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… mi Negrón jamaiquino…

SOY BUGA… la columna de GustavoT

Me impresionó lo que leí. Y no porque A, mi vecino de reciente adquisición, se fuera a vivir con alguien de su mismo sexo, su Negrón, como él mismo escribió, sino por la forma en que se alejaba de su familia. Tenía que preguntarle sobre muchas cosas, en particular los menores que había procreado y se deslindaba de su crianza. No fue necesario.

Terminé la lectura y dejé el celular en el asiento a mi derecha, junto a donde estaba su maleta de mano. En mi horizonte se encontraban en una misma línea casi recta, ambas figuras que llamaban mi atención. Podría decir que la cabellera de mezclilla azul se encontraba justo frente a él; me deslicé sobre el asiento y los pude ver cara a cara. Podrían haberse abrazado e, incluso, besado. Las formas se movieron, cuando él pagó su café y mi agua.

Se dirigió hacia mí, con el cuidado de no tirar el café, aún cuando tenía tapa, sin perder de vista a la piel de mezclilla. Mientras me reincorporé, pensaba en su inclinación sexual, con su Negrón, y cómo parecía que le atraían las mujeres, a menos que se comparara con ellas. O, con una afición por ambos sexos. Me surgieron dudas, más por morbo que por resolver la vida de una persona de arriba de 40 años.

Llegó y mientras destapaba su café y yo mi agua, la cual agradecí, dirigimos nuestra atención hacia el mezclilloso ejemplar femenino. Parecía agradecerlo: nos obsequió una sonrisa en su mirada.

-¿Por qué lo compartió conmigo? Apenas me conoce; son cosas muy íntimas, pregunté. –No sé. Lo supe desde que lo vi. Sé que usted me entiende. Lo percibo. Da la tranquilidad de discreción; si lo hace, al menos mantendrá para sí, mi identidad. Insisto: No sé si lo haga. Considero que sí.

-En ocasiones es mejor hablar con un extraño, continuó. Le explico: Tuve un viaje muy largo. El pretexto fue el trabajo, porque pude no hacerlo y alguien más podría haber venido. Necesitaba estar lejos para pensar. Adoro a mi familia, pero no puedo continuar ahí, porque me daña. Poco hace que inició, unos tres o cuatro años.

-Trabajo en el centro de la ciudad. Me alejé de mis espacios e iba hasta los centros comerciales del sur; por la noche, luego de cenar, me dirigía a casa. Una de tantas veces, me llamó la atención una mujer; el tipo de que ha gustado toda la vida. La vi de lejos y me gustó su forma de caminar, su figura y porte. Podría decirle que fantasee con ella, con la ropa ligera que vestía, pues era tiempo de calor. La seguí sin que me notara, no podía porque era considerable la distancia que había entre nosotros.

Hubo un momento en que la perdí de vista, pero la encontré con alguien más. Eran dos amigas que iban a tomar un café. Las seguí y me senté más cerca; ella me daba la espalda. Luego de un tiempo, llegó otra mujer de muy buen aspecto que se le acercó y la besó en la boca, a manera de saludo. Se sentó junto a ella. Conversaban las tres. Pedí la cuenta de mi consumo y para satisfacer mi curiosidad, coincidió que el baño estaba camino hacia donde estaban.

Al acercarme, noté que se parecía a… sí, era mi esposa quien había llegado al final. No me atreví a acercarme. Me fui sin que, siquiera, se percataran de mi presencia. No dije nada cuando la vi en casa. Era algo que, evidentemente, desconocía de ella. Las constantes salidas con sus amigas me hacían pensar alguna ocasión que tenía algún descanso, pero jamás pasó por mi cabeza que fuera alguna de sus amigas.

