martes , enero 28 2020
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No había nadie más en el consultorio…

La dentista forcejea con todos los alambres que ha decidido colocar en mi boca para corregir y evitar un futuro de anomalías dentomaxilofaciales. Podrían acarrear problemas severos de salud posteriores, argumentó.

No hacía falta explicación. La sola posibilidad de verme una y otra vez recostado en ese artefacto de tortura (“sillón de Platerio” le llaman, al ser ideado y creado por el italiano Giovanni Platerio para facilitar su labor como cirujano y dentista allá por 1855), era suficiente para subsanar el naciente lío.

Dije que sí, discutimos el asunto de sus honorarios, insistió en explicar el proceso y sonrió bajo el infaltable y permanente cubrebocas en su rostro.

¿Cómo percibí entonces la gesticulación? Les recuerdo: se requiere el movimiento de 36 músculos en el rostro para dar forma a una sonrisa y uno de ellos es el orbicular de los ojos, cuya acción los afina y hace breves a las miradas de quienes gustamos observar. Además, la experiencia acumulada a lo largo de los años e incontables interacciones con otros seres humanos ha hecho lo suyo.

Sí. Ella sonrió conmigo, quizá para mí.

Habla y habla. Explica algo de los molares y las molestias que provocará el proceso. Cuenta un poco de su historial profesional, presume a su hermosa bóxer albina y las causales de una decisión pasada hasta este presente donde le identificamos como “la doctora”.

Es la segunda cita. Estoy recostado en la cosa esa y ella sigue sonriendo. Lo hizo cuando me asusté con el sonido y también al momento de percibir la tensión en los músculos. Más cuando pregunté: “¿eso es todo?”.

Desde la primera vez fue inevitable el encuentro. Debo decirlo: sus ojos no son particularmente hermosos, lo extraordinario es la mirada, el pestañeo, la dilatación… podría estar desarrollando una especie de Síndrome de Estocolmo –pensé-, pero me gusta, sin duda.

Al tercer encuentro conocí el rostro. No había nadie más en el consultorio. Quizá por eso dejó la puerta abierta y el teléfono al alcance. Su madurez es juvenil y su juventud yace en el trato, la paciencia, la disposición y una faz de mujer sabia, consciente, amada quizá.

No lo sé.

La pieza de mano de alta velocidad impide hacer, pensar o idear algo. Ya lo percibió.

Cinco minutos después me alienta a incorporarme y no puedo evitar observar sus manos eternamente limpias y la piel cubriéndoles. El tono es un poco más oscuro al del cuello y de los tobillos.

Desde la primera vez la he visto impecable, pulcra y amable. Siempre pantalón.

Fue la sexta cita, si mal no recuerdo. Minifalda negra, blusa blanca y el siempre eterno  delantal médico, ahora sin abotonar. Sus enormes pechos cubiertos descansan en mi hombro derecho mientras ella recorre ligas y ajusta alambres.

Mi boca sigue abierta.

Todo va bien, mucho mejor a lo esperado. Se retira lo suficiente para evidenciar mi estupidez. La minifalda se transforma y en realidad son unos pantaloncillos que no alcanzan a cubrir la perfección de los muslos. Aun cuando no quiera es inevitable observarle porque sus artificios están en mi abertura bucal. Una pequeña cicatriz se atreve a mancillarles.

Ella es una mujer cuya madurez resulta, si se me permite la expresión, perfecta.

Camina hacia otra habitación para revisar la radiografía. Sus piernas y componentes son firmes. En demasía. El uso de zapatillas las ha torneado y fortalecido. Hoy usa las clásicas: cerradas, negras y tacón de unos 7 centímetros. Me gustan.

En otras circunstancias me atrevería, pero el verbo, el adverbio y el calificativo sobran.

Su autoestima está por los cielos y, para demostrarlo, no usa medias. No hay nada por ocultar, excepto –quizá- al paciente.

Vamos muy bien, pronto terminará su martirio, dice mientras sonríe y arregla su cabello y observa algo en el piso… tal vez un poco más arriba…

Le sorprende el nivel del umbral del dolor. Pregunta cosas, anota, piensa, reflexiona y el cruce de sus piernas es casi celestial.

Sigo aterrado y con cosas en la boca. Ya se dio cuenta. Me provoca.

Deseo no llegar a las 11:30 horas del próximo miércoles, cuando vea a la sensual odontóloga tratarme y yo siga pensando en ti…

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