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… la mezclilla y la blusa…

Soy Buga, la columna de GustavoT

Luego de esa inesperada noche de comprensión y ayuda mutua, Mi Negrón y yo continuamos en los viajes marítimos, pero ya no ocurrió más nada en el yate, pues las personas que no llegaron esa noche, acudían con puntualidad cada vez que teníamos que hacer recorridos marítimos nocturnos, me dijo A.

Aún no he sabido si viven juntos ya en Miami o siguen en espera. Cuando lo sepa, les escribiré lo ocurrido tal cual A, me lo haya contado.

La última frase que comentó al respecto y que no olvidaré fue: “Lo mejor es que es pasivo”. No pude preguntar ni decir más nada, ya que en ese momento hicieron el llamado para abordar. La delineada mezclilla nos había volteado a ver en distintas ocasiones y solo intercambiamos miradas, mientras transcurría la conversación que, en momentos, me obsequió una lágrima en su rostro.

Cada quién tomó sus maletas: A, hacía malabares porque traía su café en las manos, mientras cerré mi botella de agua y la introduje en mi mochila-maleta. Confié en que no se derramaría el agua en mi compu y las demás pertenencias. La fila había ya iniciado y me tocó como a 30 metros de la entrada, mientras la fila de él era de apenas cinco personas. Vi de lejos que inició plática con la mezclilla sonriente y, por celos, dirigí mi mirada hacia otro sitio.

Avanzó la fila y ellos seguían su vínculo oral. Caminaron juntos hacia el avión. Me sorprendió, pues desconocía si solo conversaron de manera incidental o si A determinaría dejar a su Negrón. En mi caso, sí lo haría con un ejemplar femenino como ése.

En First Class, su conversación era tan amena que ni siquiera quien me había confiado una parte importante de su vida volteó a verme. Ella me daba la espalda, por lo que tampoco se percató que había pasado atrás de ella con mi maleta.

Abrí el periódico y comencé a leerlo. Algunas notas fueron de mi interés e iniciaba la lectura de una columna política. Me interesan esos temas. Perdí toda atención hacia lo que ocurría en el interior del avión, mientras los pasajeros buscaban un lugar para sus grandes maletas.

El barullo había disminuido considerablemente, lo cual era un indicativo que despegaríamos en momentos. Concluí mi lectura y cerré el periódico. Tomé el díptico del tipo de avión, características y salidas en caso de accidente, lo cual hago cada vez que abordo un avión. Ojalá y no, pero puede ser de utilidad.

Lo coloqué en el porta revistas y abrí mi libro. Tras el aviso del responsable de la aeronave para despegue, continué mi lectura ampliado al otro asiento a mi derecha. “Durante el vuelo, me cambio hacia la ventanilla”, pensé, ya que me gusta ver la inmensidad del planeta entre las nubes y los diferentes colores de agua y tierra que se perciben desde la altura.

Instantes antes de que iniciara sus movimientos el avión –había cerrado los ojos un momento– escuché:  -¿Me permite pasar?, por favor. Era una voz femenina. Me desagradó escucharla, aún y cuando no era desagradable, aunque tampoco era de una locutora sensual, sino porque modificaba mi plan de tomar el lugar de la ventanilla, además que ya no era momento de cambiar de espacios. Cada quién debía estar en el asiento designado.

Al abrirlos, vi una mezclilla en cuyo término habían unas zapatillas color negro; recorrí de manera rápida y discreta cada costura del lado del pantalón continuada en una blusa suelta con diferentes tonalidades de azul que daban forma a figuras de flores; de manera inevitable, al estar semi inclinada, pude apreciar una línea oscura formada por lo que se adivinaba como una tersa piel, cuya extensión era bloqueada por el cabello largo de color casi azabache.

Seguramente, notó mi desagrado inicial, porque vi su rostro de pena. Desconozco el motivo por el que no se recorrió hacia atrás, luego que me incorporé, pero no podía pasar sin rosar su cuerpo. Contuve las ganas de que permaneciera así, pero con lo caballero que me ha distinguido a lo largo de mi vida, hice una pausa que ella entendió. Abrió paso y tomó su asiento. Sin poder evitarlo, tuve que dar una scanneada completa a su figura. Me recordó a M.

Insistió en la disculpa. Sonreí. Tomé mi libro sobre teoría política y me dispuse a leer, lo cual no conseguí al saberla a mi lado; más, al percatarme que ella trataba de leer de qué se trataba, por mi cabeza pasó la forma de iniciar una conversación, además de preguntarle, por curiosidad, claro, sobre qué platicaba con mi, ahora, ex vecino. No fue necesario.

