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… mi instinto me llevó a …

SOY BUGA, la columna de GustavoT

Semanas hace que leí y escuché sobre el acoso sexual de personas que ejercen poder sobre otras, como el caso de los superiores jerárquicos, quienes pueden impulsar o ayudar a alguien cuando inicia su actividad laboral, si tiene alguna necesidad económica o si requiere alguna situación que involucre a un tercero, quien pueda ayudarle a resolver cualquier asunto.

Años hace que escuché algunas frases al respecto y que no son las más afortunadas: “El que quiera azul celeste, que se acueste”, “…ella sí sabe para qué son las nalguitas”, “esos zapatitos van a estar debajo de mi camita”, “quieres llegar, pu’s afloja el cuerpecito”, y otras más que escapan a la memoria.

Recordé el caso de sacerdotes, pastores o guías de cualquier religión que aprovechan su condición de poder sobre quienes se encuentran vulnerables en cierta coyuntura de vida, lo cual a todos quienes habitamos este planeta ha ocurrido. Me refiero a la vulnerabilidad.

Lamentable es cuando esa vulnerabilidad va apegada a la edad, ya que los pubertos carecen de las herramientas suficientes que te ofrece la edad, con experiencia de vida, para no caer en esas tentaciones o ser víctima  de la lascividad obscena de aprovecharse de un menor. La legislación nacional e internacional refiere que las personas son consideradas niños hasta los 18 años de edad, aun cuando esa edad no es suficiente.

He sido profesor de la materia que conozco –en el ámbito de la comunicación– y he conocido casos de profesores que presionan a estudiantes (de ambos sexos) para obtener favores sexuales, a cambio de una calificación. También hay estudiantes que son muy amorosas y pretenden ayudar a los profesores en clase, visten de ciertas formas para llamar la atención (lo cual logran), y establecen comunicación extra clases. Las conocí como compañeras de clase. Igual, ejercen el poder que pueden tener para obtener un beneficio.

Difícil emitir una  opinión cuando se desconoce lo ocurrido a las personas, pero creo que cuando se ejerce el poder asociado a la violencia física, las personas tienen que ceder, al tratar de salvaguardar su vida.

De las otras formas de cooptación, existe la posibilidad del libre albedrío. La parte presionada puede desistir de su intento por obtener lo que busca e intentar lograrlo de una forma ética y moral, lo cual es una decisión personalísima. Esto es, la estudiante tiene diferentes formas para lograr obtener el grado, una deportista alternativas para continuar con su pasión o quien busca un trabajo y se lo ofrecen a cambio de un vínculo íntimo, continuar su búsqueda en otros espacios. Tal vez sea mayor el esfuerzo y tiempo, pero se puede lograr.

Lo digo con conocimiento de causa. La vida me ha llevado a conocer personas que se han encontrado en una situación de ese tipo y han considerado prioridad su persona física y moral.

También, porque viví experiencias de ese tipo. Alumnas de muy buen ver, con el único interés que obtener su interés. Tuve la posibilidad de elegir.

Es cierto que soy más fácil que la tabla del uno, pero con mis pares, con las féminas que tienen la posibilidad de elegir el usarme o batearme. De igual forma, ocurrieron ambas.

Empero, cuando tus herramientas son tan pocas que gana la curiosidad de conocer, probar, tocar y sentir lo que se prohíbe, pues el resultado es que terminas por acceder:

Estaba pequeño. Vivía en un edificio de departamentos. Mi madre, con hijas mujeres mayores, trató de dedicarles el tiempo posible; cuando la llamaban a juntas de padres, acudía a las escuelas o a llevarlas a algún sitio o una fiesta. Me dejaba encargado en el departamento de una señora que tenía una hija mayor, o pedía que ésta pudiera cuidarme en casa unas horas, mientras volvía. La recuerdo bien.

Antes, debo reconocer que en mi persona aplica lo que dicen los médicos: “la vida sexual de las personas ocurre desde que nacen”. Mi despertar sexual fue temprano. Pudo haber sido que me juntaba con personas mayores y encontré a mi paso revistas con imágenes que mostraban el cuerpo desnudo de mujeres o actos sexuales explícitos, o cuando se juntaban los amigos a ver películas porno. También, las recuerdo con precisión.

Mi primer acercamiento sexual fue una mañana que llegó esa postadolescente, con cuerpo muy bien desarrollado. Seguramente, de ahí mi afición por las redondeces: mujeres con senos más que medianos, cintura marcada, piernas bien torneadas, nalgas amplias y un talle estrecho. La saludaba cuando coincidíamos en las escaleras o pasillos. Más nada.

