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La historia de Ignacio, la realidad de Sonia

No solo está superando una enfermedad mental, también al odio

Despierta.

Como ayer y el día anterior y al anterior a ese y todos los demás desde que le obligaron a abandonar el seno familiar hace años, abre los ojos y vuelve a la misma pregunta de cada día desde entonces: ¿vale la pena salir al mundo?

Sabe que a veces las cosas no van del todo bien y entonces debe recordar quién es para poder enfrentar el día a día; para distinguir entre los ecos de todas esas gotas golpeteando la piel, gritando su nombre para no olvidarlo, sintiendo el cuerpo. Escuchando.

Todas las mañanas debe ocupar el disfraz, ocultarse. Tiene que usar un nombre que no es el suyo y vestimentas que no van de acuerdo a lo que siente, lo que sueña. Lo que desea para sí.

Hace meses abandonó los estudios, un tema relacionado con la computación que le atrae y le encanta, pero costearlo era casi imposible por el propio precio de la vida… la gran mentira en que le han obligado a convertirse.

Todos se burlan de él, pero Ignacio, como siempre, les ignora. Se viste sin prisa. Abotona la camisa luego de haber colocado el pantalón y cubrir sus extremidades.

Trabaja en una empacadora de frutas y podría decirse que se siente a gusto en sus labores cotidianas, excepto por los cuchicheos de los otros, los señalamientos, las burlas.

No tiene amigos en su empleo, no tiene a nadie cerca porque su familia también le rechaza y al parecer las únicas amistades con las que ocasionalmente puede contar son las que viven ahí dentro, en su cabeza.

Hace tiempo fueron silenciadas por algunos medicamentos y eso le molesta y entristece porque no hay con quién hablar o a quién escuchar. De cualquier forma él sabe que están, que siempre estarán ahí, todo es cuestión de dejar las pastillas, olvidar los horarios, desestimar al médico y en unos días –pocos, con suerte-, podrían volver.

No piensa mucho. Un periodista le pidió contar su historia y aceptó, aunque después de todo no siente que sea una buena idea.

Responde con monosílabos, desconfía. Se llama Sonia, ese es el nombre que siente y le llena de orgullo. En algún momento la interacción facilita el habla y se abre un poco más. Dice que el único sitio en el que puede ser ella es su casa. Incluso cuando va al cine, una de sus dos actividades favoritas. La otra es la música.

Sonia está medicada porque padece un grado de esquizofrenia que afortunadamente se encuentra controlado gracias al tratamiento y las pastillas, pero especialmente al apoyo decidido de su mejor amiga.

Recuerda que escuchaba voces. Le decían cosas raras y extrañas. A veces veía cosas también. Sombras.

Por eso era más difícil: no solo estaba enferma, también se encontraba atrapada en un cuerpo totalmente ajeno a quien en realidad es.

Lo importante es la determinación, las ganas de salir adelante, el crear y hacer planes para el corto plazo cada día y cumplir esas pequeñas metas. No importa que su familia no esté con ella, no importan los señalamientos de un mundo que apenas intenta entender lo que millones de personas alrededor del planeta deben enfrentar todos los días toda su vida.

Poco a poco, ha podido superar los obstáculos. Ella ya no les escucha, les ignora. Ni las voces en su cabeza ni sus compañeros en el trabajo merecen su atención porque sabe que es mucho más valiosa que eso.

Le costó trabajo, pero sabe que es un ser humano tan especial como cualquier otro y que vale la pena luchar. Por eso está decidida a retomar sus estudios, no en el ámbito de la programación, pero sí en el mundo del diseño de modas, otra actividad que le apasiona.

Eso es lo que muchos que enfrentan problemas de discriminación y salud deben entender, dice, “pese a todo, ¡vale la pena vivir!”.

 

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