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Migrantes transgénero: violencia y discriminación (1a parte)

Tomado de un reportaje especial de Ana Luisa Guerrero en la Agencia Informativa CONACyT

Stephanie Nicole quiere llegar a Estados Unidos y buscar ahí no el sueño americano, sino un medio de supervivencia. Forma parte de la primera Caravana Trans-Gay Migrante, que partió en julio pasado de la Ciudad de México rumbo a la ciudad de Nogales, Sonora, con el propósito de solicitar asilo a las autoridades migratorias en Tucson, Arizona. Se trata de un grupo de personas LGBTI centroamericanas que esperan se les conceda el recurso, apelando a que su vida está en peligro.Stephanie Nicole, cortesía Diversidad sin Fronteras

En México, la población trans no encuentra las condiciones que les garanticen el respeto a los derechos humanos reconocidos por la Constitución, y menos aún las migrantes transgénero que se encuentran en nuestro territorio, a pesar de los múltiples tratados internacionales que se han firmado al respecto.

Al contar su historia, se desdibuja su rostro. “Salí de Honduras porque fui amenazada y perseguida por las pandillas; mi vida corría peligro. Me vestí de niña y empecé a pedir jalón (aventón); así logré salir a la frontera con Guatemala, pero en el trayecto fui víctima de asaltos. De jalones me llevaron a El Naranjo, por ahí entré a Tenosique. Pensé que en México estaría mejor, pero desde que llegué no han parado las agresiones. Me violaron en dos ocasiones”.

A sus 19 años, Stephanie Nicole Garcés solo busca un lugar donde vivir en libertad. Dejó su país huyendo de las pandillas que la agredían por su condición de mujer transgénero. Puso sus esperanzas en México, pero en su periplo migratorio ha sufrido discriminación, amenazas, violencia física y sexual. La Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) rechazó su solicitud de asilo y, a pesar de haber recibido la visa humanitaria, no ha encontrado condiciones de seguridad.

Hoy tiene todas sus esperanzas en que el gobierno de Estados Unidos le conceda el asilo político por condición de género, confiada en que se reconozca que proviene de la región donde se ha documentado 78.1 por ciento de los crímenes de odio transfóbico en el mundo, según el Observatorio de Personas Trans Asesinadas.

Oriunda de San Pedro Sula —uno de los municipios hondureños más violentos dominado por la Pandilla 18 y la Mara Salvatrucha (MS-13)-, a temprana edad, Stephanie Nicole se reconoció como una mujer en el cuerpo de un niño. La Asociación Americana de Psicología define a las personas transgénero como aquellas que no se sienten cómodas con la identidad de género que tienen por nacimiento; la mayoría lo descubre en la infancia y la adolescencia.

Aspecto de la Casa del MigranteCreció en un entorno hostil debido a que su familia no aceptó su personalidad. Tras abandonar el hogar, se enfrentó a rechazo social, acoso y ataques físicos y sexuales. Esta situación la padece 88 por ciento de las personas LGBTI (lesbiana, gay, bisexual, transexual/transgénero/travesti, intersexual) solicitantes de asilo y refugiadas en México, pues en entrevistas con la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) reportaron haber sufrido violencia sexual y de género en sus países de origen, según el diagnóstico “Violencia sexual basada en género en la frontera sur de México contra personas refugiadas y solicitantes de asilo del triángulo norte de Centroamérica”, realizado en diciembre de 2016.

Frente a las amenazas de muerte que recibió por parte de grupos criminales, vio en la migración el único medio para seguir con vida.

Hace nueve meses, Stephanie Nicole llegó a México. Su primer destino fue el albergue La 72 en Tenosique, Tabasco, un hogar-refugio para migrantes y cuyo nombre recuerda a las 72 personas de Centro y Sudamérica masacradas en el municipio de San Fernando, Tamaulipas, en 2010.

La congregación franciscana que lo administra ofrece alojamiento, alimentos y servicios de salud, incluso atención psicológica y asesoría jurídica. Frente a la nuevas realidades, ha habilitado dos dormitorios para hospedar a 12 personas transgénero.

Y aunque en La 72 recibió un buen trato y no fue juzgada por su identidad, no se sentía segura, pues sabía que miembros de las pandillas y grupos criminales se presentan ahí persiguiendo a sus víctimas.

El peligro latente que sintió, la llevó a abandonar el albergue acompañada de una amiga. Como no querían ser identificadas por los agresores, salieron de noche sigilosas, tomando el camino que marca la vía del tren.

“Íbamos caminando cuando nos salieron unos hombres, a mí me golpearon con una piedra, y nos obligaron a quitarnos la ropa”. En un solitario paraje, entre la oscuridad, fueron víctimas de violación.

“En otra ocasión, también en Tenosique, nos agarraron los de Migración y para poder soltarnos, nos obligaron a tener sexo con ellos. No tuvimos otra alternativa porque no queríamos regresar a Honduras. Es muy grave lo que las autoridades mexicanas hacen, porque hasta nos amenazaron”, relata con la voz entrecortada.

 

 

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