No recuerdo el motivo del por qué no fui a la escuela. Estaba en cama, casi dormido; disfrutaba de un día de asueto personal. De pronto, se metió entre las cobijas y me abrazó. Metió mi pierna entre las suyas y percibí movimientos de su pelvis. Sentía su respiración en los movimientos de su pecho y el resoplido en mi cabeza. Había más calor que el normal dentro de ese espacio de pernocta sombrío, no obstante la luz de las primeras horas del día.

Cuando terminó y esperé pacientemente un tiempo y parecía dormir, me despegaba de ella y revisaba su cuerpo. Tocaba apenas, sin acariciar, su piel desde las piernas, abdomen y parte alta de los senos. Sabía que no era correcto lo que ocurría, pero me agradaba el portarme mal. Además, era una gran experiencia para mí el acceder a tener sexo a mi corta edad, a diferencia de mis amigos, quienes solo hablaban de ello.

Me dormí y cuando desperté ya no estaba; me levanté y encontré a mi madre entretenida con sus actividades cotidianas; preguntó por la vecina, pero le respondí que no me había percatado que hubiera alguien, porque dormí. Continué mi vida y la llegué a encontrar ocasionalmente en los pasillos del edificio. Me detenía a saludarla y a esperar que me dijera algo, pero, nada; sólo un “Hola, Gus” y ya… ¿O sea? Intenté quedarme alguna ocasión más, pero me obligaba esa gran autora de mis días primeros, a ir a la escuela.

Mis prioridades eran distintas en ese período de vida, por lo que lo dejé a un lado, aunque pensaba constantemente en ello. Intenté otra vez no asistir a la escuela, pero ahora con la esperanza de que ocurriera una vez más, y mi señora madre me dejó como esa ocasión: Nadie llegó a mi encuentro.

Luego de muchos meses, hubo una fiesta familiar, pero no permitían la presencia de niños, por lo que mi hermano y una hermana nos quedamos en casa. Habíamos preparado palomitas, naranja con chile y sal y no sé qué más, para ver una película. Alguien tocó a la puerta, lo cual nos sorprendió, pero ninguno quiso acercarse a abrir; jugábamos a que era un ladrón.

Insistieron y se escuchó la voz de la vecina; o sea, la señora mamá de mi cuidadora de una sola ocasión. Preguntó por mi madre, pero la instrucción era no abrirle a nadie ni decir que había salido. Pidió que abriéramos la puerta y como la conocíamos, nadie tuvo objeción por hacerlo.

La vi de cuerpo completo: Una mujer alta, cuyo corto vestido esmeralda entallado permitía ver unas piernas preciosas con un escote que dejaba ver unos grandes pechos y un vientre liso. Comentó que había hablado con mi madre antes de partir y que no quería que su hija se quedara sola, por lo que acordaron que se quedara con nosotros, mientras ella regresaba. Al pasar de los años, imaginé el motivo de su ausencia nocturna.

De pronto, apareció la cuidadora vecina. Mi corazón latió fuerte, pero me mantuve discreto (algo que continué a lo largo de la existencia), para evitar que mis hermanos pudieran percatarse de cualquier cosa. No hubo un roce siquiera o mirada que inquietara. Me sentí ignorado y sin la posibilidad de sentir su piel.

Al carecer de alguna señal que me permitiera saber que nos portaríamos mal, a la primera muestra de sueño me fui a dormir. Claro, desee las buenas noches. De pronto, me despertó el placentero movimiento de una mano en el interior de mis trusas. Abrí los ojos y ante mí estaba la belleza de un cuerpo en ropa interior.

Al sentir una erección, motivada más por la prohibida visión que por la torpeza de la móvil ansiedad, me ordenó que me quitara mi ropa. Obedecí de inmediato. Sin recibir una segunda orden, mi instinto me llevó a quitarle la pantaleta, lo cual me permitió recorrer su cuerpo con la mirada y con las manos, en una copia fiel de una película que había visto en la oscuridad de la prohibición adolescente de un taller mecánico, en el que trabajaban los amigos con quienes me juntaba.

Tomó mi cuerpo y lo colocó encima de ella. Mi cara estaba pegada a su voluptuosidad frontal contenida en un brassier con olanes pequeños, el cual desabroché. Nunca podré olvidar la primera vez lo que tuve ante mí. Me dejé internar por mi maestra cuidadora.

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