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Las amistades de Mabel Gaeva

Un encuentro ocasional

Después de estar bajo una educación cuadrada, un tanto machista y con las restricciones que la moral, el catolicismo y las “buenas costumbres” imponen, la transición de adolescente a adulta llegó. Esa etapa fue la más difícil, ya que era más importante lo que pensaran de mí que hacer lo que realmente me gustaba.

Era mi primer semestre en la universidad. Para conocernos e integrarnos como grupo se organizó una reunión en la casa de una compañera. Como en todo grupo está el chico formal que llega de traje, la chica desinhibida que grita, baila, ríe y no para de bailar; el hombre de negro que no sabes si es rockero o darketo y que nos ve a todos muy raro; la niña fresa que llega con su boing de mango y no quiere tomar ni agua porque fuera a tener “bichitos” y su estómago es extremadamente delicado; el chico guapo que sabe que lo es y el chico guapo que lo desconoce; la intelectual con ojos brillantes pero que al igual que el de negro nos ve como si estuviese frente a una fauna en observación para descifrar su comportamiento. No podemos prescindir del graciosito, ese que da más pena que risa, pero que en automático se convirtió en el bufón de la generación y en el más buleado, claro de una forma muy maquillada.

La fiesta fluía, la música ayudaba a integrarnos y a ir rompiendo el hielo entre desconocidos. Estaba muy callada, no sabía en qué grupito anexarme. Siempre me han dicho que a primera vista mi categoría es “mamona”, pero se lo atribuyo mas a mi timidez cuando estoy en un ambiente desconocido.  Las horas pasaron y no me estaba divirtiendo, cuando decidí regresar a casa llegó el hermano “incomodo” de mi compañera. Muy a su pesar tuvo que saludar a los que estábamos a su paso, entre ellas yo.

No recuerdo cómo fue que cruzamos palabra, creo que fue cuando me serví un refresco. Cuando me di cuenta estábamos platicando, riendo y hasta un remedio casero para tener un cabello hermoso me dio. Con ninguno de mis compañeros de clase me divertía tanto como con él. Al principio mi compañera era nuestra mensajera de saludos, hasta que ella se desesperó y me dio su teléfono. Las charlas duraban horas, era genial, adoraba a mi amigo por ser tan divertido, tenía la capacidad de ver la vida de colores li-te-ral.

Un día convenimos salir de antro. Invitó a uno de sus amigos que no estaba todavía “definido”, él ya le había echado el ojo y quería convencerlo en esa salida ¿Cómo perderme eso? Pasamos por el chico en cuestión y nos fuimos de antro, empezamos en un lugar con barra libre. La noche caminó y nuestra poca experiencia con el alcohol estaba haciendo efecto, salimos del lugar y comenzamos a caminar. No era tan peligroso como ahora andar por la ciudad en la noche. Nos pegó el aire, como se dice, y cuando me di cuenta estábamos en un antro que tenía luces en arcoiris por todos lados. Nos fascinaba el ambiente desconocido, no saber a qué baño debías ir.

Todo estaba puesto para el ligue entre esos dos, pero no funcionó. El que todavía no estaba definido lo bateó, primero quiso conmigo y al negarme se fue con un travesti. Mi amigo sufriendo en la mesa con otro chico que acababa de conocer y yo bailando sola en la pista. Me sentí tan ajena a ese ambiente hasta que una mujer muuuuy guapa se me acercó y me dijo con voz  grave “hola, ¿eres operado verdad? Te ves divina, te quedaron de lujo”. Me hizo la noche.

Deje de ver a mi amigo después de esa ocasión pero a partir de ese día la mujer que se me acercó y yo hemos sido muy felices juntxs.

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