martes , noviembre 13 2018
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… le había levantado la falda del vestido y le acariciaba una muy bonita nalga…

SOY BUGA

Aprendí en lo que llevo en esta vida a desconfiar, a no creer en lo que me dicen; si me interesa, lo verifico; en caso contrario, lo desecho. Esta ocasión, carecía de elementos para hacerlo. La historia me agradó y despertó mis sentidos, mi curiosidad.

Hice uso de lo que escribió Heródoto: “… me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo…”. Decidí aceptar, sin conceder por completo, la posibilidad de la veracidad de lo que me comentó una persona en un situación extrañísima. Difícil de creer, también, lo ocurrido.

Había salido del periódico y no tenía ganas de ir a ningún lado ni ver a nadie. Un día antes, sabía que tenía que ir a verla, pero ahora ya no. Me habían concluido. Salieron un par de lágrimas por el recuerdo y la ausencia. Apenas un día hace y ya extraño su cuerpo, tan ansiado por mí, y por muchos que habrían querido tocarlo. No quería llegar a casa y pensé en ir a cenar a algún lado.

En el tránsito nocturno, me salí de la avenida y transité por algunas calles, hasta que cruzó en mi camino una cantina, uno de los espacios donde acostumbraba a ir, además que me ayudaría a no pensar. Un par de mezcales sólo… solo.

Tenía tiempo que no iba a ese lugar; me parecía agradable. Me recordó el cantinero, por lo que me dirigí hasta la cantina para saludar; apenas unos minutos para ponernos al día sobre estos años pasados; él fue quien recordó algunas féminas importantes en mi vida, con quienes acudía.

Le dije que estaría en una de las mesas de la esquina, a unos metros de la entrada:  -La que le gusta, insistió en el recuerdo. Asentí con la cabeza y confirmé con un agradecimiento de mi mano en el aire.

Difícilmente alguien se acercaría, además que tenía el horizonte del lugar. Mi estado de ánimo no era el mejor, así que, contrario a mi costumbre, no me percaté de miradas, actitudes, vestimentas o cualquier detalle que me dijera algo de quienes asistían.

Me gusta el mezcal, su sabor a tierra, su aroma, su transparencia, las perlas que se adhieren al cristal o al barro. Contemplaba el cristalino líquido, y cada sorbo lo tomaba con el cuidado que se tiene por algo tan valioso como el agua misma. Sentía cómo pasaba por cada espacio de mi boca, mi lengua, garganta, me inundaba su energía. El disfrute del momento me ayudó a eludir el pensamiento.

Después de dos caballitos percherones salí a fumar un cigarro. Inevitablemente, mi mirada se detuvo en un vestido negro, de cuyo fin salían un par de muslos torneados por la sensualidad cubierta de una blanca piel contenida por zapatillas con correas ajustadas a las piernas que contrastaban con la palidez inundada por la poca luz de la calle. Parecía, incluso, ser ella.

Tenía la cajetilla en la mano. Coloqué el cigarro en mis labios y caminé unos pasos en sentido opuesto, para evitar ver el escote que iba más allá de media espalda, el cual, no obstante el oscuro cabello brillante, permitía ver una tersa espalda compuesta por cauces de piel y sombra, hombros delgados y amplias caderas, donde la tela hacía una pausa para desviarse en una curveada línea que daba forma a unas preciosas nalgas, visión que, necesariamente, hizo que retomara el pensamiento que no quería pensar.

Veía las figuras que se formaban en el humo expulsado de mi boca, cuando escuché una voz grave y agradable que procedía de mi lado izquierdo. –Inevitable pensar. No lo evite. Hágalo, y recuerde lo mejor de la persona, dijo.

Voltee y respondí, con cortesía, pero sin dejar espacio a más: -Lo disfruto. También gozo de lo que duele. No es que me agrade, pero hay que apreciar lo que la vida presenta. Duele, ya sanará. Le agradezco, expliqué mientras observaba a una persona de alrededor de 45 años, guapo, como mi C (mi queridísimo amigo gay), con algunas canas que resaltaban su atractivo.

Apagué mi consumido cigarro y mientras se disculpaba por la intromisión, insistió en continuar la conversación, con más palabras: -Es evidente lo reciente de la ruptura. No soy adivino ni tampoco leo la mano, pero he vivido más de lo que usted puede imaginar; sé de lo que hablo: su actitud y el tratar de ser indiferente ante un cuerpo como el de ella, no es difícil saber de qué se trata, porque se nota que usted no es gay.