Pasaron meses y las imágenes continuaron en mi cabeza. El sexo doméstico se había deteriorado desde hacía mucho tiempo, aunque la relación continuaba, hasta cierto punto, lo que se considera normal. Salidas con amigos, vacaciones o momentos en familia eran normales. Muchas veces pasó por el pensamiento tener un descanso, pero ni busqué ni ocurrió. Las ganas las cubría con la distracción o la autosatisfacción en el onanismo, al imaginar mujeres como la de mezclilla azul o alguna que veía en la calle y me gustaba.

Cuando dijeron en el trabajo de la comisión, sin pensar, acepté ir, mientras nadie quería ausentarse de su comodidad cotidiana. No sólo me agradaba la idea de estar lejos un período, sino que siempre me ha gustado salir, conocer otros lugares, gente, costumbres. También, me ayudaría a despejar mi mente y tomar decisiones: seguir así o moverme.

En el norte del país me dediqué a trabajar; a lo que fui. No acostumbro tomar cuando salgo; me ofrecieron diversión nocturna, pero no la acepté, aún y que era barata… y yo con ganas.

Por el trabajo conocí a E, aunque le dije Negrón, porque es un jamaiquino avecindado en Miami. Mide como 1.90 y es corpulento, azulea su piel. Me llamó la atención, porque es un mestizo normal, ni guapo ni feo… lo que más puso mi atención en él fue que me recordó un chiste: … solo se le veían los dientes. Es cierto: en el mar, es oscuridad total; reía y con el reflejo de la luz de la luna se veían sus piezas dentales. Nos agradamos. Nos comunicamos con su pésimo español y mi mal inglés.

Un día. Mejor: una noche nos tocó navegar solo a él y a mí, porque no llegaron otras cuatro personas. Luego de una hora de espera, decidimos zarpar en el pequeño yate de la compañía. Había luna menguante y la mar en calma. Apagamos motores y esperamos a que ocurriera lo que nos habían enviado a vigilar. Pocas nubes aparecían y se oscurecía más el ambiente.

Encendí un cigarro y conversamos de las parejas sentimentales. Así, en términos generales, sin definir sexos, platicamos. Igual, sería porque buscaba una opinión, la primera, respecto a lo que me ocurría con mi esposa. Ya saben: “… le ocurre a un amigo y no sé qué responderle…”.

De manera paulatina se fue extendiendo la conversación. No sé cuántas horas, pero ambos desahogamos penas… no hubo necesidad de alcohol o algún estimulante. Le había ocurrido también, pero su ex era bisexual. Lo vio con una mujer. En ese momento supe su preferencia. Lloró como un niño. Ni siquiera puso atención a lo que yo le había dicho, porque se reflejó en lo que le decía y en lugar de imaginar lo que le decía, como todos lo hacemos, revivió su pena.

No me agradó que llorara de esa manera. Su desahogo era gemido. Se enconchó en un abrazo propio, suyo. En la penumbra, solo veía su silueta, lo que llamamos el bulto de las personas. Fui hasta él y lo encontré, no sin antes golpearme un par de ocasiones y perder el equilibrio hasta tocar mi mano con el piso de la nave. Pensé que caería al mar.

Me reincorporé y lo abracé. Se me fue encima como cuando un niño abraza a su madre, luego de haberse caído. Colocó el lado derecho de su cabeza en mi cuello. Sollozaba. Quedó así un largo rato. No sé cuánto, pero me había cansado ya. Lo peor fue que no me desagradó. Sentí su respirar, lo que llaman su humor, que ni era tan fuerte ni penetrante ni desagradable. Su calor me cobijó.

Pensaba en todo y en nada. Me abrazó y continuaba pegado a mí. Poco a poco el abrazo se tornó más íntimo. Comencé a sentir sus pectorales, sus fuertes brazos me abrazaron y me obligaron a sentir sus piernas. Pasó sus labios por mi cuello y la barba de tres días que traía en mi rostro. Siguió por mis mejillas y encontró mi boca.

Lo que antes me parecía desagradable no fue de esa forma. Puso mis manos en sus nalgas (bonito trasero, por cierto), y me llenó de caricias que nunca había sentido antes… de esa forma.

Lo mejor es que es pasivo.

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