Luego del despegue y ya estabilizado el avión, dijo: -Es un libro interesante, ¿no?, al momento que hacía la seña de que era un poco grueso. Me sorprendió su acento norteño. Pensaría que era sonorense o de Chihuahua, por sus características físicas y el tonito característico de las personas de los estados del norte del país. Se había percatado que había hojeado el periódico y por el título del libro, agregó: -La política es interesante, pero me desagrada; los políticos son…

Intentó buscar un adjetivo, pero para hacerle la conversación más fácil le comenté de qué se trataba y coincidí con las características de quienes se dedican a esa actividad. -Hay que tener la piel muy gruesa, le dije, a manera de conclusión, para evitar entrar a un polémico tema.

Como me ocurre de manera ocasional, le dije de su aspecto y características en su lenguaje. Respondió que, efectivamente, había vivido en el norte y que al conocer a su esposo, se fue a vivir a Guadalajara; ahí, lo dejó porque la engañaba y quería mantenerla siempre encerrada en casa; apenas y salían a cenar: -… del coche al restaurante, al coche y a la casa, dijo.

No podía hacer más nada. Si salía al gimnasio o al cine, sola, porque no había hecho amigas; era vigilada. De lejos, alguien seguía sus pasos. Fueron meses que se convirtieron en años, hasta que me cansé. Lo dejé, aunque aún me pasa pensión y me vigila, pero ya salgo con amigas y, ocasionalmente, hombres que conozco de manera casual, pero que se alejan de mí, explicó.

-No entiendo por qué. Es usted guapa, cultivada… Igual que yo la interrumpí, no me dejó hablar… -… mi formación me permitía ayudarlo en el análisis político del entorno, lo cual me enteraba por la información que aparecía en medios de comunicación, pero nunca me dejó acercarme a su grupo social ni político. Siempre estaba en reuniones y permanecía custodiada la casa. Me cansé.

Fue tan agradable el intercambio verbal, solo interrumpido por las bebidas que ofrecen, que olvidé preguntarle sobre su plática con mi ex amigo ocasional y el tiempo transcurrido en el avión. Pareció apenas un rato el vuelo que siempre se me hizo tedioso y cansado. De vez en vez, percibí algún coqueteo en las palabras, miradas y asomos entre las flores y su piel que, efectivamente, mostraban una línea que se bifurcaba en sus ahora no tan discretas curvaturas.

Habíamos pedido tequila. Una cantidad mayor a la que sirven. La primera ocasión fue un chaval de alrededor de 30 que habría pensado que fue amable por ella, aunque el decir de ella, afirmaba lo contrario; la segunda, una fémina más joven y delgada, con pronunciadas curvaturas, mirar y hablar flirteoso, así como agraciado rostro. Ambos coincidimos en que la atención fue para ella.

Dejamos que se vaciara el avión y seguíamos conversando. Terminamos el tercer vaso de tequila, “derecho, como se toma el tequila”, decía, y pasamos por las maletas. Nadie iría por ella; yo, acostumbraba que me llevara un taxi.

Igual, sin que nadie lo propusiera, pedí un taxi y nos fuimos al bar del hotel en que se hospedaría, en el centro de la ciudad, cerca de la Alameda Central. No pidió habitación, porque solicité que dejaran las maletas en recepción. Después las llevarían.

Nos fuimos al bar. Ahora, bromeábamos y reíamos más que al inicio. Continuamos con el tequila. Envió mensajes desde su celular, “para que no se preocupen y sepan que ya llegué y dónde estoy”, explicó. Le agradecí la confianza. No me atreví a preguntarle sobre su conversación con A.

Luego de ir al baño, recorrió hacia mí su silla. –¿Te digo un secretito?, me dijo con el acento de que los tequilas ya habían sido suficientes, aunque aún no en el borde de la suficiencia. –Sí, le respondí. Me acerqué y me vio a los ojos. Acercó su boca a mi oreja izquierda. Pensé si mi camisa, o yo, aún olía a loción. Rosaba mi mejilla con su boca, al hablar. Me invadió una sensación de placer que pocas veces habían logrado en mí.

Tomó con su mano izquierda la parte baja de mi rostro, a manera de caricia. -Me gustas… y mucho, susurró. Se retiró y giró su rostro hacia el mío. Rosó mis labios y se alejó apenas, para seguir con una caricia en mi boca que pausaba por segundos y volvía a sentir y mordisquear de manera indistinta labio superior e inferior.

No respondí. Sólo sentía, percibía… disfrutaba. En tanto, mis manos la tomaron por la cintura y espalda. Su blusa parecía permisiva, dispuesta, al abrir los espacios pertinentes para la entrada de mis manos. La tibieza de su piel tersa y fina entre mis dedos… -… y tú a mí… me fascinas, respondí después de recorrer con mis labios sus mejillas, cuello y llegar a su oído.

Sin un roce siquiera, continuamos la conversación. Hacía un rato que había pedido llevaran las maletas a una habitación. Paulatinamente, se vaciaba el bar. Subimos con nuestras maletas de mano. Bueno, traía las manos ocupadas mientras ella me abrazaba.

Al entrar, la abandonaron la mezclilla y la blusa. Hizo lo que quiso de mí. Mientras me dejé hacer lo que ella quiso.

 

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