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Liza, con Z

Charles Aznavour, crooner y compositor francés (por definirlo en lo menos), murió el 1 de octubre. Apenas un mes atrás, y la noticia, con excepción de su país de origen no trascendió. Más que lamentar su muerte, sentí una profunda preocupación al ver que quienes engrandecieron el cancionero clásico de su época y de las no tan nuevas generaciones, quedan muy pocos.

Referencias bastan con Tony Bennett, de 92 años y Wllie Nelson, de 85. La partida de Aretha Franklin, aunque dolorosa, se esperaba desde que se reportó hospitalizada y diagnosticada como “seriamente grave”. Fue, casualmente, una fecha importante para la cultura pop: Madonna celebraba 60 años, y se conmemoraba el 41 aniversario luctuoso de Elvis Presley. Agosto 16 junto a los tres.

De aquellos años de Broadway y los musicales exitosos que abarrotaban salas de cine parece no acordarse nadie más que los adeptos al teatro musical. De esas visiones Barbra Streisand sale victoriosa y se atreve a sacar un disco inédito; a sus 76 años luce íntegra y capaz de, además de retener a su público, echarse a la bolsa a uno más, contemporáneo o no. Apostándole a la difusión, tiene su canal oficial en la YouTube donde se le nota activa y sin ganas de retirarse. Además, en Netflix tiene su propio especial, un estreno con éxito que ya quisieran muchas series originales de la misma plataforma.

Con una carga inmensamente gay está Cher, con una producción de covers de Abba. Sí, Cher más Abba más lentejuelas más pelucas. Cher está viva y radiante. Qué importa que en el mundo se haga bulla de sus cirugías, esas mismas la hacen lucir bellísima y fresca. Las fanbases de ella y Madonna seguro se atacaron con todo al saber que el primer sencillo de Dancing Queen fue Gimme! Gimme!, con cuyos sampleos Madonna hizo de Hung Up un clásico.

Sin embargo, en un rezago que no logro entender se quedó Liza Minnelli. Figura imprescindible en el teatro, la música, el cabaret y la televisión. Con Liza se rompió el estigma de los “hijos de” que triunfaban con solo un destello de fama al llevar los apellidos de quienes los procrearon. Por un lado, Vincent Minnelli, cineasta de gran renombre en los años mozos de los filmes estadounidenses. Por otro, Judy Garland, la eterna Dorothy, de El Mago de Oz; cantante y bailarina increíblemente disciplinada que, no obstante, su adicción a los barbitúricos y a la autodestrucción la llevaron a una muerte por sobredosis.

Liza lo tiene (¿tuvo?) todo para permanecer vigente y ser digna de homenajes un día sí y el otro también. A la fecha solo Christina Aguilera y probablemente -solo probablemente- Lady Gaga podrían ser tan camaleónicas en estilos y tonos como Minnelli. Tan solo hay que echar un vistazo a los especiales en Tokio, con el propio Charles Aznavour, con George Michael y Pet Shop Boys; además de la unión a la gira de Sammy Davis Jr. y Frank Sinatra cuando un cansado Dean Martin abandonó el proyecto al argumentar sentirse ajeno a una década en la que las bermudas y los McDonald’s reinaban en un sitio que ya nada tenía que ver con el que él creció.

Tal como su madre, Liza no pudo evitar sentir la atracción por las drogas y los excesos que poco a poco mermaron su salud, dejando a un lado, casi con desprecio, la carrera que desde adolescente fue construyendo, abriendo camino a propias y extrañas; siendo portavoz de la comunidad LGBTTTI por un mundo inclusivo en el que muchos se identifican con la entereza con la que tomaba cada proyecto y la gracia natural para las artes. Al fin el significado primero de la palabra gay es alegría; Liza alegraba, irradiaba felicidad.

En la segunda parte de Sex and the City, la película, nos regala un gran momento al aparecer cantando Single Ladies, de Beyocé en la boda de la pareja de los mejores amigos gay de las protagonistas; entre figuras esculpidas de hielo y de quienes, más que personas, parecen maniquíes. De eso han pasado 8 años y la situación fue en picada. Dichos apuntan a que se encuentra en quiebra, enferma y deprimida. La Sally Bowles, de Cabaret, se desvanece al compararla con quien la interpretó.

Unas cuantas apariciones en entrevistas de televisión, invitaciones a galas de premiación e imitaciones en programas de concurso y de parodia sostienen a Liza, quien en sus redes sociales aparece de vez en cuando con imágenes del pasado. Fue triste ver las burlas que ganó al quedar fuera de la selfie que en los Oscar de 2014 Ellen Degeneres posó junto a Meryl Streep, Julia Roberts, Jennifer Lawrence y Brad Pitt, entre otros.

Liza, la misma que advertía que su nombre se pronuncia como “Laiza” y no como “Lisa” a manera de broma y luego convertida en canción, se está apagando, en un proceso muy lento y doloroso, como la luz de los escenarios que la vieron crecer.

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