domingo , noviembre 18 2018
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… metí la mano entre la tela y me abrí paso hacia el objeto oscuro del deseo…

SOY BUGA, la columna de GustavoT

En anteriores entregas comenté que el mundo gay, lo conocí ya más madurón. Había escuchado historias de lo sórdido que es el ambiente de muchos bares que frecuenta la banda, como decía mi C. Adjetivos (esos, sí), sórdidos sobre las cosas que ocurrían en esos espacios.

La curiosidad me llevó a pedirle a C que me llevara; respondía que sí, pero nunca accedió. No le gustaba ir y sólo acudía “porque acompañaba a un amigo y lo esperaba tomando una chela”. Lo convencí de que fuéramos, bajo la amenaza de que “…iría solo… A ver qué encuentro…”, le decía. Esa noche, accedió.

Imaginé una película en la que al llegar al lugar se reflejaban las luces del alumbrado y de los vehículos que transitaban en el piso mojado, de apenas un rato que había dejado de llover.

Dejé el coche estacionado casi afuera de un comercio, algo así como una vinatería, y afuera vendían quesadillas. Quise comer una, pero las prisas de alguien de nuestros acompañantes lo impidió. Con la mirada, C y yo coincidimos en que debíamos ingerir, al menos, una, pero la resignación imperó y lo dejaríamos para la salida. Caminamos y, efectivamente, había llovido… era un clima agradable húmedo.

Parecía un centro nocturno normal, con líneas de luces neón en el nombre y cortinas de terciopelo en la entrada, lo cual me hizo pensar en los muchos lugares similares a los que había acudido desde hacía muchos años… aunque había mujeres. Era un lugar muy espacioso, con pocas mesas –ocupadas, evidentemente– altas y pegadas a los ventanales con cortinas que permitía ver lo que ocurría afuera, más no se veía nada hacia dentro.

Tampoco había mucha visibilidad en su interior, porque se adivinaban siluetas, sombras paseantes, de los asistentes dibujadas en las tenues luces que salían desde pisos y techos, así como de los perímetros en anuncios de cervezas y bebidas diversas. Igual, el piso parecía estar encerado, sin ser resbaloso, porque la luz se reflejaba.

Instalados en la barra, que era una especie de medio óvalo, pidió mi C, cervezas para los dos. Sus cuatro acompañantes se perdieron entre la gente. Esa noche ya no supimos de ellos; presumo que por eso tenían prisa por llegar.

La zona de baile estaba llena casi todo el tiempo, pero cuando la música no les gustaba, parecía que se ponían de acuerdo y se retiraban casi todos hacia mesas y paredes, donde habían dejado sus bebidas.

Fue en uno de esos lapsos en que me percaté que, a mi espalda, casi al lado de la barra, había otro lugar que podría llamarse ajeno: Solo separaba una cortina que imaginé similar a la de un cine: negra, larga, pesada, que abría paso a la mitad de esa puerta al pecado, nombre que le dio uno de los acompañantes de mi C, quien decía tener ganas de entrar al Cuarto Oscuro.

Había preguntado a mi C qué era, pero me dijo que esperara a verlo, pero que sería mejor que no entrara: –Ahí hay de todo. Todo lo que quieras hacer sin que nadie te critique ni te diga nada; incluso, sin palabras… Si les apetece, le entran… Todos contra todos… Imaginé un lugar de orgía y me reprimí desde el pensamiento: “Sí que estás enfermo”, me dije.

Uno de los amigos de mi C, dijo: -Pues si tu no quieres, yo sí… A eso vine… No tardo…, dijo. El tonito, dijeran por ahí, fue lo que me causó más curiosidad. Entre el estruendo de la música (teníamos cerca bocinas), y lo bajo que hablaba mi C, apenas entendí: “no sabes con quien pierdes. Y eso no me gusta; no sabes con quién estás, si es limpio, si trae condón… nada; sólo te dejas llevar”.

