lunes , diciembre 9 2019
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Mujeres tejiendo su propia historia… Miguel

En justicia, por Mary Ortega Ruiz

“Mi mayor vicio eran los niños de 12 a 16 años”

Esta historia está dirigida a los padres de familia que tienen la tarea de cuidar y proteger a sus hijos sin importar que sean hombres o mujeres. Estas personas narran su historia de guerreras. ¿Son víctimas o victimarios?

“Mi nombre es Miguel. Recuerdo que cuando tenía cuatro años dormía con mis dos hermanas en la misma cama y los ruidos me despertaban a media noche, viendo que mi papá le tapaba la boca a mi hermana mayor y me decía: duérmete hijo, estamos jugando; años más tarde me dejaban dormir en la sala, sólo porque me ganaba la pipí, yo creía que por ser hombre no me querían ni mi papá, ni mi mamá.

Así fui creciendo a los 10 años de edad me enteré que mi hermana se fue con un desconocido porque estaba embarazada y mi papá cada noche se pasaba al cuarto de mi hermanita para violarla. Cuando le dije a mi madre, se ofendió y me corrió de la casa. Pero cuando mi hermanita también se huyó con un hombre, mi padre, se buscó una mujer con hijas pequeñas para hacerles lo mismo.

Mi madre murió sola y nunca me enteré si sabía y lo permitía, o nunca se enteró. Me fui a vivir con mi abuela y le conté pero mis hermanas y mi madre lo negaron; incluso el depravado de mi padre dijo que si yo seguía inventando cosas me internaría en un manicomio.

Yo crecí con cierto rechazo a las mujeres y jamás toqué a una mujer, porque todas las mujeres en mi familia me gritaban, me insultaban y hasta me pegaban; fue en la primaria que descubrí que me gustaban los niños, pero para violarlos; me corrían de las escuelas y ya de 14 me fui a vagar por el mundo. Cuando mi familia se enteró que yo era gay, se avergonzaron de mí, al grado de no abrir la puerta de sus casas cuando les visitaba.

Claro que terminé mi carrera de enfermero, aunque quería ser doctor, y si de algo puedo estar orgulloso es que mi trabajo siempre lo desempeñé con pulcritud, eficiencia y amabilidad.

Me aburría de todo; entonces aproveché que estaba en varios trabajos para conseguir dinero y estudiar canto, baile, belleza, y psicología.

Conocer a las personas y decirles lo que querían escuchar me abría las puertas que yo quisiera; al principio me empecé a prostituir con casados, eran los que más pagaban, luego me fui de travesti en las noches y trabajaba de enfermera en las mañanas.

No lo hacía por dinero, sino por diversión, pero… mi mayor vicio eran los niños de 12 a 16 años, tan lampiños, tan puros, con la piel tan suave y sobre todo vírgenes; nunca me quedaba con ellos más de tres meses, porque me daba mucho asco cuando ya tenían bellos y no soportaba el olor de pieles mayores de 18 años.

En aquel tiempo los enamoraba, además de comprarles cosas y darles dinero por su virginidad; la principal regla era que guardaran el secreto, pues yo parecía gay, me pintaba de rubio mi cabello, me ponía ropa extravagante y todos juraban que era yo la niña. Pero siempre se llevaron la sorpresa. Pocas veces permití que me lo hicieran a mí. Las familias jamás se enteraron de lo que hacían sus adolescentes que dormían conmigo.

¿Cómo lo lograba?  Pues me hacía amigo de la familia, de las madres sobre todo divorciadas, al ver que yo era gay, las pintaba, las arreglaba, les daba consejos y hasta les cocinaba, pues me pedían que cuide de sus hijos, cuando se iban de viaje, incluso a uno me lo dejaron para que yo lo lleve de viaje para celebrar sus 15 años.

Incluso me bautizaba en los templos de diversas religiones jurando que estaba arrepentido y obvio ellos me pedían me convirtiera en hombre y yo lo simulaba bien, pero por lo general me acostaba con los hijos de los pastores o quien cayera.

Cuando estuve de teibolera, me dediqué a todo tipo de adicciones pero un día llevé a un hombre alcoholizado a mi cuarto y se cayó de tal manera que murió instantáneamente; me asusté tanto que en ese momento empaqué mis cosas y me cambie de ciudad, y fue cuando inicie mi trabajo de enfermera, me compré mi casa, mi moto, mi carro y me las arreglé para que un líder de sindicato me dé plaza de base.

Mis hermanas luego de regalar al primer hijo producto de las violaciones de mi padre y dejar a su primer marido, se buscaron maridos ricos. Claro, eran muy bonitas y borrachas pero si de pobres no me querían, de ricas menos. Tanto ellas, como mi padre siempre me dijeron que era una vergüenza para la familia.

Un día me enojé tanto porque no me dejaban entrar a su casa en Navidad, les grité lo que les hacía papá desde pequeñas y lo seguían recibiendo en su casa a pesar de que por su culpa me corrieron de la casa de mamá y dejé de visitarlas, porque además escondían a sus hijos, cuando yo llegaba.

Me quedé sin familia cuando murió mi abuela; con los años me enamoré de un niño que hice mío desde los 14 años, le pagaba la escuela, y lo traté con mucha delicadeza; sin embargo descubrí que me era infiel, no solo con niños de sus edad, sino con adultos y al cumplir los 16 años lo dejé, pero como no quería quedarse sin mi protección me ofreció a su hermanito de 13 años y sí, inicie una relación con esta criatura; yo siempre los protegí, les preparaba cenas románticas, los bañaba en el jacuzzi, los llevaba de viaje, les compraba todo.

Para mi sorpresa este niño cumplió 17 años a mi lado, tenía pelo por todo su cuerpo pero no lo podía dejar, me enamoré tanto de él, que me dejaba sin dinero, me exigía cada vez más, incluso la madre llegó a decirme que les arregle la casa porque eran pobres y yo con tal de que no me dejen adopté a toda la familia; no sé si la madre sabía que sus dos hijos fueron mi pareja. Pero a unos días de sus 18 años del amor de mi vida; sí lo dejé, me dolió mucho, me deprimí, me enfermé de estrés y entendí que niños con 18 años ya nada es igual.

Se acabó el interés por los niños y me fui a un puerto a pasar mi vejez; no porque no me gusten sino porque ya soy impotente; me siento como la peor persona del mundo, cuando estoy ebrio, me duele haber sido un fenómeno enfermo, que cautivé y tomé la inocencia de niños de diversas iglesias, de familias que creyeron en mí, pero no me arrepiento porque los hice felices y si no fuera por mí no serían los gays más felices del mundo; algunos lograron terminar sus estudios, otros se quedaron en las adicciones, otros se casaron con una mujer.

Me siento feliz y satisfecho con mi trabajo, porque evité que muchos pacientes mueran por la negligencia de las compañeras; mi expediente laboral siempre fue impecable, sabía cuándo iba a morir un paciente, yo lo presentía y les hablaba para que se vayan tranquilos. Porque cuando llega el último momento nada se puede hacer…

Esta es una de varias historias reales que he logrado recopilar, con la finalidad de un futuro mejor y una verdadera equidad de género. Gracias por el favor de su atención. Envíeme sus comentarios, e historias al correo electrónico.  infinito_1963@yahoo.com.mx

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