jueves , noviembre 15 2018
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… Nos soltamos hasta que llegamos a la última estación…

SOY BUGA… la columna de GustavoT

-Usted es gay?, me preguntó una compañerita. Se sonrojó, pero no se aguantó las ganas de saber mi condición sexual. Me quedé serio. Siempre me he mantenido ajeno a hacer amistades o tener acercamientos con las compañeras de la chamba. Claro, E habría sido la excepción. No obstante, mi relación con ellas siempre fue cordial.

Reconozco que me sorprendió; incluso, de inicio no supe qué responder, no por mi indefinición definida, sino porque me inundaron preguntas por su pregunta: ¿Por qué lo haría? ¿Qué motivó su atrevimiento?, porque también los compañeros tomaban cierta distancia de mí, al no permitir que se acercaran.

Comencé a lucubrar: ¿Piensan que soy homosexual? Ahora ya no soy viejero, sino… ¿Por qué les interesa mi preferencia sexual? ¿Y si lo fuera? ¿Para qué les sirve esa información? Y muchas más preguntas que desembocaban en mi asunto laboral y personal, con mi pareja. Y sería vulgar decirle: “Se lo demuestro, si quiere”, como muchos individuos lo hacen… No es mi interés.

Instantes después, le respondí: ¿Por qué la pregunta? ¿A qué obedece su interés? Dijo: -Pues porque me dijeron que usted andaba con C. Y me pareció extraño, porque lo conozco de hace mucho y los he visto siempre juntos. Y recuerdo que alguna vez que tuve un problema que usted me ayudó, me comentó: “Que no le apene preguntar. Cuando usted quiera y lo que sea, avíseme; si no lo sé, lo investigamos”.

¿O sea?, pensé. ¿Y a esta p… le interesa mi vida? Con cortesía, le respondí que no… -No, no soy gay, pero si lo pregunta por C, sí, sí andamos juntos, le resolví. Como se trataba de una muchacha que ella misma se consideraba bonita e inteligente, con lo cual difería, no fue difícil hacer de su conocimiento esas antípodas en mi vida y liberarla de la duda que afectaba su existencia.

Y no es que me pudiera haber ofendido que pensaran que soy gay. La preferencia sexual no hace más o menos a alguien. Nada tiene que ver con la educación y formación y mucho menos en el vínculo que estableces con el otro, bondad, malicia o espíritu solidario. Hay ojetes por todos lados y en ambos sentidos.

Incluso, mi indefinición definida obedece a que mi vida ha estado rodeada de personas, la mayoría hombres, que aparecieron en mi vida en determinados momentos.

El primero fue en la primaria. Un niño bien, cuyos padres eran atentos y bien educados, lo cual él practicaba. Era hijo único y éramos lo suficientemente cercanos. Lo volví a encontrar en el CCH y me enteré su gusto humano por una amiga mutua. No supe por qué no retomamos la relación, pero él se mantuvo alejado de mí y no hice nada por acercarme.

Después, en la CQ. Tenía buenos cuates. Uno de ellos, el bishi, le decíamos. Muy inteligente, pero reprimido. Tenía cualidades reales para las artes gráficas. No lo supe de cierto, sino por sus aparentes celos, cuando las conquistas de adolescencia se acercaban.

En ese fascinante mundo, al cual permanecí ajeno por circunstancias diversas, entre ellas la represión social, porque se desarrollaba en el ámbito del segundo plano, en la oscuridad íntima, en la secrecía de las paredes, en la clandestinidad oportuna de la amistad.

Era el tiempo, también, del despertar femenino, aún cuando éste se había iniciado en la década de los 70 y era mal visto que las mujeres pudieran tener asuntos sexuales pecaminosos fuera del matrimonio, aunque todo mundo lo supiera… pero era rechazada, más si era un bello ejemplar.

En el Metro (Sistema de Transporte Colectivo), cuando me transportaba hacia o de regreso a la escuela, tuve encuentros cercanos de ese tercer tipo: Me agradaba ir recargado en la puerta contraria a la salida o en la que había al final de cada vagón. Cuando se llenaba, quedábamos pegadísimos y sentías nalgas, chichis, penes.

Hubo una ocasión que iba tan lleno que una fémina de no mal ver y mejor sentir, quedó repegadísima a mi cuerpo: Su pierna entre mis piernas, y no podía meter más su muslo, porque ya no había espacio. Su vientre con el mío, sus senos en mis pectorales. Por vergüenza, volteábamos la cara de vez en vez, pero solo faltaba que colocara mis brazos en su espalda; incluso, el abrazo no podía ser más frenético.

Inevitablemente, tuve una erección. No me interesa presumir las dotaciones de la naturaleza sobre mi persona, pero noté que lo notó. Y continuó. Pensé que no podría moverse. Falso. De inicio, me lastimó, porque el campeón no cabía en ese espacio. Paulatinamente, fue tomando su lugar en la zona de la ingle izquierda. El andar del vagón y las frenadas permitieron movimientos y roces continuos.

Percibí su temperatura corporal, erecciones en la zona frontal de su abultada blusa. Fue el viaje más largo, y lastimosamente corto, en los años de uso de ese transporte.

Nunca supe en qué estación íbamos. Estaba absorto en el sentir, porque llegó un momento en que la barba de ella estaba recargada en mi hombro izquierdo y acomodada a mi cuello. Nuestro único punto de apoyo fue mi mano derecha agarrada al tubo, porque la otra traía mi carpeta de apuntes: Ella traía sus cosas en una mano; la otra nunca supe dónde estaba. Olía bien. A esa hora, apenas había pasado un rato de haber salido de mi casa hacia la universidad.

De pronto, me percaté que el tumulto nos había cambiado de lugar y estábamos agarrados a un tubo cercano a la puerta. La única gente que había era la que estaba sentada. Me dio pena, pero me la aguanté como los machos: Cerré los ojos y continué mi viaje. Nos soltamos hasta que llegamos a la última estación…

Eso era lo agradable, porque también te tocaba una axila con olor a vegetal o el aliento de centavo de quien estaba a la derecha o izquierda, o contemplar la fauna silvestre de un hábitat de cabellos y hojuelas blanquiscas de células muertas… O los olores feministas…

 

 

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