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 ¡No, estás mal!

Conversar con la gente puede ser una experiencia interesante, tiene uno la oportunidad de ver diferentes puntos de vista y aprender cosas nuevas, siempre y cuando uno tenga la mente abierta y estén dispuesta a escuchar y comparar diferentes puntos de vista a los propios. Es la mejor forma de conocer al mundo y sus diferentes perspectivas.

El problema es que muchas personas no logran ver más allá de su nariz. Cuando por alguna razón la gente decide comenzar una plática con “¡No, estás mal!” después de haberme interrumpido, se aseguraron de que mi tolerancia y apertura a lo que tienen que decir queda clausurada. Me cuesta trabajo compartir puntos de vista con alguien que está obviamente cerrado a cualquier posibilidad.

Claro, no puedo presumir que mi mente siempre ha estado abierta a conocer las diferentes opiniones. Definitivamente soy una mula, pero la intención y la actitud de aprendizaje existen. Trato de hacer conscientes esas conductas de estrechez mental para determinar si estoy defendiendo un punto apasionadamente o si solo estoy siendo terco. Es muy diferente. Cuando me descubro siendo obtuso, tomo un momento para preguntarme por qué lo estoy haciendo, y si es necesario, para redirigir mis esfuerzos hacia ser mejor ser humano y aumentar un poco mis esquemas mentales.

Admitir que uno está equivocado no es fácil, nadie dijo que lo sería. Pero dejar entrar un concepto nuevo y ver las cosas a través de los ojos de otro ser humano tiene sus beneficios. El simple hecho de admitir que es posible que uno esté el un error y que va a considerar todos los factores presentes para poder tomar una decisión más informada es una señal de humildad. No siempre tenemos que tener la razón, ¿o acaso nacimos con todo el conocimiento del universo? Claro que no.

Pero hay gente que prefiere morir que decir que están equivocados. ¿y qué ganan? Solo la fama de ser gente testaruda con la que no se puede platicar nada. Yo he tenido conversaciones (muy breves) con personas que le dan tantas vueltas a algo hasta que dan la apariencia de tener la razón. Me pregunto si van a explotar si dicen que estaban equivocados. Afortunadamente como nunca lo van a admitir, es muy posible que nunca nos daremos cuenta.

Afortunadamente para mí, yo tengo amigos que me dicen sin tapujos cuando estoy en un error. Directamente a mi cara y sin dudarlo. La diferencia es que ellos me dan su opinión sin hacerme sentir estúpido, pero haciendo claro su punto de que no tengo la razón. Por eso los quiero tanto: porque son los que me traen a la tierra cuando se me infla la cabeza y ando flotando por la estratósfera de mi inexistente superioridad intelectual. Son los que no me dejan perder la humildad y los que me recuerdan que soy un ser humano valioso como todos los demás. No me detienen, me aterrizan, y eso es algo muy bueno.

Y la gente que se me acerca de forma agresiva para “platicar” conmigo, que me dan su opinión sin haberla pedido o que me insulta tras una máscara de “es que yo soy una persona bien directa” se extrañan de que mi cara refleja una completa indiferencia hacia lo que tengan qué decir. Mis oídos se cierran y mis ojos tienden a ponerse en blanco cuando veo una conversación de esas comenzar.

Curiosamente, la raza humana me fascina, por algo me dedico al estudio del ser humano como profesión, hasta las idiosincrasias más contradictorias me parecen interesantes. Desde lo más vulgar hasta lo filantrópico. Esos extremos de la mente y el comportamiento hacen que mi existencia tenga sentido y  como todo buen científico, siempre me ando preguntando qué es lo que lo origina.

Como en el caso de mis alumnos, en muchas ocasiones llegué a ver ciertas conductas, sobre todo las negativas (ya que las positivas tienden a pasar desapercibidas), y cuando conocía a los padres, me daba cuenta de que lo bestia en muchas ocasiones se hereda o son conductas aprendidas. Muchas veces los padres de familia son igual o peor de groseros que los alumnos. Muchas personas creen que merecen todas las atenciones y respeto cuando ellos no están dispuestos a dar lo más mínimo de lo que exigen, porque no lo piden: lo demandan. Como la señora que va y me dice que es mamá de “José” y se sorprende cuando le pregunto que si tiene alguna idea de cuántos José tengo en mis siete grupos. Luego me dice que es el que viene de tal hora a tal hora, como si en realidad me fuera a saber su horario, si ni siquiera lo ubicaba al chico. Le pregunté en qué grupo iba y me dice que en uno de allá arriba apuntando a un edificio de tres pisos con cuatro grupos en cada nivel. Ah, ya me quedó claro: José de allá arriba.

Aunque no siempre es el caso que los hijos son igual de groseros que los padres, debo mencionar que el otro día en el cine una mujer casi me empuja con tal de pasar y su niña de alrededor de cinco años me dijo “con permiso”, mostrando más educación que su mamá. En el otro extremo, he visto donde los padres son gente educada y los hijos se descontrolan por completo.

En fin. Cuando alguien se me acerca para platicar de cualquier cosa, ya sea religión, sexo, aborto, política o cualquier otro tema de los que no se debe hablar para no pelear, con sus opiniones bien claras y dispuestos a escuchar las mías, les aseguro que será una charla muy interesante porque los puntos de vista se debatirán apasionadamente. Cualquier otra forma de abordarme es un error. Nunca es sabio pedir mi opinión esperando escuchar lo que ustedes consideran correcto que debo decir porque lamento decirles que van a ser tristemente decepcionados. No se vale hacer cara de ofendidos si nuestras ideas no son las mismas y menos aún, decirme que estoy mal por el simple hecho de que no pienso lo mismo.

Si así fuera la regla, el mundo sería un lugar muy aburrido.

Y ustedes hermanos, hermanas, ¿qué opinan? Compartan… si se atreven.

Saludos afectuosos.

Mostro.

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