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LAS PERSONAS TRANS Y LAS ETIQUETAS

Por Denisse Valverde Iturralde

Las etiquetas las pones en tu medicina, en tus especieros en la alacena, en tu ropa y artículos personales y esto no va para las personas y menos para la diversidad sexual.

Tenemos derecho a existir, a vivir y a mostrarnos tal y como somos, sin que nos vean como bichos raros, fenómenos o monstruos, tampoco somos enfermas.

El mundo no es solo blanco y negro. Cuando eres una maravillosa mujer trans es difícil ocultarlo porque somos seres transparentes, orgullosas de mostrarnos tal cual somos.

Cuando las primeras veces que aceptas quien eres y te atreves a ser quien eres como persona trans, pasamos por un estado catártico, entre el rechazo y la aceptación, porque sabemos que las personas nos van a criticar, sin preguntar, tan solo porque somos seres humanos, que nos duele, o que nos incomoda.

Una sociedad enferma, que se niega a conocer la gama de géneros, de la misma manera en que ciegamente se niega a ver la gama de razas o sexualidades.

Si continuamos permaneciendo invisibles, la verdad de cada una de nosotras permanecerá oculta y es momento de no permitir eso, apoyándonos unas a otras dándonos las manos y aplaudiendo cuando cada una decide salir y asumirse como tal: una persona trans.

¿A cuántas este sacrifico esta puerta para salir y decirle al mundo quienes somos, les ha costado la vida?

Y llegan recuerdos de tus primeros días y de toda tu vida, en relampagueos parecidos a los que experimenta una persona cuando va a morir, tus recuerdos cuando te separaban de las niñas en la escuela para que te fueras a formar con los varones, una rara fuerza de gravedad, o de atracción no te permite separarte de ellas, y después te reprimen, para que te quedes formada con los hombres y entras en conflicto porque no sientes que perteneces ahí, donde te está poniendo o imponiendo la sociedad, y te desesperas porque no tienes el lenguaje correcto para expresarlo, solo tienes 5 años, no sabes cómo, solo que donde te forman no es tu lugar, pero no sabes describirlo y entramos en frustración.

Porque por más que digas quién eres, ni tu familia lo comprende y sientes ira, coraje impotencia, y lloras y no quieres ir a la escuela. Resistiéndote a entrar al baño de hombres, porque sabes que ese no es tu lugar, y cuando no puedes más cuidas que no haya nadie adentro, porque sientes que te van a decir algo.

Te preguntas intrigada, por qué tu madre o tu padre y tu familia no ven lo que tú ves y sientes.

Ya en la secundaria, mientras los varones presumían de su vello corporal y púbico, yo hacía vigilia en el espejo con un miedo tal de no ver ningún vello ni en mi cara ni en mi sexo, sin conocer palabras para defenderme, porque creía que era un fenómeno, como me lo hacían creer.

Mientras en esa pubertad unos me agarraban las nalgas, otros me insultaban, yo buscaba refugio con mis amigas las mujeres sintiendo sin saber su sororidad.

Creciendo confundida, sin un modelo a seguir, solo aquellas cantantes sexis, que soñaba con ser una de ellas.

Vivir una doble vida, para cumplir con una sociedad, una familia, ver a mis hermanas con sus novios y yo sentir que nunca iba a ser amada, dándome cuenta que no encajaba tampoco con mis amigos gays, que también vivían en el anonimato.

Muchas en estos actos de resiliencia no lo logran y vemos suicidios de niños o gente joven, que tuvieron miedo al panorama de vida que se ofrecía, y aún la sociedad no se explica por qué acabaron su vida así, fingiendo ignorancia absoluta.

Años después encontrar el valor de ser transgénero, unidas con mis pares, juventudes iguales a las mías, que sabíamos que no éramos gays, y nuestras perspectivas de vida e ideales eran parecidas, encontré, a las que se nos llamaba vestidas, un grupo de personas de 13 a 16 años donde me sentí cobijada, y nos contábamos nuestras propias experiencias y logros con las hormonas.

Mi hermosa madre, en su ignorancia, siempre apoyándome, acompañándome por mis primeros vestidos y suéteres que ella misma me ayudaba a confeccionar, dándole a conocer esa parte de mí.

Y no lo mismo con mi padre que aunque amo, toda la vida se la pasó reprimiendo mi ser, siempre anhelando escuchar que me dijera, “si mi hija quiere sentarse y hablar conmigo, soy un hombre afortunado, lo importante es que estas viva y eres feliz, y que puedo rodearte con mis brazos y darte un beso”.

Sueños guajiros, quimeras que se van con el primer parpadeo del amanecer, palabras que nunca escucharé.

Y aun así, con todo esto, aquí estoy.

La invisibilidad es inseparable de la visibilidad. Para nosotras las personas trans no es un simple acertijo filosófico, puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Yo en mi niñez pensaba que mis sueños nunca los iba a lograr, porque mi género era muy distinto al conocido y hoy, siendo DENISSE VALVERDE, si logro que aunque sea una personita trans logre sobrevivir y no pasar por lo que pasé y pasaron muchas hermanas trans, sabré que tanto sacrificio valió la pena y valió la pena escribir y mostrar estas letras.

Suya siempre, Denisse Valverde Iturralde

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