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Las amistades de Mabel Gaeva

(II) Nunca me habían besado la espalda

¡Si mi novia se enterara! Como muchas otras historias, esta comienza en una reunión con amigos, ya sabes de esas inofensivas noches de dominó.

La casa de Odín es ideal para estos encuentros: jardín por si hace calor, terraza por si hay lluvia ligera y una sala tan grande que se convierte en salón de juegos para adultos y con ello me refiero a dominó, poker, billar y hasta videojuegos de kinet, no imaginen otro tipo de “juegos para adultos”… aún no.

Somos amigos desde la secundaria, Gael y Elmer hasta cuñados son, siempre les hacemos burla: se quieren tanto que Elmer se casó con la hermana de Gael solo para tener pretexto de estar cerca.

Vinieron las tradicionales confidencias, el albur, el recuerdo de tal o cual profesor que nos hacía la vida miserable y que nada tiene que ver con lo que ahora se quejan nuestros hijos y por supuesto no podía faltar la frase “¡nosotros sí éramos hombres!”

Esta vez era viernes, ninguno debía trabajar al día siguiente, la noche se alargó y decidimos quedarnos en casa de Odín por aquello de la inseguridad. Por supuesto K y Q se quedaron en sillones cercanos, yo en el suelo y Odín prefirió quedarse con nosotros en la sala para compartir la incomodidad.

El calor era infernal, en pleno verano dormir solo con trusa no era novedad.

Todos dormíamos, o por lo menos eso creía. Comencé a sentir que me besaban la espalda ¡me asusté! Y pensé “claro que eso no puede estar sucediendo, seguro solo es un sueño”. Un brazo me rodeo y seguían los besos. Sí, hice la tontería de pellizcarme para corroborar que estaba despierto ¡y lo estaba! Los besos no paraban y entre el gusto y el susto nunca me animé a voltear.

No sé cuánto duró eso, solo sé que cuando terminó de besarme toda la espalda se fue de puntillas y yo caí rendido en mi sueño.

Nunca supe quién fue, hasta la fecha nos seguimos reuniendo, todos nos vemos a los ojos y somos los mismos, solo que ahora ya no me quedo a dormir con ellos, lo más curioso de todo es que nunca me habían besado la espalda.

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