Sonreí. –Tiene razón, pero también es desagradable una insistente mirada, dije al tiempo que la veía por un instante, para guiar a mi contraparte hacia el tema al que me refería; en tanto, ella se introducía al lugar junto con una pareja con la que conversaba; igual de inevitable fue ver las amplísimas y curveadas nalgas, así como las gruesas piernas.

Esperé a que apagara su cigarro y me despedí con la mirada, una sonrisa y un gesto. En el umbral del lugar me alcanzó y me invitó a su mesa. Me disculpé, pero le dije que era verdad el rollo de disfrutar esos momentos de soledad.

Me dio su mano, la cual tomé para darle un agradecido y firme saludo; me agradaron esos instantes de conversación. Al llegar a mi lugar, me percaté que se incorporó a la mesa con el excelente ejemplar femenino y sus acompañantes. Durante el rato que permanecieron en el lugar, confirmé que eran pareja.

Dos percherones más y me iría. No fue insistente su mirada o el voltear a verme, pero fueron algunas las ocasiones en que se dirigió hacia mí para decirme salud, a lo cual respondí. También, de manera discreta, los observé; no fue difícil, porque podía ver todo el lugar.

Antes de acabarme el tercer caballito se me antojó otro cigarro. Lo sorprendente fue que en el mismo momento, como un acuerdo, nos levantamos en el mismo momento. Se dirigió a la puerta de salida y me desvié hacia el baño, para evitar coincidencias no gratas.

Salí y su lugar en su mesa estaba desocupado, por lo que supuse que estaría aún, en el final de su cigarro. Ya en la calle, voltee y se aproximaba, porque fue a su auto por sus cigarros, ya que se le habían acabado: frente a mí, quitó el envoltorio y lo tiró en el bote de la basura. Me invitó uno, pero le mostré el que traía entre los dedos de mi mano derecha. Como prendería el mío, encendí el suyo.

-¿Por qué piensa tanto? Mejor diviértase, dijo. Le expliqué mi situación y el desánimo entendible por el poco tiempo de ocurridos los hechos. Iteré: -Es cierto lo que le digo: Disfruto estos momentos de soledad, angustia y dolor, porque es preciso atravesarlos para continuar. –Me agrada su forma de ver la vida; coincido en parte, pues los años en que he permanecido en este mundo hacen que entienda su proceso de aprendizaje…

Continuó tanto tiempo la conversación que le pedimos al mesero trajera, de manera discreta, las bebidas. Fumamos otro cigarro y se dirigió la charla hacia su experiencia. Hablaba como las personas que han vivido demasiado, como los mayores de los pueblos. No se notaba cansado, sino con más experiencia de la que expresaba en sus palabras, lo que decía entre líneas.

En la calle, con el cuidado de no tener los vasos en la mano, concluí lo que quedaba y un caballito más. Me invitó a su espacio, a lo cual me rehusé por sus acompañantes. Irían a su casa. Acepté –con un poco de desconfianza– ante su cortés insistencia y amable uso de palabras.

Sólo eran unas calles de distancia. Cuando llegué, él estaba ahí, en la puerta, como experto anfitrión. Otro saludo y hasta abrazo. Me dijo de manera fugaz: -Hace tanto que no te abrazaba… Me sorprendí, pero no atiné a decir más nada. Lo seguí hasta el hall y de ahí, a la sala. Durante esos pasos de silencio tuve de nuevo la sensación de conocerlo… y muy bien. Pensé que era alguna alucinación o resultado de los cuatro percherones.

 -¿Por qué no dijiste que vendría un invitado?, reclamó ella, quien se aproximó a tomar mi saco y colocarlo en el perchero. V era su nombre. Su voz grave, casi rasposa, le obsequiaba mayor sensualidad. De cerca, al rozar nuestras mejillas para el coloquial saludo –sentí su beso en la comisura de mis labios– confirmé la excepcional belleza. Mi procacidad me hizo imaginar la concupiscencia en ella. Inevitablemente, recordé a mi pasado inmediato.

Voltee y él me acercó un caballito parecido al percherón, pero un poco más grande y pesado. Cristal cortado antiguo. Me pareció pieza de museo. Contenía, según me dijo, un tequila añejado en vidrio con “especias y partes energéticas de animales”. Me recordó el tequila de un hijo de político que presumía. Sonrió y dijo salud. Correspondimos los demás.

Tras los saludos y presentaciones de los cinco caímos en una conversación de horas sin pensarlo ni sentirlo. Lapso muy agradable. La pareja de amigos se tomó de la mano, a manera de disculpa, y dijeron: -Nos adelantamos… Inevitablemente vimos cómo le había levantado la falda del vestido y le acariciaba una muy bonita nalga.

