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Mujeres indígenas y lesbianas: Capitalismo discriminatorio, patriarcado inflexible

Por: Zeltzin López Rodríguez

Decir quiénes somos y de dónde venimos implica mucho más que visibilizar, se trata de abrir camino en el mundo de lo imposible, impensable o inexistente, pero también germinar de varios sistemas opresivos como por ejemplo raza, género, clase; para atisbar la posibilidad en nuestra comunidad.

Dimensiones como la sexualidad se ven envueltas por las consideraciones sobre el “deber ser” que legitiman e imponen normas sobre el cuerpo y el deseo, plasmando así una serie de ideas y concepciones tanto en la parte objetiva como en la subjetiva, que buscan marcar, disciplinar y censurar diversos aspectos hacia “lo natural”, “lo normal” o “lo moral”, con planteamientos que tienen sus bases en ideas esencialistas, biologicistas y religiosas.

En ese tenor, hablar de sexualidad dentro de los grupos indígenas en México resulta poco recurrente y se obvian elementos alrededor de ella por un racismo de fondo. Se puede pensar que los indígenas, al encontrarse más cerca de la naturaleza, mantienen relaciones de pareja más “naturales” o “normales”, es decir, entre hombres y mujeres heterosexuales. Por otro lado, en los aspectos sociales y culturales, aún existe la percepción de que la heterosexualidad es la única forma de sexualidad existente y, por tanto, normal. Todo aquello que se salga de estas concepciones debe ser evitado, invisibilizado, e incluso corregido o castigado.

La lesbofobia que aún persiste en casi todos los rincones del mundo, es más abrumadora para mujeres indígenas lesbianas, incluso más complejo que para quienes simplemente se reconocen como lesbianas sin ninguna otra categoría. La realidad es que ser indígena y asumirse como una mujer lesbiana suele ser muy conflictivo, sobre todo para aquellas que viven en comunidades donde la visión es cerrada y regida por el patriarcado.

Hablar de lesbianismo en contextos indígenas, es distinguir múltiples opresiones, que se traducen en diversas problemáticas, ello porque las comunidades rurales e indígenas no son ajenas a formas de organización binaria, donde los sexos y las características socialmente atribuidas forman parte de las relaciones que se dan entre sus integrantes, por lo tanto, temas de esta índole siguen siendo un tabú.

Ser indígena afecta el sistema capitalista, y ser lesbiana afecta la visión patriarcal de cada familia, por lo tanto, unir estas categorías produce una gran vulnerabilidad al desarrollo emocional y profesional de las personas, por esta razón recurren a una estrategia de supervivencia: la clandestinidad sexual.

La clandestinidad sexual crea un conflicto consigo mismas, creando una inestabilidad emocional; permanecer silenciadas dentro de las comunidades, sabiéndose diferentes, pero a su vez frenando sus sentimientos, no le permite el desarrollo económico, social y emocional, lo que conlleva a una perdida de toda conexión espiritual.

Por otro lado, ¿qué pasa con aquellas mujeres lesbo-indígenas que tienen que migrar a la ciudad o vivir una vida heterosexual “falsa”? ¿o las que se quedan, pero el patriarcado no les permite ser libres? ¿o aquellas que se quedan por obligación?, en estos casos, el castigo social, la discriminación y la violencia contra ellas suelen ser el común denominador, lo que ha requerido de diversas estrategias, que se adecuen a los contextos de cada una de las mujeres indígenas lesbianas.

Pero incluso la violencia ejercida hacia las mujeres lesbo-indígenas, también es considerada clandestina, pues en el supuesto de formular denuncias, traería consigo la visibilización en su propia comunidad poniendo nuevamente en riesgo su integridad, además no es poco frecuente que a nivel familiar sean excluidas por ser consideradas una deshonra.

Estas problemáticas también se hacen latentes en temas de salud, en donde no se les permite el acceso, o también en derechos sociales y sucesorios, cuando existen relaciones de hecho, ante la carente legislación en materia de matrimonios igualitarios en ciertas regiones del país. Por estas razones no son gratuitas las voces de muchas mujeres que pelean continuamente para que el matrimonio se legal en todas las regiones del país, sean indígenas o mestizas, porque para amar no hay raza ni entnia que nos distinga.

En conclusión, la sexualidad humana y específicamente la comprensión de las orientaciones sexuales diversas, aún cuentan con muchos vacíos conceptuales e investigativos que deben ser llenados, por lo menos, para su mayor comprensión.

Es indispensable que se superen los tabúes y represiones clásicas de los paradigmas que las identifican y consideren el establecimiento de consensos que faciliten la comunicación entre las mismas.

 

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