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… le había pagado con su cuerpo…

Soy Buga, la columna de GustavoT

Días hace que caminaba por una avenida y encontré a un ex compañero de trabajo. R, había sido chofer de diferentes servidores públicos de encargos de cierta importancia. De apariencia física similar a un ex policía, pero que se dejó engordar, aunque es alto y de complexión robusta, o más bien, gordito. Se caracterizaba por ser muy cortés y discreto.

Lo conocí, porque C tenía buena relación con él. Incluso, consideré la posibilidad de que hubieran tenido algún encuentro sexual, por la forma en que se trataban y hasta se tocaban, porque dejaba que C le acariciara la cara de forma obscena, además que era del tipo de mi amigo: … tú estás bueno, él está delicioso…, decía cuando se expresaba de él.

Durante los minutos de conversación, ocurrió el tema que he abordado en las últimas semanas: el acoso sexual.

Me platicó sobre una ex compañera y ex jefa mía, de quien decían era la Primera Dama en la oficina, porque ella mandaba; lo que decía, se cumplía. Me resultaba extraño, porque le hacía sugerencias de la chamba y las consideraba. Cuando me daba documentos, en la hoja de instrucciones que dejaba en mi escritorio, en lugar de su firma o su nombre, al final, había una carita hecha de dos líneas verticales, a manera de ojos, y una horizontal, como una boca sonriente.

Lo consideré una forma cortés. Sólo eso. Aunque, alguna ocasión, sin más, me dijo: “… aguantas un piano.”, expresión añeja que escuché de niño, a la que no di importancia, por la regla que me dio una persona mayor y he seguido de hace muchos años; me ha funcionado. Era algo así, como “en la nómina no se mete…”. Presumo que se refería a que no se mete… uno en problemas.

Simpática. Delgada y de buen trato, de figura regular, tez blanca y alta, vestía la ropa ceñida. Le llamaba la atención a muchos, pero en mi caso sería también que el tipo de mujeres que me gustan son con mayores atributos y curvas más pronunciadas, pero no ocurrió nada.

Según me dijo R, chofer en ese entonces del jefe del área, dos o tres veces en la semana los llevaba a un restaurante de mediana calidad, los esperaba y los llevaba a un hotel. Ya estacionada la camioneta, alrededor de la medianoche, su jefe le pedía que se fuera: -… ni para el taxi me daba, el muy ojete, reprochó.

-¿Tú lo pagabas? Pregunté. –Sí –respondió– pero el güey no sabía que se lo cobraba cuando me daba sus facturas de esas cenas que metía como si se hubiera reunido con otros funcionarios, porque, además yo se las tenía que hacer y se las entregaba a quien llevaba los gastos, unas a mi nombre y otras a las de él, lo que me permitía, porque por normatividad, él no podía presentar más. Con una o dos de sus cenas, quedaba a mano.

-¿Por qué no te dejaba ir temprano?, con lo que evitaba que te enteraras de a dónde acudían, le pregunté. –Ya te dije: por culero. Todo mundo en la oficina sabía de esa relación. Lo que sí es que, al escuchar sus conversaciones cuando iban en el asiento trasero o por teléfono, conocí los detalles.

Sabía, continuó, que era gente de un político encumbrado, quien había tenido muchos cargos en la Cámara de Diputados o de Senadores, porque, a su vez, pertenecía al grupo de otro político de mayor importancia. Le hacía muchos favores. Cuando se dio la oportunidad, le dio este puesto. -Pensé que lo habían designado por su capacidad y talento, le argumenté. Se rió. No supe si de mí o de mis razones.

-Hablaban mucho. Por teléfono o cuando estaban en el asiento trasero. Era cierto: Se hacía lo que ella decía. Había ocasiones en que iniciaban la conversación y, de pronto, no escuchaba palabras. Sólo el ruido del vacío que hacían sus bocas o la piel de ella. Mejor, prendía el radio.

Una vez que le ganó la curiosidad, recordó que en los altos o cuando se detenía la camioneta por el tránsito, llegó a medio voltear: -… le había quitado el pantalón y la blusa la tenía desabotonada. Él, con el pantalón suelto, pero aún en su sitio:

-Supongo que ella se dio cuenta de que volteaba o lo detuvo para que no llegaran a más en mi presencia, porque se incorporaron. No supe más detalles, porque me bajé en una farmacia, pues desde la mañana, él me había pedido un medicamento. Tardé lo suficiente, sin que hubiera reclamo por el tiempo que tomé.

Y pasa lo que siempre sucede, dijo: -Contrató (estoy seguro de que se la pusieron), a una muchacha de una edad similar. Sólo que ésta de mejor ver. Igual, alta de piernas y muslos muy bien torneados, con muy bonitas nalgas, anchas, paradas, y senos de buen tamaño. Era inevitable no verlos. Más guapa que ella.

Le respondí que la recordaba. Del tipo de mujeres que me gustan, aunque tenía algo que no me convencía, porque sus rasgos faciales parecían un tanto vulgares, con lo que no coincidió.

Añadí a la conversación que en alguna ocasión él nos dijo que nos fuéramos una o dos horas antes de la salida. Mis compañeros se fueron y me quedé un rato más, a concluir unos pendientes; como a los 20 minutos, llegó y me insistió que me fuera.

-Pus fue esa vez que, según me platicaron, él fue a verla a su oficina y mientras conversaban, le abrió la blusa y se dio cuenta que su pecho tenía pecas. “Me excitan las pecas”, le dijo. Intentó meterle mano, pero ella no lo dejó, en principio; luego, le pidió que le mostrara sus senos… Alguien llegó y él se dio cuenta de su presencia. Al otro día se armó un problema.

-Sí. Incluso hubo gritos esa vez, pero no supe más, respondí.

-Ella le reclamó, más que celos, porque veía perdido su dominio. Él, también a gritos, le dijo que estaba allí por que la había traído, pero no lo dejó concluir, pues respondió que su trabajo lo había desempeñado bien, además que le había pagado más que suficiente con su cuerpo.

Siguió: -Toda la institución se enteró de lo ocurrido. La presencia de ambos era insostenible. La otra compañera, parece que renunció, porque se iba a casar. Ella lo denunció y hasta la cárcel llegó, lo cual no entendí, porque parecía que tenían un acuerdo desde el inicio: él, le había dado una buena chamba… ella, pu’s, cobraba bien.

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