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…los botones dejaron de unir las prendas…

SOY BUGA… la columna de GustavoT

Puedo decir que he vivido… tal vez no mucho, porque nunca es suficiente y me faltan muchos años; poco no, ya que he usado mi puerquecito; incluso, más de lo debido.

Pensaba sobre ese tema, recordaba los amores idos y venidos, evoqué las figuras y rostros de quienes hemos tenido un vínculo sentimental, en particular de quienes han estado muy cerca de mi existencia. Las mujeres que tuvieron un espacio fundamental en el paso por esta vida: Mi señora madre, claro, mis hermanas, y las parejas que formaron parte de mi ser interno y me permitieron estar en sus vidas.

Confesión: Seguramente tengo alguna fijación, pero de ellas, puedo recordar cada centímetro de su piel –dimensiones y sabores– sus cabellos, manos, piernas, cuellos, bocas, ojos, lenguas… Sus pensamientos y maneras, su feminidad… Todo en plural.

Fue tal mi pensamiento que pude oler los distintos y diferentes perfumes que usaban… y más: el olor de ellas: cuando iniciaban el día, cuando sudaban, cuando…

De pronto, al tratar de plasmar el pensamiento, frente a la computadora, me ocurrió algo difícil de explicar y entender. Incluso, si me lo platicaran, no lo creería. O, al menos, dejaría un espacio de duda en la verdad compartida.

De pronto. Sí, así, de pronto, sentí una presencia. Era una especie de energía; la adiviné parada atrás de mí, en la parte derecha, junto a la silla. La percibí, como si estuviera de pie, la mano izquierda recargada en el respaldo de la silla y su mano derecha en mi hombro derecho.

He leído que cuando son seres de oscuridad se baja la temperatura considerablemente del espacio en que te encuentres. No fue así.

Tampoco sentí su tocamiento. En la parte inferior de mi cerebro, en la zona derecha del cerebelo, sentí que había algo allí, como una punzada, un dolor de cabeza sin dolor. Parecía que leía lo que escribía. Sentí su aprobación. Lo correcto sería decir que imaginé su afirmación. Hasta pareciera que sonreía en algunos momentos de la lectura. Continué.

Disfruté el momento.

De pronto, otra vez de manera casi instantánea, comencé a fluir. Sentí que no estaba ahí, frente al teclado para escribir mis Buguerías. Las reviví.

Había visto el reloj, un momento antes de que ocurriera. Era minutos antes de la medianoche. En instantes ¿me dormí? Seguramente.

Empero, fue uno de esos sueños que las personas recuerdan toda la vida… Cerró la puerta de su casa. Era una noche tibia. Estaba de espalda y por su cuerpo, sabía que era A.

Traía un pantalón ceñido que dibujaba su casi perfecta figura: unas nalgas de dimensiones precisas que hacían juego con su pequeña cintura y torneadas piernas que se presumían con el azul agua del color de su pantalón y blusa blanca semitransparente contenida en un torso delicado que parecía abría dos líneas de su silueta que terminaban en el inicio de sus hombros, cubiertos por su cabello dorado que combinaba con su blanca tez con pocas pecas.

En su brazo, su saco y bolso. Blancos los tres. Contrastaba con una pulsera que alguna vez le obsequié cuando salí de viaje a la parte norte izquierda de la República Mexicana. Le fascinó el juego de metal con piedras medianas del mismo color de su pantalón y collar. Volteó con parsimonia, casi en cámara lenta su cabello se agitaba. Su más que mediana estatura la hacía lucir. Bajé del auto y le abrí la puerta… como debe ser, como se debe tratar a una mujer.

Nos tomamos unos drinks, luego de haberla convencido para salir, porque estábamos generalmente en su departamento. Nos divertimos en un bar semioscuro con música ligera para bailar y sin estridencias para conversar. Cuando iba al baño, disfrutaba verla caminar con luces atrás de sus pasos al ir y venir. Me fascinaba su figura. Para más precisión, me ilusionaba su cuerpo… sin cansarme cada vez.

Otra vez, de pronto, como es el pensamiento onírico, en su departamento, sentados en su sala, ella con su ron con agua mineral –sin sodio– y poca Coca; yo, con un caballito de tequila. Fumábamos como acostumbrábamos: su cigarro mentolado y yo, rojos. Cogí. No. Tomé con un palillo un trozo de queso y un paralelepípedo de jamón que ponía en sus rojos labios. A veces ella me lo daba.

Bailamos una salsa de Gilberto Santa Rosa… “eres tan bella y tú lo sabes… vengo a pedirte más, más de ese amor que me da vida, más de esa luz de tu mirar, razones hay demás para alejarme, pero en verdad me falta voluntad… ya sé que no está ben amarte tanto, pero en verdad me falta voluntad…  más de esa calma que me agita… para negarte un beso, para dejarte ir, para negarme el cielo, me falta voluntad…”.

Igual. De pronto… Nos abrazamos y los labios se unían una y otra vez. También de manera lenta, los botones dejaron ir las prendas. Sentía su calor entre las palmas de mis manos, en mi pecho. Cada vez que ocurría, entendí por qué los poetas referían una piel satinada. No era terciopelo, era una tela suave y tibia, cuyos centímetros sabían a humedad femenina que emanaba un olor único.

Medidas perfectas en la imperfección de sus redondeados senos y amplias y curveadas nalgas en la penumbra de su cuarto, del recorrido en los bordes de la cama, del respirar profundo y entrecortado, de las hendiduras en la piel provocadas por la presión de cada dedo mío, de su abrazo fuerte y profundo de un final, de la petite mort. Palabras apenas percibidas y perceptibles. Entendí el oscuro objeto del deseo.

De pronto, apareció en mi visión el reloj. Habían pasado más de 20 minutos. La invisible mano que estaba encima de la mía, al cubrir el ratón de la compu, el inasible brazo izquierdo que me abrazaba y cuya palma inmaterial de una mano con los dedos abiertos, me recorría la espalda, ahora se retiraba. Limpié el sudor de mi rostro y agité mi ropa para refrescar el excesivo calor que me abrazaba.

Se incorporó lentamente. No la sentí más.

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