Entendí y me dispuse a despedirme, cuando mi reciente amigo llenó mi vaso. Desde que llegué, su lugar desprendía un delicado olor a antiguo. Le pregunté por qué tenía tantas antigüedades y si se dedicaba a coleccionar objetos procedentes de distintas partes del mundo en diferentes siglos.

Iniciaba su respuesta, cuando V lo abrazó y le dijo: -Nos esperan… No tuvo tiempo de decir nada y se perdieron en la puerta de la misma habitación (que parecía un estudio), a la que sus amigos habían ingresado.

Me dispuse a concluir mi bebida; en tanto, salí al estacionamiento a fumar un cigarro, el cuarto de la noche, para irme a casa. Al tomar el encendedor, apareció ella con su vestido, aunque sin zapatos. Su grave voz excitaba mis sentidos: -Espero no te moleste, pero te hemos preparado una habitación. Al verme con el cigarro en la boca, me pidió le invitara uno.

La conversación la llevó hacia donde quiso. Interesante y extraño fue que en lugares y tiempos hubiera coincidencia, donde habría jurado haber estado solo en pensamiento; lo atribuí a fotos o lecturas que hice, a través de los años. Se incorporó a la conversación mi anfitrión. Busqué de manera discreta la camisa o el cinturón mal puestos, o alguna pista de su participación en el encuentro con sus amistades. Nada. Seguía elegante y atractivo; ni despeinado, pues.

Respondió: -Las conservo como recuerdo de lugares y personas con quienes he tenido algún vínculo. Gente de poder y, también, de quienes han estado cerca de mi presencia en ese período de tiempo. Me mostró otros objetos de siglos atrás. En primera instancia, pensé que se metieron a ese cuarto a consumir algún tipo de droga, por lo que no creí del todo lo que me decía.

Sin embargo, me mostró fotos de impresiones gráficas de tiempo atrás. Entre las imágenes blanco y negro, color sepia y con características de ser fotos antiguas, aparecían ella, él… y alguien parecido a mí.

Vio la expresión en mi rostro, pero le sorprendió más mi respuesta: -¿Me han seguido? ¿Por qué tienen mi imagen? ¿La obtuvieron de internet? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué saben de mí? Más que molesto, me sorprendió, aunque desconocía el motivo por el que me sentía tranquilo. Otra vez el sentir de que lo conocía desde antes.

-Siempre has sido así. Desde que te fuiste, supe que algún día nos reencontraríamos. Nunca quisiste vivir más de lo que la vida humana permite. No sé cómo encontraste la forma, pero lo lograste…

Siguió en la explicación, aunque me perdí en partes, porque aparecieron en mi mente imágenes de él, vestido de diferentes formas; incluso, en alguna, me abrazaba y vestía como uniforme militar: -… somos hermanos, porque la vida nos puso así, aquí, ahora y antes; paridos por diferentes madres, pero para vivir hasta que nos llame el creador… Lo interrumpí:

-¿De qué hablas? No entiendo nada de lo que pretendes explicar. ¿De qué me quieres convencer? ¿En qué me quieres involucrar? Voltee a ver a la guapísima mujer. Me miraba con expresión de quien quiere creer, pero… Y continuó: -… ella no es como nosotros, tú y yo… ellos (señalaba hacia el cuarto donde se encontraba la pareja), viven en un tiempo y espacio.

Hizo una pausa para entrar a recoger su bebida. Regresó y sorbió un trago. Encendí otro cigarro. Siguió:

-Soy parte de pocos, unos cuantos elegidos. Para muchos, como tú, es un castigo, penar por siempre. Para mí, y otros, es ser parte de la vida del mundo. Lo gobernamos y regimos desde tiempos inmemoriales. Tomamos diferentes posiciones en tiempos y lugares distintos, cambiamos un poco nuestra fisonomía…

Detuvo su soliloquio. Se mostraba exasperado en algún momento, pero en segundos retomó su tranquila actitud. Conservó su buen porte e hizo otro espacio de tiempo, a manera de escuchar lo que pudiera yo decir. Terminé mi cigarro.

Le agradecí la hospitalidad y el tiempo que compartimos. Estiré la mano para devolver el vaso: -Consérvalo, dijo. Sabía que no te convencería, pero sé que, como otras veces, nos volveremos a encontrar; en otra vida tuya. Por ahora, sabes dónde vivo. Espero a que regreses con la familia, que somos nosotros. Lo sabes.

Coloqué mi saco en la espalda y salí.

 

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