viernes , julio 1 2022
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La culpa

Gloria del Rincón

Soy Buga… Del otro lado…

Descansé la posición poniendo una pierna delante de la otra, consciente de la semitransparencia, y tu mirada lamió mis muslos…

 

Sentada leyendo, dormitando, descansando, como pocas veces, en el balcón.

A ratos razonando sobre lo que Obama describía de su día a día o la toma de decisiones; a ratos, dormitando como efecto del sol que pegaba en mis hombros y piernas (para proteger mi rostro me puse el gorro de ala ancha de la abuela, verse en el espejo, dicen) y con una tasa chica de café en un costado.

Pensando en lo afortunada que soy, con las comodidades y delimitaciones con el exterior.

Y, en el momento más relajado, aparece la culpa.

La voz materna que señala que debes hacer algo para ganarte el descanso, que el que no trabaja no come; la voz que, de no ser por una dosis de cinismo, te pondría a sufrir haciendo «lo que hay que hacer».

Para combatir el murmullo culposo que empieza a subir de tono, me pregunto: qué más querría estar haciendo en este cálido e inusual día. Ahí apareciste Corazón, por lo menos en mi memoria:

 Una tarde soleada, después de comer, atravesando la calle para disfrutar de un par de nieves refrescantes; sentados en la banca del parque contiguo. Con una mirada precavida a nuestro alrededor, antes de unir nuestros labios y lenguas en el gusto del momento. Nos comparamos con los adolescentes cachondos que salen rápido de la escuela para robar un tiempo al tiempo, previo a presentarse en casa como hijos bien portados.

Tus besos que, aún en el recuerdo, logran despertar las sensaciones que producen en mi piel. Te extraño.

El siguiente sorbo de  café me lleva a la tarde de nuestro primer beso, en aquel lugar abierto, en alto, con cómodo sillón.

–¿Me das un beso? –dijiste

Y yo, cuál adolescente turbada, no contesté rápido. La reacción fue tartamuda, hasta que me arroje a tu sonrisa y nos besamos, pensando que éramos dos almas libres.

Cierro el libro, entrecierro los ojos; recuerdo las veces, muy pocas pese a nuestro deseo, en que cenamos en lugares solos, alejados de sospechas. Y las múltiples ocasiones en que compartimos el sándwich, el pan, la fruta y mis senos, en la penumbra dentro del carro.

Recuerdo la noche lluviosa, desolada la calle por el encierro  forzoso que el virus creó; pocos carros, en un horario en que los comercios ya habían cerrado, cenamos en mi carro, nos besamos con deseo. Tu mano derecha, siempre exploradora, avanzó a los botones de mi blusa; la izquierda, incapaz de mantenerse a la expectativa, entró por debajo acariciando el pezón excitado.

Un beso al campeón, dijiste, exigiste. Primero un saludo de mano. Lo recreo y siento su firmeza y suavidad, mi boca envolviendo y succionando. Tu rostro con expresión de satisfacción prendió a mi lengua y su juego enroscado.

Unas luces rojas y azules no aminoraron la urgencia de nuestro encuentro. Siempre hay una primera vez para todo, se dice. Probar tu líquido seminal, fue la primera para mí. Sorprendida de mí, tragué como no lo hubiera hecho nunca.

El sol traspasa con más fuerza el follaje que me protegía, empiezo a sudar, el vestido se pega a mi cuerpo. Pienso en el vestido negro que atrajo tu mirada. Era para días fríos, de manga larga, cuello redondo, un poco arriba de la rodilla. De un tejido ligero, pegado al cuerpo. Observé, aquel día que te quedaste atrás, a unos pasos, que me estabas morboseando. Casi sentí tu mirada agarrando mis caderas. Tú tan serio, y tu presencia inquietante. Descansé la posición poniendo una pierna delante de la otra, consciente de la semitransparencia, y tu mirada lamió mis muslos. Eso fue antes de que tus manos levantaran otro tejido, ahora de color verde. Aunque ese momento merece un recuerdo más detallado.

Con la culpa guardada entre las páginas del libro, decido  que  te buscaré. Camino a mi habitación y pienso en la falda azul corta, combinada con una sedosa blusa blanca. Decidido que te encontraré.

Salgo, te llamo… dejo dicho que: quiero escapar contigo, que le robes un rato al trabajo. Insisto, esta vez con un mensaje: para evitar las miradas y pensamientos malintencionados, te espero en la banca de muchas tardes. Decido qué te esperaré.

Nuestras opciones son pocas, en tiempo y lugar. El reloj avanza.

Veo cómo nos encaminamos, muy juntos, con electricidad entre nosotros. Paramos junto a un frondoso árbol que acoge nuestro beso húmedo, apresurado.

Aquí sigo, y continúo soñando con tus manos en mi cintura recogiendo la falda, con tu lengua en mis senos y mi boca en tu cuello.

Con la estampa de nuestros cuerpos juntándose, decido que insistiré.

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