La conversación fue interrumpida, porque alguien se acercó a mi C y le dijo algo al oído. Movió su cabeza en sentido afirmativo y se acercó a mí para decirme su frase característica: -Permisooo… y se fue sonriente a bailar con el corpulento sujeto que mediría arriba de 1.85 metros de estatura.

Mientras me tomaba la cerveza y cuidaba la de él, “porque si no, me la roban y me compras otra”, explicaba y amenazaba a la vez, veía a lo lejos cómo bailaban, o ¿ligaban?, o se ¿frotaban? entre sí, bajo la cadencia de una música suave que permitía que se acariciaran con todas las partes de sus cuerpos. Parecía sexo sin coito, porque de pie, unían manos, brazos, piernas, caderas, nalgas, penes, tórax, espaldas.

Parecía tan sensual que se me antojó probar… Lamentablemente, no encontré un cuerpo femenino para copiar su manera de bailar, lo cual intenté en alguna ocasión posterior, en otros lugares, pero nunca pude hacerlo con ninguna mujer… bailando, claro.

Vi la silueta de alguien de pronunciadas caderas y bien torneadas piernas… pensé que sería una mujer, una mesera o la amiga de algún asistente. La seguí con la mirada y, de pronto, se perdió entre la pared. Más que por seguir al presunto ejemplar femenino, sucumbí ante la curiosidad; metí la mano entre la tela y me abrí paso hacia el objeto oscuro del deseo.

En ese espacio, sólo se alcanzaba a ver lo que permitía la poca luz que había del otro lado y solo cuando hacían a un lado las cortinas. Adiviné un lugar parecido a otra barra para bebidas, pero sin servicio, sólo para colocar los vasos o botellas de cerveza, y muchos asistentes de pie:

Su cuerpo iniciaba en la parte de abajo, desde los zapatos-pies, seguido de las líneas de sus piernas, y concluía en la luz de lo que necesariamente era un cigarro, cuya luz se intensificaba por momentos; seguí la luz que se detenía en un recipiente, para después regresar hacia la parte superior del cuerpo de ese alguien que exhalaba humo; sabía lo que era no sólo por el olor a tabaco quemado, sino por el choque de la escasa iluminación con el gas producido.

Permanecí de pie a esperar que mis ojos se acostumbraran a esa intensidad de oscuridad. Lo que no calculé fue que estaba cerca de la entrada, por lo que, quien entraba, pasaba sus manos por mi espalda, nalgas, muslos, pectorales; incluso, hubo quien metió su mano por entre mis piernas y acarició mis genitales. Todos, con parsimonia y mi permiso concedido por la sola presencia en ese sitio.

No me moví y dejé que me tocaran (no dejo que cualquier persona ponga sus manos en mi puerquecito), porque no podía moverme; al no responder a las propuestas de tocamientos, nadie se quedó a buscar algo conmigo, excepto alguno que se acercó y me ensalivó la oreja con una lengua rasposa. Constaté lo que me dijo mi C:

Sin saber siquiera quién era ni cómo vestía o algún rasgo que me permitiera saber de quienes gustaban del lugar dentro de ese lugar, pude entrever a quienes estaban arrodillados frente a otros cuerpos o tenían sus manos en las entrepiernas de quien estaba a su lado o a sus lados o tenían las palmas de sus manos apoyadas en la pared o en la barra y atrás, un movimiento cadencioso… Mis ojos imaginaron con la ausencia de luz gemidos y gritos apagados…

Me percaté que traía la botella de cerveza en la mano, porque alguien que pasó se golpeó. Igual que como llegué, salí:

No sé cuánto tiempo permanecí ahí. Regresé y me encontró mi C: -¿Dónde andabas? Te busqué y no te encontré, reclamó. –Me salí a fumar un cigarro, argumenté. –No te vi… salí dos veces por ti…, insistió. –Ahí estaba, fumando, le dije por segunda vez.

Presumo que sabía que le mentí. No sé el motivo por el que lo hice, pero no quise decirle que había entrado a ese lugar. Me intimidó.

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