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… O te vas, o le entras. Accedí…

SOY BUGA… la columna de GustavoT

Otra persona con quien tuve un vínculo afectivo fue J. Igual que C, vestía normal. No aparentaba nada, hasta que conversabas con él, y eso, en algunas expresiones léxicas y faciales. De trato amable y correcto hablar. Se dedicaba al  manejo del idioma. Encargado que no tuviera errores la primera plana del considerado en ese tiempo, el mejor diario del país.

Lo conocí en uno de los primeros trabajos que tuve. Una revista. Trabajábamos mucho y los días de cierre, salíamos a las 4:00 horas del día siguiente. Aprendí mucho, y el cansancio no lo sentía, porque estaba decidido a tener una formación laboral sólida.

Nos hicimos amigos, luego de que llegó a sus manos un escrito que redacté. Le agradó y me obsequió algunas referencias y consejos, lo cual agradezco aún. Fue una gran enseñanza.

Alguna ocasión, al concluir más temprano, me invitó a su departamento. No obstante que a esa edad, existe el problema del horario en casa, la de los papás, fui con la idea-desconfianza, como posibilidad, de que pretendiera algo extra, aunque nunca hubo, siquiera, la insinuación. Ni un roce discreto o confundido.

Caminamos unas calles y la conversación era amena. Me llamó la atención siempre su blanca tez que contrastaba con su cabello negro, igual que sus cejas. Barba cerrada y partida, que le hacía aparentar la tozudez de un boxeador que pierde la pelea, pero tiene la firmeza y convicción de ganar. Un hombre de mediana estatura y complexión robusta, con delgada apariencia. Vestía camisa roja y pantalón de mezclilla color negro que le acentuaba su porte en un caminar ligero.

Departamento en el primer piso de un edificio en la colonia Roma, en la Ciudad de México. Agradable, con  pocos muebles estilo Luis XV, pero minimalistas. Con él conocí esa palabra. Entrabas y lo primero que se presentaba en la tenuidad controlada, era una sala de madera oscura con cojines color rosa mate. Parecían sacados de una tienda de antigüedades.

-Lo compré en una casa de antigüedades en la Zona Rosa, comentó, como presumiendo su adquisición. La mandé a reparar. Me gusta, decía, a la vez que mostraba algunos objetos de porcelana, semialumbrados por la lámpara de pie, del mismo estilo, que daba a la ventana.

Espacio que era acotado por la puerta de la cocina y enfrente, un comedor de cuatro sillas. A la izquierda, un pequeño pasillo donde estaba la TV y las recámaras al fondo, donde sólo me asomé.

Nos sentamos en la sala y continuamos la conversación. Serían las 20:00 horas y hablamos de temas diversos. El tema familiar era eludido. Sólo hubo alguna referencia sobre su independencia orillada por problemas familiares; insinuado el tema de su preferencia.

Respeté su decisión y continuamos el esparcimiento etílico, iniciado con un vino tinto, de cuyas características ni conocía. Insisto: aprendí. Al ser un excelente conversador, para llevarle el ritmo o, al menos, entender, debías leer literatura, información periodística. De todo. Aunque, a veces, la información era solo el chisme del espacio laboral. Continuamos con ron y, luego, whisky.

El tiempo ocurrió como en la vida: de pronto y sin sentirlo. Como La Cenicienta, sonó el reloj: Las 0:00 horas. A esa hora cerraban el metro, mi medio de transporte. O taxi o a patín. Mi cartera decía que los emolumentos no eran suficientes.

-Nos acabamos la botella y te vas… O te quedas, como quieras, invitó con cortesía y aparente desinterés. Estaba cansado por la escuela y la chamba, por lo que era tentador dormir, pero recordé lo que decía mi señora madre a mis hermanas: “A la primera, no”. Además, tengo una regla que siempre respeté: Nunca faltar a casa. Agradecí y me retiré.

Fueron continuas las conversaciones. Una o dos veces por semana. Más de una vez tuve que caminar en la madrugada por colonias de difícil reputación. La ventaja es que conocía a muchos de esas zonas, pero decía la misma persona que me trajo al mundo: “Hasta los perros a veces te desconocen”.

Se incorporó a las charlas un chaval de tosca apariencia. Como de mi edad, y le gustaba que lo llamaran por un sobre nombre similar a programa de televisión de vida en otros planetas. Aparentaban cercanía. Más de la normal, pero nunca me percaté de muestras de cariño sobre entendido.

Ocasionalmente, llegaban algunos amigos de ellos que convivían por un pequeño lapso. Hacían bromas que entendí tiempo después, sobre lo bien que la iban a pasar. Luego, se encerraban en alguno de los cuartos. Por el ruido que hacíamos, ocasionalmente se escuchaba algún ruido extraño en la habitación, pero no prestamos atención. A veces, salían luego de un tiempo considerable y se despedían. Decían que iban a trabajar. Iban bañados y sonrientes.

Con el paso del tiempo, fue mayor la confianza y llegamos a ser muchas las personas que estábamos ahí. Se armaba la fiesta y bromeábamos sobre invitar mujeres, cuando nos saliera bien la reunión.

Todo ocurría en el espacio de sala y comedor. Las recámaras eran lugares distantes, aunque ocasionalmente, cuando quería ir al baño, J tenía que pasar antes a revisar. No supe qué era lo que hacía.

Alguna ocasión, por la apuración de verme al espejo y lo ocupado que estaba J, fui al baño. Tenía que pasar por la zona de TV. No supe lo que veían por la apurancia del momento. Al salir, vi en la pantalla el dorso de cuerpos desnudos. Me quedé a continuar la morbosa visión, pues pasó por mi mente una película porno, con  mujeres voluptuosas, como ocurre en ese tipo de imágenes.

Al cambio de escena, apareció la figura masculina… seguida de otra masa muscular con importantes dimensiones. Era la primera vez que veía una película de ese tipo. Apenas un par de minutos, el inicio del vínculo sexual. Me salí.

En esos escasos minutos, sentí que me veían desde que me detuve a ver la película. Parecía que tuviera sensores en las diferentes partes de mi cuerpo que detectaban las miradas de los incidentales compañeros de habitación. Pude ver cómo cruzaban miradas entre ellos. Me sentí un trozo de carne fresca para disfrutar.

Mi huida obedeció, fundamentalmente, al sentimiento de uso lascivo.

Me reincorporé a la reunión. La disfruté plenamente, pues el vínculo establecido con J era agradable. Le tenía aprecio. No sé qué ocurrió, pero ya no fui al baño otra vez, aún y cuando en momentos etílicos, acostumbro hacerlo de manera reiterada.

Con el transcurso de la noche, la velada se tornó más íntima. Como en todas, había grupos de conversación que, paulatinamente, se desintegraban y pasaban a la zona VIP, donde se encontraba la TV.

Salían de vez en vez por una cerveza o a rellenar sus vasos, con la camisa de fuera o solo con los pantalones abrochados y con el cierre abajo. Había vino tinto en demasía (terminé dos botellas yo solo), y al acabarse, continuabas con ron o con whisky. Mucho cigarro.

En un pequeño lapso, apenas habíamos cinco personas. Los tres de siempre y algunos más.

Percibí miradas. Me abrazaban por el hombro, como borracheras de amigos, a las que estaba acostumbrado. Se acababa la noche y sentí que, si no me quedaba, estorbaba.

Al final, solo estábamos J y yo. Había espacios de silencio que interpreté como invitación: O te vas o le entras. Accedí.

Tuve que irme a patín a casa, porque nunca pasó un taxi que me llevara.

 

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