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… inició una conversación que culminó al cerrar mi boca con sus labios…

Soy Buga, la columna de GustavoT

La ocasión anterior me referí a una experiencia sexual resultado del uso y abuso de poder sobre un menor. No obstante parecer algo sexoso, la realidad debe ser preocupante, porque son marcas que quedan para el resto de la vida de las personas que fueron víctimas de esos juegos sexuales.

El ejercicio de poder que te permite las posiciones laborales es, también, común y ocurre más seguido de lo que pudiera pensarse. Es igual de criticable. Lo ejerce quien carece de argumentos para poder conquistar a una persona de su mismo o distinto sexo; esto es, gente insegura y con la cantidad de adjetivos que podrían usarse en su contra.

Podría argumentar que es gente con pocos atributos físicos, que son la mayoría con esos usos, pero he conocido quienes lo sustituyen con inteligencia, conocimiento, buen carácter y humor o cualquier otra expresión humana de la que se puede hacer uso. Cortesía, uno de éstos.

Quien hace uso de esas armas es de considerarse como alguien con poca valía, de sí mismo, de su formación o educación. He conocido a muchos que lo han hecho.

En una de las empresas en las que tuve una relación laboral, ocurrió algo que podría considerarse desagradable, si se ve con la ética real y la moral de una persona ¿decente? Sin embargo, cada quién tendrá su interpretación.

Su nombre es (¿era?) D. Su relación con sus compañeros era buena; incluso, caía bien, porque era persona agradable en su carácter y podría decirse que era galán. Las compañeritas, de muy buen ver, que llegaban, le coqueteaban, porque, además, al ser jefe de una sección, tenía la posibilidad de ayudarlas en su carrera.

Me enteré que anduvo con dos de ellas. Guapas. Una, L, de cabello color negro, a media espalda, trigueña, ceja poblada, ojos redondos y labios rojos; casi no se maquillaba. Generalmente, usaba pantalones ajustados que permitía ver sus piernas bien torneadas, cuya tersa piel tuve oportunidad de ver, cuando vestía falda arriba de la rodilla que mostraba un poco más cuando se sentaba. Caderas amplias y nalgas paradas y redondas.

Ocasionalmente, salíamos a comer y quienes pasaban cerca, inevitablemente volteaban a contemplar su figura, pues además portaba blusas ceñidas a su pequeño talle que mostraba sus medianos senos. Teníamos una muy buena relación, pero cada quien tenía su vínculo amoroso.

En alguna ocasión que salimos en grupo a un bar, ella estaba a su lado y coincidían nuestras miradas, pero no pasó de algún roce circunstancial.

Alguna de sus amigas me confesó durante conversaciones etílicas que andaba con él, al sentir cierta atracción, pero también porque le ayudaba en el ámbito profesional; iniciaron, porque él la presionó un tiempo y le ofreció un mejor espacio laboral. Respetable.

Ya entrada la madrugada, luego de no sé cuántas copas de ron (en ese tiempo, era la bebida que tomábamos), fui al baño de la cantina a la que habíamos llegado, después de haber recorrido dos o tres lugares antes. 

Al sentirme tomado, salí a la calle a fumar. Caminé como media calle y en la esquina, en la media luz que ofrece el alumbrado nocturno, vi una silueta extraña. Adiviné que se trataba de una pareja en pleno uso de su intimidad callejera. Me acerqué con sigilo para satisfacer mi curiosidad:

Se besaban con intensa fruición; incluso, podría decir que la fricción de los labios era más vigorosa de lo normal. Sus manos hurgaban entre sus nalgas y todo su cuerpo.

Me sorprendió, porque si bien no me quedo a ver cómo una pareja realiza sus actividades sexuales, no encontraba diferencia en los cuerpos. Mi curiosidad la motivó el que ambos cuerpos parecían iguales, ya que, además de que la ropa era similar, no se notaban las líneas corpóreas que hacen diferenciar los dos géneros. Me recargué en un árbol, cuya sombra me mantenía en la penumbra. Había terminado mi cigarro.

De pronto, una de las figuras, que era más alta que la otra, se puso de rodillas frente a la otra. Se veía cómo aflojaba el cinturón y abría el pantalón para practicarle sexo oral. Ambos lo disfrutaban. De esa forma me percaté quién era el hombre.

Por los movimientos continuos, repetitivos y contracciones musculares pélvicas aprecié el término de uno de ellos. Subió lentamente y volvieron a unir sus labios en un momento menos intenso. Le habló algo al oído su contraparte y lo puso contra la pared. Besó o mordisqueó –no estuve seguro de qué ocurrió– sus pectorales y continuó hasta adoptar la misma postura.

No podía moverme de la impresión, porque –además–  era la primera vez que vi algo así: Con mayor cuidado, abrió el cierre y usó sus dos manos para masajear; continuó por todas partes, hasta que, pareciera, concluyó. Subió y se volvieron a besar.

Satisfecha mi curiosidad-morbo, pretendí moverme cuando se dirigieron hacia mí. Permanecí inmóvil, mientras se acercaban para evitar ser descubierto. Ambos hablaban y reían de manera discreta. Lamentablemente, uno de ellos volteó a verme. Nos reconocimos.

Tras esperar un rato, regresé con mis compañeros. Sentí la mirada desde su lugar junto a L. No quise corresponderla. Continué mi noche de manera casi normal; ocasionalmente, volteaba a verlos y veía los besos que, sin pudor, mostraban cómo se entrelazaban las lenguas.

Estaba por irme, cuando hubo la propuesta de continuar la fiesta en un departamento que rentaba el grupo de amigos para esas ocasiones, cerca de ahí, en la zona centro de la capital de la Ciudad de México. Accedí.

Pasé a dejar a una compañera, a quien acostumbraba darle un ride, cada vez que iba. De buenas formas y dimensiones, pero sin ser de mi total agrado. Me pidió que detuviera el coche e inició una conversación forzada que culminó al cerrar mi boca con sus labios.

Acaricié, besé y disfruté de unos senos grandes y firmes, así como de una práctica similar a la que había visto horas antes. Sobre el asiento del copiloto, inclinó el respaldo y se recostó con la falda a la cintura.

Llegué a casa y me percaté que las llaves para entrar venían en una maleta que utilizaba con mis objetos personales. Recordé que un compañero me la había quitado para garantizar que no faltara a la cita etílica.

Al llegar, ya sin el ánimo de continuar la fiesta y cerca del amanecer, me abrieron la puerta y entré al departamento con apenas algunos muebles. Lo básico: un comedor muy usado, algunas sillas, baño, cocina y dos recámaras. Ambas ocupadas, no sabía por quién y si les daban algún uso de tipo momentáneo.

Ya con mis cosas localizadas para darme a la fuga, busqué la puerta del baño antes de partir. Abrí una de las dos puertas contiguas y como estaba en total oscuridad, encendí la luz.

A los ocupantes desagradó el exceso de iluminación, lo que me permitió conocer el bello cuerpo ajeno de L y, como en la penumbra anterior, otra vez crucé la mirada con el ente de la silueta callejera. Cerré la puerta y abrí la siguiente.

A mi furtiva salida, como si me dijeran que mirara hacia un rincón del departamento, encontré los ojos de quien había sido satisfecho con la oralidad de la secreta penumbra y la promesa laboral.

 

 

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