, lo cual no era habitual, aunque tampoco extraño, pues muchos compañeros de otras áreas continuamente lo visitaban, la mayoría “putísimas” –explicaba–  aunque, con corbata y saco. Por tanto, presumí que se trataba de uno de ellos.

Más que las ganas fue curiosidad la que me obligó a no regresarme a mi lugar, pues prefería esperar a que llegara él a mi espacio laboral para evitarme la molestia de saludar a sus cuates, quienes o no me querían o pretendían plancharme el traje, según su celoso dicho: -No te pongas celosa; sabes que un muñeco como yo tiene muchas admiradoras… y admiradores… No soy solo para ti, ¿eh?, me burlaba de su actitud de novia posesiva.

Al abrir la puerta de madera, me sorprendió lo que vi, no por lo que ocurría, sino la forma: Él sentado en su silla con el pie de una compañera –guapa, delgada, de buen porte y bonita figura– en su rodilla izquierda, y una media bota femenina en el piso; parecía que al estar ella en el escritorio, él posaba sus manos en las piernas y subiría a sus muslos.

Si no supiera que él era de la banda, diría que coqueteaban e iban más allá. Ella reía de manera complaciente. ¡Claro que le coqueteaba! Ella sabía lo que hacía. Me dio la impresión que él lo disfrutaba y hasta quería con ella. Muy sexual el momento. ¿El escarceo era mutuo?

Los saludé de lejos y me devolvieron el saludo con un hola, apoyado con el movimiento de manos, así como una sonrisa ¿cómplice? Desconozco si fueron celos, ahora míos, pero me desagradó que no se pusiera de pie y me fuera a abrazar y a decirme “Hola, cariño”, pues parecía muuy contento, esta ocasión más que otras veces en que los había encontrado (¿descubierto en sus devaneos?), en amenas conversaciones en las escaleras o en algún pasillo distinto al de las áreas a las que pertenecían, como si hubieran acordado en verse.

Hasta ahora no entendí el motivo por el que me ¿molestó? que estuvieran tan contentos. Sentado en mi escritorio comí lo que tenía que comer, leí lo que debía y me preparé para el día. Inicié a redactar propuestas para mejorar lo que debía mejorar en la chamba.

No obstante, mi pensamiento se volvió concentrancia: concentración ligada con ansia. ¿De qué? Me burlé de mí y me reclamé. Pareciera que me había afectado el verlos de esa manera taan coincidente y emotiva. Luego, logré ir más allá. Claro que fueron celos… de todo tipo, convertido en soberbia, egoísmo y ego: De mi amigo que ya tendría pareja y nos separaríamos. De mi confidente, porque los momentos serían compartidos con ella y no sé quiénes más, sin poder hablar de nuestras …terías. Del engaño del que había sido objeto, porque resulta que no era gay, sino bicolor.

También de saberme seguro de que estaríamos mucho tiempo juntos, aunque con los tiempos de cada quien con sus cuates y yo… con mi descanso. De ¿quererlo solo para mí? De ser como lo que he criticado a muuuchos compañeros, y más a una persona a quien consideraba muy cercano a mí, pero me bateó, le decían “el todas mías”… es evidente el por qué. De pretender ser el único –de los dos–  que atraía al sexo opuesto. Y, a pesar del pesar, me dolió reconocer que algunas féminas que me gustaban… querían con él.

-¿La ves fuera de la oficina?, pregunté a C, cuando comíamos. -¿Estás celosa?, dijo con palabras cortantes, pero expresión de sorna. -¿Parezco celosa… celoso?, corregí. –Pues pareciera, inquirió. –Sabes que no…  Me parece extraño la forma en que los encontré; en primera instancia, parecía que su pie estaba en, ¿cómo le llaman?, el paquete, pero después el que le agarres la pierna. ¿No se supone que no te gustan las mujeres? Pa’ mí que eres bicolor…

Su sonora, aunque reprimida risa interrumpió la conversación. -Claro que sí –dijo. Estás celosa. La T está celosa. Y sí, nos hemos visto un par de ocasiones, reconoció concentrado en la sopa, con pausas ¿calculadas? para responder la parte más importante:  Sentía que tenía celos de ella. -¿Por qué no me habías dicho?, dije en forma tranquila, aunque más parecía reclamo. –Sí, te lo iba a decir, murmulló, pero porque tenía un bocado y no porque lo intimidara o me pretendiera explicar.

La persona que nos atendía llegó sin saber lo que ocurría, pero notó que no bromeábamos como de costumbre. Se limitó a preguntar que queríamos de segundo tiempo y hasta el postre pa’ no regresar otra vez. Días después me dijo que se notaba en mi rostro la molestia: “Ya no lo regañe”. Respondí: -No lo  regaño, lo que pasa es que sí es una verdadera perra… Nos vimos C y yo, e intercambiamos miradas con la señora J. Reímos.

Esa ocasión cambió el tema de conversación por algo que ocurrió en nuestro entorno y no volvimos a abordarlo, hasta que ocurrió, al día siguiente por la noche, cuando habíamos llegado al callejón que daba a su casa y conversábamos en la calle, mientras fumábamos un cigarro recargados en mi coche. Por la mañana me había dicho que tenía algo importante que contarme, “pero después, cuando estemos solitas”, secreteó. Vas a salir con tus …terías. Ni madre, hoy no te llevo, porque vas a querer conmigo y sabes que no se te va a hacer, aunque puede que sí… si insistes:

-¿Recuerdas a G?, preguntó con su forma casi burlona de iniciar una conversación de algo extraño, o de algún chisme, porque, he de reconocer que éramos unas chismosas; lo que nos diferenciaba era el tema de conversación y la forma de decirlo.

-Sí, claro. Si fueras hombre, cabroncita, me agradaría pa’ que te casaras, le solté el comentario de pronto y sin pensar. –Pu’s, cerca. Me pidió que fuéramos novios, comentario que hizo no solo con la boca, sino con la expresión de pena que inundaba su cuerpo. Se veía que su cerebro trabajaba a mil por hora.

-¿Qué le dijiste?, lo cuestioné, a la vez que adivinaba su respuesta; me diría que le aclaró su preferencia sexual. –Ya somos novios…, repuso de manera instantánea.  –No mames…, casi grité de sorpresa, gusto y me le iba a ir encima para abrazarlo. A ver, platícame cuándo, cómo fue.

-Le dije que… antes… hace mucho… cuando vivía con mi mamá, había tenido novia… Que ahora, me gustan los hombres. No le quité mi atención total y absoluta. Incluso, en contra de mis costumbres, gustos y necesidades, prendí otro cigarro; el otro se había acabado hacía mucho. No respondí el teléfono que no dejaba de dar lata. Pasaba gente y solo veía siluetas, formas humanas que emitían sonidos, al igual que los vehículos. Continuó, como avergonzado, extrañado, aún sin reponerse:

-Fue extraño. El asunto es que me acosa. Le dije que soy de chocolate. ¿Sabes que respondió? –Pu’s, no, le dije con prisa para que continuara. –“Me gusta el chocolate”, me dijo y me besó…

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