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…la conciencia empieza a regresar…

Empezó como un zumbido apenas perceptible. A esa hora la oscuridad había envuelto ya todo, incluyendo almas, mentes y cuerpos.

Solo se podía sentir un silencio de esos irreales, de los que arrebatan de a poco gramos de cordura hasta desestabilizar el buen juicio de quien presta atención a su escandalosa presencia.

Ese era el punto: ¿cómo podía estar seguro de una absoluta falta de sonido y al mismo tiempo escuchar algo?

Quizá la breve estancia entre el onírico y el real transforma al mundo y entonces no es ni uno ni otro, pero está y surge y se oculta y cae y se arriesga por un segundo o dos. Así, breve y al tiempo, eterno.

Las grietas lo son seguramente y cada trozo de cabello luce un verdusco húmedo de deseo y abandono. La sensación es insultante por la simplicidad ilógica de la duda presente y la de la noche anterior con sus otros colores y sentires.

Podría adivinarse o percibir molestia, pero el zumbido no irrita, de hecho arrulla.

Justo entonces el ahora.

Una decisión es necesaria y se opta por la menos lejana: la de las tierras nevadas y las aguas a punto de hielo; la de las nubes moribundas y los cielos descubiertos para facilitar el vuelo; la de las flores en coloridas líneas horizontales y el contraste con la tierra. Todas ellas a tiempo y lejos para disfrutarles al vaivén de una ola diferente cada vez, con la cadencia del pecho durante el perpetuo movimiento de la vida.

A veces también hay seres inexplicables deseosos de sangre, amantes de la violencia y adictos al dolor ajeno, el de los gritos y las enfermedades, el de las heridas infectadas y las llagas imposibles de cerrar. Son dueños y amos de un cuerpo por transformar y un montón de huesos rotos bañados en espesas lágrimas de cáncer y gritos y esperas donde despertar para intentar morir de una vez resulta imposible, hiriente y aterrador.

Lo peor de estos monstruos es la semejanza con alguien, incluso cuando afirman amar.

Los párpados vencen por fin al enemigo y la conciencia empieza a regresar al punto justo en donde se perdió.

Son las 3:45 y faltan al menos un par de horas para el amanecer. Una sed incontrolable exige atención y el cuerpo reacciona. Se incorpora torpemente y avanza hacia el dispensador de agua. Toma el vaso y lo gira para servir el líquido que luego fluirá por la garganta. Recorre de a poco la faringe, la tráquea y llega al esófago desde donde provoca esa sensación de saciedad con apenas un sorbo. Al rato lo terminará.

Apenas puede razonar. El cansancio y la debilidad representan demasiado esfuerzo para cualquiera en esas condiciones.

La otra parte de sí no escucha, pero siente inquietantes vibraciones e incluso un breve suspiro de viento y por eso vuelve a la habitación, a la postura, al momento en que estaba por decidir.

El zumbido le recuerda la soledad en la que ahora habita y evoluciona, tal y como seguramente lo hace algo dentro del capullo a su lado…

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